Manuel Sagastibeltza Negrete exsoldado del Eusko Gudarostea del lehendakari Aguirre

El último de los cuatro hermanos gudaris Sagastibeltza

Imagen de archivo de Sagastibeltza (DEIA)

I. Gorriti - Miércoles, 16 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:09h.

Santurtzi - El Eusko Gudarostea del lehendakari Aguirre de 1937 está acusando las bajas de sus ultimísimos gudaris y milicianos orgullosos. Ni la sangrienta guerra tras el golpe de Estado de julio del 36 ni el terrorismo franquista pudo con muchos de ellos, pero la maldita ley de vida está despidiéndonos de ellos sin que cada uno de nosotros -no ya las instituciones- les hayamos tributado el honor, el respeto y el cariño que merecen. Ellos dieron la vida formando parte de un pequeñito Ejército de Euzkadi contra un goliat.

Uno de aquellos soldados nos seguirá sonriendo -su más cercana seña de identidad- desde la eternidad en la que creía. Se llamaba Manuel Sagastibeltza. En los primeros minutos del pasado domingo, falleció. El corazón valiente de los batallones Abellaneda y Araba dejó de bombear a la una y diez minutos de la madrugada. El lunes se oficiaron en la iglesia de San Jorge los funerales por su persona. El próximo 27 de septiembre iba a cumplir cien años.

Manuel Sagastibeltza Negrete fue hijo de Manuela Negrete y de José Sagastibeltza, matrimonio labrador de sentimiento nacionalista vasco de Karrantza. “Yo nací por casualidad en Gijano, Burgos, a donde ese día había ido mi madre. ¡Fue un accidente!”, insistía el gudari del batallón Abellaneda, más adelante Araba. Fue el quinto de siete hermanos: cinco varones y dos mujeres: Lola, José María, los gemelos Francisco y Tomás, él, Julia y Ramón.

Tomen nota: cuatro hermanos fueron gudaris del Abellaneda, del PNV. “No soy afiliado al PNV, pero como si lo fuera. Sí fui de los gaztetxus. Pagaba 25 céntimos por estar abonado. Es más, por ser monaguillo conseguía 10, y ahorrando ese dinero iba pagando”, se reía en uno de nuestros encuentros.

La Guerra Poco duró la sonrisa. Detonó la Guerra Civil tras el golpe de Estado. Tras la ofensiva sobre Bizkaia del general Mola, el militar cubano murió en un accidente de avioneta. “Yo no era de beber alcohol y, al saber que había muerto, con todo el dolor causado, me eché unos tragos de coñac. ¡Cómo lo celebré! ¡La madre que lo echó a Mola!”, levantó la voz.

Primero partieron a la batalla sus hermanos mayores. Uno de los gemelos fue alcanzado por una bala en el monte Bizkargi. Le atravesó el pecho, pero se recuperó. Manolo fue requerido ya en Peña Lemona, Sollube. El capitán del batallón envió a los dos más jóvenes al puerto de Santurtzi a cargar gabarras con tomates y arroz. De allí, los mandaron a Laredo. Se encontró con sus hermanos en Las Nieves, Cantabria. “¡Lo que lloramos!”, agregaba. Llegaron a Limpias, donde “nos dijeron que teníamos que tirar los fusiles ante un general de la Guardia Civil. ¡Lo que nos dolió hacerlo…! El guardia nos dijo: Para ustedes ha acabado la guerra. ¡Sí…! En realidad, empezaba”.

No fue internado en El Dueso. Los retuvieron durante días “en unas carpas” y de allí fueron a los mal denominados batallones de trabajadores -en realidad, batallones de esclavos- en tren de mercancías a Ametzola y a Abando. Y de allí al campo de concentración de San Juan de Mozarrifar, hoy barrio rural de Zaragoza. “Resulta que allí también estuvo mi amigo el gudari José Moreno, pero lo he sabido ahora”, subrayaba hablando maravillas del tan vivo como risueño fusilero del batallón San Andrés de STV, residente en Portugalete. Allí, los fascistas españoles le quitaron sus fotografías y el dinero. Sus siguientes destinos fueron Villaespesa y Villastar, en Teruel. “Con nosotros estaba el Orfeón de Ondarroa. ¡Cómo cantaban el Boga boga! Y un pelotari que se dejó ganar un partido y por dinero ganó la revancha a los chulos que se hacían llamar nacionales“.

Toledo, Melilla... En otro enclave, los lugareños les daban un poco de pan con morcilla. Un gudari bajaba al pueblo a por ello. El día de su cumpleaños, volvió más “alegre” de lo normal -apuntaba Manolo- y “soltó un Gora Euzkadi askatuta!“. Le costó la vida.

Tras Toledo, en Sigüenza (Guadalajara) cogieron piojos, como más tarde en Melilla. Antes, en Madrid les obligaron a limpiar la estación del tren del Norte. En Villalba tuvieron que arreglar las vías del ferrocarril que llevaban hasta El Escorial. Y en Las Matas pensó que “me mataban”. Durante el rancho, un escolta le dijo que fuera a una hora a un lugar. “¿Qué iba a esperar?”. Pero no, “me eligieron para trabajar con un carpintero, fue mi mejor mes. ¡Cómo me daban de comer!”.

En Gasteiz le dijeron que le llevaban “a África, y vinieron mis padres a visitarme. Fue muy emocionante”. De allí a Málaga tardaron día y medio en tren. Y en el barco Vicente Puchol pasaron a Melilla con “un oleaje que para qué…”. En el trayecto, tres barcos ingleses les interceptaron el paso. “Ahí sí que creímos morir, pero no. En tierra, nos llevaron en tren a Segangan donde se nos secaron las ropas mojadas por el terrible oleaje”.

Con los piojos, ponían un papel en el suelo, se los quitaban y los dejaban sobre la hoja. “Dábamos fuego por las esquinas, y cómo explotaban los cabrones”, se reía pícaro. Tras tres años preso, logró la libertad provisional en junio de 1940. Le obligaron a presentarse en su ayuntamiento a sellar un papel que aún conserva. Gracias a un salvoconducto de un falangista no tuvo problemas con los guardias civiles de Karrantza que le fueron a buscar por no haberse presentado en el cuartel. “A mí me dijeron que en el ayuntamiento”, y mostró la credencial. “Casi me mandan de nuevo a batallones”, lo dice quien años antes repartió propaganda para que ganaran en las elecciones José Antonio Aguirre Lekube, Heliodoro Latorre Larrinaga y Julio Jauregi Lasanta. “En una ocasión, tuvimos que correr por la guardia de asalto y perdí una txapela nueva”, recuerda.

A Aguirre lo vio en el hoy Hotel Carlton, sede del Gobierno. “No ha nacido ni nacerá un hombre más sano e inteligente que Aguirre. ¡Todos los partidos lo querían!”, enfatizaba emocionándose quien trabajó en Altos Hornos de Vizcaya y se casó con Eugenia Rozas. Tuvieron dos hijos. “¡Mucho hablan de ETA, que lo hicieron mal, pero el peor terrorismo fue el de la guerra y franquismo!”, daba la razón a su colega, el gudari Moreno, y concluía con calma: “Yo no temo a la muerte, aguanto hasta que llegue segando y me diga: Manolo, vamos”.

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