Behatokia

Desbordados y vulnerables

Por Ander Gurrutxaga Abad - Domingo, 11 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

ENTENDER nuestra era es una tarea compleja de difícil pronóstico. Aunque se desee con todas las fuerzas alcanzar los objetivos, no debe extrañarnos que las imágenes y los discursos no logren los fines deseados. Las posibilidades de decir o emitir diagnósticos y sentencias no están al alcance de todas las personas y acertar tampoco es el don democrático al que pueda llegarse.

La reunión recientemente celebrada en Davos es uno de los mejores ejemplos de las dificultades que tiene la descripción de nuestra era. Es una mirada al mundo, bastante lejana a la que describe Thomas Mann en el insuperable texto La montaña mágica, publicado en 1924, cuya trama se desarrolla en ese lugar. Las reuniones de líderes mundiales tienen mucho de feria de las vanidades y de análisis riguroso de lo que dicen las élites mundiales, también de las paradojas que las envuelven o de la retórica que emplean. No es extraño que personajes en la cumbre de su profesión emitan señales antisistema -escuchen, por ejemplo, a George Soros, convertido en conciencia del mundo capitalista-, reflexiones sobre el cambio climático que permite iluminar la estética del ecologismo ilustrado, o hablar de las consecuencias de la cuarta revolución industrial, de lo que ocurre con el empleo en la era digital o del porqué del incremento de la desigualdad en Occidente. Por supuesto, no se olvidan del poder de la tecnología, el mundo de redes, el valor y los peligros de la ciberseguridad, la inteligencia artificial o los problemas con el manejo de los algoritmos.

Se escucha a las nuevas tendencias, pero también es la feria ilustrada donde pueden exponerse temas prohibidos y recordar las preguntas que señala Yuval Noah Harari, en Homo Deus: “Los grandes proyectos humanos del siglo XX (superar el hambre, la peste y la guerra) pretendían salvaguardar una norma universal de abundancia, salud y paz para toda la gente, sin excepción. Los proyectos nuevos del siglo XXI (alcanzar la inmortalidad, la felicidad y la divinidad) también esperan servir a toda la humanidad. ¿Qué nuevas religiones o ideologías podrían llenar el vacío resultante y guiar la evolución subsiguiente de nuestros descendientes casi divinos?”.

Se discute sobre los dilemas que relata Ryan Avent, editor de The Economist: “A medida que han transcurrido los años y la economía mundial ha continuado creciendo, ha quedado claro que la parte más ardua de alcanzar la utopía no consiste en averiguar cómo producir más. Eso lo hemos conseguido. La parte más ardua es la redistribución de la riqueza”. Este autor es consciente de otro tema que desprende. Dice que “el tiempo y el progreso crearon un desequilibrio entre la prosperidad que la sociedad podía disfrutar en potencia y la prosperidad que la sociedad, tal como está estructurada en el presente, es capaz de proporcionar. Se avecina una nueva ruptura política. Si no podemos ofrecer a nuestros hijos el significado y la identidad que comporta el trabajo, ¿cómo canalizamos sus energías hacia alternativas sanas, en lugar del extremismo ideológico o el nihilismo social?”. Las dos cuestiones sugieren programas específicos de acción, bastante alejados de los intereses inmediatos que se canalizan en la montaña alpina.

Los analistas de este tipo de reuniones saben que definir el cambio es hablar del cambio porque las respuestas están en el cambio. Pero, si esto es así, hay que enfrentar las contingencias que aunque no estén invitadas trastocan los diagnósticos o qué hacer con los cisnes negrosque casi todos esperan pero que nadie sabe cuándo o cómo emergerán, entre otras razones porque el origen puede estar en manos de complejos algoritmos que fundan principios de inteligencia artificial y que mecánicamente ponen patas arriba, por ejemplo, mercados financieros o ciclos bursátiles. O por qué no relacionar la seguridaddel cambio con el azar, la suerte o la fortuna. Las consecuencias no previstas de las previsiones son los agujeros negros de los pronósticos. Este lenguaje -decir quizá para no acertar- se soporta desde la lógica de las probabilidades.

La velocidad y la aceleración -características claves del cambio- no permiten tampoco fijar marcos incuestionados, sino prepararse para que lo que se dice hoy quizá mañana haya que corregirlo. Hagámonos una pregunta: ¿cuántos diagnósticos emitidos resisten el paso del tiempo? Y los que aciertan, ¿no será que lo hacen porque no arriesgan propuesta concreta alguna? Pensar el mundo de Davos es asumir lo que expresa el sociólogo alemán Hartmut Rosa: “La aceleración está definida por un incremento en las tasas de pérdida de confianza en las experiencias y las expectativas, y por la contracción de los lapsus de tiempo definibles como el presente”.

En el fondo está presente la relación entre seguridad y libertad creyendo, a mi juicio erróneamente, que incrementar una de ellas menoscaba la otra, cuando lo que ocurre es que ambas se realizan mejor en sociedades que han resuelto, o están en camino de hacerlo, algunos de los dilemas que atenazan la vida: desigualdad, desempleo, desafección política, exclusión social, etc. La igualdad no discute la libertad ni la seguridad, al contrario, ambas se afirman mejor sobre ella. Por contra, las tensiones sobre quién está antes o sobre qué es más importante denotan crisis de integración y problemas para las sociedades.

Las tareas se citan también con los desbordamientos que propician la vulnerabilidad de esta era. Habrá que saber cuáles son los diques más apropiados porque puede ocurrir que, como sugiere el climatólogo Brian Fagan, “toda la historia de la civilización puede verse (entre otras muchas perspectivas, desde luego) como un proceso de intercambio en el que nos hacemos cada vez más vulnerables”. Lo que los diagnósticos no olvidan es el dilema de la elección, la opción por definir qué se quiere y cómo alcanzarlo, sabiendo que optar y elegir es, a la vez, no elegir otro camino. El desbordamiento es la consecuencia de la era tecnológico-digital que crea algunos recursos y debilita a otros muchos haciéndonos más vulnerables de lo que creímos ser.

Hay que optar y elegir el camino y saber qué canciones le mueven. Davos es una buena exposición plagada de canciones, es la feria que exhibe y condiciona, propone y da cuenta de que la mejor manera de ser es asegurar el presente y definir el futuro integrando el orden y el desorden, el sistema y el antisistema, el gobierno y la oposición, las propuestas y las respuestas, pero sobre todo integrando la vulnerabilidad y los desbordamientos. Quizá no es sino la enésima construcción de diques y pólderes para contener y producir las paradojas y los dilemas que crean los intereses construidos. Ante el mundo problemático, vulnerable y desbordado, es la metáfora de una de las imágenes de lo que somos o podemos ser, también de cómo hemos llegado a esto. Otras figuras se quedan fuera -no están porque en el espacio alpino también practican la exclusión-, las elites no tienen tiempo o necesidad de ocuparse de ellas, aunque el peso de los problemas tenga un lugar en el figurado sanatorio de la montaña mágica. Como escribe Mann al final de su novela, “nos limitaremos a decir en tono moderado que estalló la tempestad que todos conocemos;esa ensordecedora explosión de la fatídica amalgama entre la anestesia de los sentidos y la hipersensibilidad;una tempestad histórica -dicho con moderado respeto- que hizo tambalearse los cimientos de la tierra y que, para nosotros, sin embargo, es la tempestad que hace saltar por los aires la montaña mágica y despierta de golpe a nuestro bello durmiente”.

Davos habla, pero cuando lo hace no dice todo lo que debiera poder decir. En realidad, nadie lo espera. Quizá la tormenta alpina sea su contexto, pero las élites que hablan saben también que es difícil ser a la vez protagonistas y responsables, señores de los sueños y causas del insomnio.