Tribuna abierta

El Partido Popular y la memoria histórica

Por Pedro Monente - Lunes, 16 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

EL ADN del Partido Popular es franquista y porta ese gen egoísta que lo mismo les lleva a repatriar los cuerpos de los caídos de la División Azul, que les provoca un doloroso terremoto interior si un símbolo franquista cae. Ahí tenemos a Mariano Rajoy, perplejo y mohíno por ver a su almirante Salvador Moreno apeado de su calle de Pontevedra. La hazaña más gloriosa de ese almirante fue bombardear y masacrar miles de mujeres, ancianos y niños en su huida de Málaga: se llamó la desbandá. ¡Qué le vamos a hacer! Entre el criminal de guerra y la gran Rosalía de Castro ¡dónde va a parar! ¡La duda ofende!: su querido almirante. Orgulloso se siente también de arrumbar la Ley de Memoria Histórica, ni un solo euro, ni uno… ¿Hay quién dé menos?… Ellos, tan escrupulosos cumplidores de la ley. ¿Por qué cuando hablan de la memoria histórica indefectiblemente humillan a las víctimas?

Falazmente agitan el fantasma de los dos bandos. ¿Qué dos bandos? En este tema están perfectamente definidos: democracia o filofascismo confeso o vergonzante. Nada que ver con el binomio ideológico derecha-izquierda. Convencidos o reticentes, todos nos confesamos demócratas, de derechas o de izquierdas, y todos en principio nos ubicamos en el bando de la democracia. Es solo natural y cae por su peso. Pero, por desgracia, la realidad contumaz nos revela que abundan los sedicentes demócratas a los que una querencia cuasitelúrica, un atavismo ininterrumpido y una conciencia condicionada por un agradecimiento culposo, consciente o inconscientemente, ata a un pasado oscuro del que les resulta doloroso renegar.

Una democracia menguada Hablan también de abrir heridas, pero no han preguntado a los que las tienen en carne viva todavía. Si lo hicieran se enterarían de que no quieren sino cerrarlas y recobrar un poco de paz. No hay odio ni venganza en las víctimas. Verdad, justicia y reparación, siquiera moral: ése es su credo. Credo que debe ser la base ética de una democracia saludable, sin la cual no podemos aspirar sino a ser ciudadanos de segunda en una democracia menguada y vulnerable, ignorante de su historia o, lo que es peor, tributaria de su peor pasado. En Alemania este debate sería inimaginable.

Tampoco les falta a los sedicentes demócratas voceros tramposos, mercachifles inanes y pretenciosos de la equidistancia y la ponderación cínicamente fingidas. Intoxicadores profesionales, exponen en las tertulias de moda argumentos mentirosos preñados de intereses espurios que repiten sin pudor, pues saben que la mentira machaconamente repetida rinde su fruto. En cualquier televisión o radio pueden, si su sensibilidad se lo permite, ser testigos de sus deposiciones. Sus falacias preferidas: 1) que el dictador genocida nos salvó del comunismo;2) que aquello fue una guerra de malos contra malos;3) la bondad de la dictadura que nos trajo paz y prosperidad;y 4) el olvido que todo lo cura.

El mito del comunismo ya en los años sesenta fue brillantemente desmontado por el sublime Herbert Southworth y toda la historiografía posterior. Es innecesario redundar en lo mismo. De todas formas, cabe recordar que el Partido Comunista en las primeras elecciones (junio de 1931) no obtuvo ningún diputado;en las segundas (noviembre de 1933), uno, y en las terceras (febrero de 1936), catorce, favorecido por las sinergias que produjo el Frente Popular. Todo ello en un Parlamento de 473 diputados. Solo la guerra y la defección de las democracias (Comité de no Intervención) hipócritas y temerosas de la bestia nazi dieron relevancia al Partido Comunista.

Sabemos algo de eso En cuanto a la guerra de malos contra malos… sabemos algo de eso. La violencia fascista fue planificada, sistemática, organizada, promovida, controlada y concebida como instrumento eficaz para derrocar, mediante el terror, al gobierno legítimamente constituido. Fue un genocidio que tenía que ser cruel y generalizado, que involucrara a cuanta más gente mejor, de forma tal que la vuelta atrás fuera imposible e impensable. Un genocidio que fusiló a 50.000 inocentes terminada ya la guerra, ya en benéfica paz. La violencia republicana fue reactiva, espontánea, incontrolada, limitada en el tiempo y significativamente menor. Es un sano y revelador ejercicio contrastar las reiteradas manifestaciones públicas de las autoridades republicanas sobre la violencia (Azaña, Manuel Irujo, Julián Zugazagoitia, Julián Besteiro, Melchor Rodríguez y tantos más) y las de los líderes fascistas (Mola, Queipo de Llano, José María Pemán…). Percibiríamos la distancia abismal e infranqueable que separa la humanidad compasiva de la más abyecta, sórdida y criminal barbarie. ¿Malos contra malos? ¡Qué desfachatez!

¿El genocida nos trajo paz y prosperidad? Debería ser innecesario aclarar, por palmario, que no habría habido ninguna paz que traer si previamente no se hubiera traído la guerra. ¿Y qué paz? ¿La del hambre, la del exilio, la del adoctrinamiento nacional-católico, la de la incultura generalizada, la de la represión, la del silencio atemorizado, la de los trabajos forzados, la de las cárceles y los juicios sumarísimos, la de las cunetas, la de los fusilamientos al amanecer? La paz de los cementerios, de cuerpos y de ideas. ¿Qué decir de la prosperidad? Baste decir que hasta la década de los cincuenta, en plena recuperación económica europea, no se alcanzó el producto interior bruto per cápita de 1935, aún bajo los efectos de la más severa recesión mundial. Todavía hoy estamos padeciendo las consecuencias de aquella paz y prosperidad.

Recordemos En cuanto al olvido, recordemos aquello de que un pueblo que desconoce su historia está condenado a repetirla. Al menos es seguro que pierde su identidad, que queda huérfano de referente. Siendo esto grave, lo es más que el vacío creado será indefectiblemente ocupado por un relato histórico falso e interesado que directamente lo situará transitando por vía equivocada con consecuencias necesariamente fatales. Ese pueblo se enfrenta a un futuro incierto y alienante. Exactamente igual que el individuo desprovisto de memoria y conciencia de sí mismo. “Quien controla el pasado controla el futuro y quien controla el presente controla el pasado”. (George Orwell 1984).

La República, como empresa humana, cometió errores -“No podemos aspirar a una república perfecta sino perfectible” (Julián Besteiro)- , pero no tantos ni tan graves que fueran irreversibles ni que justificaran una guerra cruel y fratricida. Los abanderados de la equidistancia, profetas de la ignorancia, obscenos invocadores de trasnochados e irreales guerracivilismos, saben mejor que nadie que nuestra actual e imperfecta democracia también los ha cometido. No es necesario enumerarlos. ¿Justificarían estos errores una guerra civil como en su contumacia aseguran justificó la que acabó con la Segunda República y tanto horror provocó? ¿Estarían ahora justificando a Tejero si su golpe hubiese tenido éxito? ¡Qué barbaridad! La democracia tiene un deber inexcusable con las víctimas de la dictadura. El cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica es lo mínimo exigible si quiere recuperar su propia dignidad y devolvérsela a las víctimas inocentes que yacen en parajes y cunetas desconocidos. O hartamente conocidos. “La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido” (Milan Kundera). Verdad, justicia, reparación.