Un piso municipal

Coral García, tres generaciones viviendo en la misma casa de Solokoetxe

Coral García, inquilina de una de las casas de Solokoetxe, recuerda cómo su familia creó un proyecto vital

Un reportaje de Alberto G. Alonso - Jueves, 17 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

Una casa puede ser un techo donde resguardarse o un hogar para enmarcar un proyecto de vida. Para Coral García, su madre, Caridad, y su abuela, Elena, su piso municipal ubicado en la calle Zumarraga de Solokoetxe, es ejemplo del segundo caso.

La vivienda se integra en la primera barriada de las denominadas entonces casas baratas que abordó el Ayuntamiento ahora hace un siglo ante la carencia de residencias dignas existente también entonces. “Este bloque fue de los últimos que levantaron aquí”, rememora Coral sentada en el saloncito de la casa, mientras por la terraza entra la luminosidad de la mañana que limpia las nubes.

La historia íntima expone cómo empezaron las obras en 1936, se paralizaron por la Guerra Civil y se retomaron después para que los vecinos las estrenaran en 1940. “Mi abuela, tras perder al abuelo en la guerra, consiguió trabajo en el registro municipal y, al ser viuda y con tres hijos, le otorgaron el piso”, indica su nieta.

La modesta renta aplicada permitió a Elena Angulo sacar adelante a su prole, que siguió diferentes recorridos vitales aunque sin olvidar la casa de Solokoetxe.

De hecho, tras asentarse en diferentes lugares, Coral volvió años después con sus padres y sus tres hermanos cuando la abuela ya disfrutaba de la jubilación. “Aquí vivíamos los siete”, recuerda, mientras enseña las tres habitaciones donde se repartía una familia con mucha vida de barrio. Fue la época en que se renovó el interior de la casa adaptando su decoración a tiempos más modernos y también cuando se separaron sus padres. “Mi madre era muy revolucionaria”, apunta con cierto orgullo filial.

Desde la terraza, su zona de confort, Coral evoca cómo era la zona antaño, que hizo la comunión en la cercana iglesia de los Ángeles Custodios y cómo jugaba en la calle siempre teniendo en cuenta a las ambulancias. “En frente estaba la maternidad, donde miles de mujeres dieron a luz, incluida yo”, desvela. “Fui de los últimos partos que se atendieron en 1984, el de mi hija pequeña. Al año siguiente la cerraron”, describe con nostalgia mientras observa el solar que hoy exhibe varios jardines. Fue un nacimiento sorpresa porque, por aquella época, ya había abandonado el nido familiar para crear el propio en Granada. “Vine para estar con la familia y se adelantó un mes. Di a luz en el barrio”, describe con una sonrisa en los labios.

Su vida fuera de Bilbao se prolongó 24 años en los que falleció su abuela y su madre se quedó con la titularidad del alquiler. Cuando Coral creía que ya solo iba a regresar a Solokoetxe de visita, la vida le dio un bofetón en la cara. “Volví a los orígenes porque mi madre enfermó de demencia senil y tuve que elegir entre mi vida allí o venir a cuidarla. Fue una decisión dura”, rememora, seria. En un principio se trajo a la familia pero sus hijos, ya adultos, no pudieron aceptar el cambio. “Eso fue en 2006. Ya llevo doce años aquí y ha sido como mi segunda infancia porque la gente me reconocía ya que muchos vecinos todavía eran los de entonces. Eso sí, echo de menos a mis niños y mis nietos”, reconoce.

Su vida nómada se ha anclado finalmente a ese hogar que realmente nunca abandonó. A sus 55 años asegura rotunda que “mi vida ya está aquí, tengo un trabajo en la hostelería que me permite ir tirando y vivo en mi casa de siempre”.

Tras fallecer su madre hace dos años, Coral inició los trámites para continuar como titular del alquiler y está a la espera de confirmación. Confiesa que no le importa el retraso porque es consciente de que, con el nuevo contrato, le subirán su actual renta antigua. “Hace doce años, cuando volví, el alquiler no llegaba a 50 euros y ahora es de 78. Esta renta es la que me ha permitido quedarme porque, con mi escaso sueldo, hubiera sido imposible alquilar ahora un piso en Bilbao”. Destaca los altos precios de arrendamiento -“se necesitan dos sueldos para pagar”, apostilla-, por lo que “siempre voy a estar agradecida a Bilbao y su Ayuntamiento por tener este tipo de alquileres”.

¿Y el futuro? Pasa por una próxima reforma para instalar el ascensor. Coral solo pide una cosa: “Si nos pudiéramos ahorrar la fase de obras...”, dice con esperanza fingida tras haber sido protagonista de los sinsabores padecidos en 2014 cuando renovaron el tejado. A pesar de todo, Coral seguirá en su hogar, un ancla donde tres generaciones de mujeres empoderadas han cimentado una gran biografía vital.