Behatokia

Mi relato a Arnaldo Otegi

Por Josu Montalbán - Viernes, 18 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

ACABO de leer el relato -benigno, benignísimo-, que hace la Wikipedia de Arnaldo Otegi a través de la descripción de los pasajes de su vida. He estado a punto de enviar una nota a la famosa enciclopedia digital para enmendarla en la medida de lo posible, pero no, nada de eso. He decidido que lo mejor es ofrecer mi testimonio en forma de carta o misiva, sin otra pretensión que exponer los datos suficientes para que quienes hayan vivido ajenos a las amenazas de ETA sepan cómo era la vida de los amenazados… Y, de paso, haciendo una proyección ciertamente dolorosa, sepan cómo vivieron el tiempo negro del terrorismo de ETA las víctimas después de que perdieran su calma y enterraran a sus seres queridos asesinados.

Sr. Arnaldo Otegi,

Te relato cómo fue…

Una mañana, a las diez aproximadamente, recibí una llamada en mi teléfono móvil de un número muy largo. No era un número usual para mí. En el tercer sonido respondí con un “¡A ver…!”, propio de un incrédulo, a pesar de que no sabía su procedencia. Quien me respondió era un guardia civil que me citó para hablar conmigo lo antes posible… E inmediatamente supe que era una cita ineludible.

Yo siempre había evitado cualquier tipo de protección personal que fuera más allá que mis propias precauciones. Había desistido durante mucho tiempo de moverme escoltado, incluso creía que los guardaespaldas eran más bien personajes propios de películas, y que en la vida real su eficacia no pasaba de agrandar el peligro, aparte de lo incómodo que podía resultar el hecho de ir acompañado por los escoltas, que siempre llevaba a pensar en que alguien pudiera estar vigilando mis pasos con intención de matarme. A pesar de los avisos, siempre había evitado la protección, como ya he dicho, aunque me impuse unas disciplinas básicas: mirar hacia todos los lados al caminar, controlar los bajos de mi coche y los alrededores de mi casa, diversificar mis usos, costumbres y modos de divertimiento, evitar cualquier posible riesgo para mis vecinos y familiares… Por cierto, en ese empeño protector de mi entorno recibí ayudas desinteresadas;por ejemplo, la colaboración de un vecino (Santi) que, afectado por un mal bronquítico, pasaba mucho tiempo asomado a la ventana. Aquel hombre (hoy ya fallecido) me vio un día en cuclillas revisando los bajos de mi automóvil y se asomó a la ventana para avisarme: “¡Josu, llevo aquí tres horas y nadie ha andado en tu coche… Pierde cuidado, que mientras yo esté aquí, yo te le cuido!”.

Y vuelvo al relato inicial. Aquel guardia civil, de semblante muy serio, me fue mostrando listados en los que aparecía mi nombre y algunos detalles añadidos que tenían que ver conmigo, con mis costumbres y los itinerarios habituales por los que solía discurrir. De pronto, sentí que mi intrepidez se iba reduciendo, que mi valentía no pasaba de ser una valentonería y que ya no podía prescindir de mis acompañantes porque alguien había bordado en mi espalda aquella serpiente retorcida que representaba a los cobardes asesinos de ETA. Y así fue como yo, hijo de un gudari que había luchado en la Guerra Civil del 36 en el bando legal y había sido condenado a muerte, primero, antes de sufrir pena de cárcel durante casi tres años en el penal del Puerto de Santa María, en Cádiz, pasé a ser un perseguido por quienes, curiosamente, se declaraban marxistas y socialistas, es decir exactamente lo mismo o muy parecido a lo que yo me declaraba ideológicamente. En todo caso, yo creía en el Estado llamado España y me consideraba por tanto vasco y español a partes iguales.

Total, que mi vida cambió y mi mente se debió acostumbrar a un modo de obrar en el que una conciencia (¿conciencia?) completamente ajena a mí me dictaba órdenes en silencio que yo casi siempre seguía a rajatabla. Cuando accedí a respetar aquella sumisa obediencia, dejé de ser yo mismo, abandoné mi audacia en el desván de mis sueños y me avine a obedecer a quienes no solo marcaban mis rutas e itinerarios, sino que adquirían la importantísima responsabilidad de ayudarme a seguir vivo. Por eso, les convertí en una especie de reducto de mi inteligencia, en ángeles de la guarda míos, que me llevaban y traían sin que yo eligiera los caminos. Es cierto que el trato con mis escoltas (que eran miembros de las fuerzas de seguridad con los que yo no estaba acostumbrado a tratar) resolvió algunas de mis dudas, con las que había vivido hasta entonces;por ejemplo, que los miembros de las fuerzas de seguridad eran personas sensibles que lloraban ante el sufrimiento de los otros. Amantes de su deber, extremaban los cuidados que me dedicaban, quizás porque sus destinos eran idénticos, o muy semejantes, al mío. A ellos, como a mí, les rondaba la muerte, y eran las precauciones que ellos imponían y mi obediencia las que garantizarían que no muriéramos ni ellos ni yo a manos de los asesinos etarras.

Mi bautismo en aquellos tristes trances fue con motivo del asesinato de mi compañero socialista Fernando Buesa y de su escolta. Fue en Vitoria, pero fui informado de forma casi inmediata a través de quienes me escoltaban en ese día. Apenas unas palabras entrecortadas que hicieron brotar mis lágrimas, pero no solo las mías. Cuando les miré, sus ojos brillaban porque también me miraban desde detrás de un velo de lágrimas. Optamos por regresar a nuestras casas a media tarde. Durante la media hora que empleamos en el regreso, apenas hablamos porque todas las preguntas que mi fuero interno me formulaba no tenían contestación. A ellos debía ocurrirles exactamente lo mismo.

Y bien, este es mi relato o, al menos, una parte muy importante de ese “relato” que adopta tantos formatos y contenidos como mentes intervienen en su conformación. Se trata de un relato humano que intenta rebelarse frente a la inhumanidad de quienes se han expresado desde las sombras o la negritud de los zulos o los escondrijos.

Yo jamás he portado armas: ni armas de ataque ni armas de defensa. ¿Cómo iba a llevarlas si no sabía dónde se escondían quienes me tenían por su presa o su enemigo? ¿Contra quién iba yo a utilizarlas? Ellos no necesitaban defenderse de mí, pero yo sí necesitaba defenderme de ellos y mi defensa eran aquellos hombres y mujeres que seguían mis pasos y los protegían. Por eso se han ido convirtiendo, poco a poco, en amigos, cómplices, compañeros de fatigas y de penalidades. En mi vida, quienes en alguna ocasión se han reído y alegrado conmigo son importantes, pero resultan inolvidables y de incalculable valor los recuerdos y las andanzas compartidas con quienes no solo han preservado mi vida, sino que han arriesgado sus vidas, junto a la mía, frente a los asesinos terroristas. Por eso resulta tan absurdo y grotesco como inadmisible que usted, Sr. Otegi, se permita hablar de “conflicto”, o de víctimas colaterales, para justificar lo que solamente fue una matanza propia de criminales. Que la mayoría de los actos ceremoniales celebrados en esa pantomima de “disolución” de ETA hayan tenido lugar en Francia, a pesar de que la mayoría de los asesinatos perpetrados por la banda hayan tenido lugar en España, utilizando para ello la presencia de personajes (personajillos en muchos casos) ajenos al lugar en que ETA ha actuado, solo denota que los terroristas y quienes les han amparado han sido unos cobardes. Usted, Sr. Otegi, ha sido uno de sus más flagrantes patrocinadores durante muchísimo tiempo.

Es evidente que acojo el anuncio de la disolución de ETA con cierta esperanza, lo cual me tranquiliza, pero echo de más el denigrante protagonismo del que te has adueñado con desvergüenza… Y echo de menos algún pronunciamiento que denote lo que se ha demostrado evidente con el tiempo: que ha sido ETA, solo ETA, y quienes la han protegido con su aquiescencia y sus disculpas, la única culpable del terrorismo que nos ha destruido material, política y moralmente.

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