ATHLETIC 0-1 ESPANYOL

San Mamés se desahoga a gusto

José Ángel Ziganda sigue el partido desde el banquillo con cara de circunstancias en lo que fue su despedida como entrenador del primer equipo rojiblanco. Reportaje fotográfico: Oskar M. Bernal y Borja Guerrero

La gran bronca de la grada, que tampoco se reprimió durante el partido, remata un año lamentable. El Athletic, en su línea triste y frágil, se mostró impotente para evitar la derrota en el adiós

José L. Artetxe - Lunes, 21 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

ATHLETIC: Kepa;Unai Núñez, Yeray, Etxeita (Min. 62, Córdoba);De Marcos, Beñat, Vesga (Min. 58, Iturraspe), Lekue;Williams (Min. 72, Sabin Merino), Muniain y Aduriz.

ESPANYOL: Diego López;Javi López, David López, Naldo, Dídac Vilà (Min. 55, Aaron);Leo Baptistao (Min. 83, Sergi Darder), Marc Roca, Víctor Sánchez, Piatti (Min. 63, Melendo);Sergio García y Gerard Moreno.

Goles: 0-1: Min. 9;David López.

Árbitro: Fernández Borbalán (Comité Andaluz), que ayer se despidió del arbitraje. Mostró tarjeta amarilla a Javi López (Min. 81).

Incidencias: Partido correspondiente a la trigésimo octava y última jornada de LaLiga Santander disputado en San Mamés ante 28.492 espectadores, según datos oficiales. Los boxeadores Kerman Lejarraga y Andoni Gago realizaron el saque de honor del partido como reconocimiento a sus recientes éxitos. Manolo Delgado fue premiado por Iñigo Cabacas Herri Harmaila con la primera edición del Athletic Zalego Saria.

bILBAO - El broche a la temporada consistió en una ración más de vulgaridad e impotencia. Nada de lo visto ayer pilló a contrapié a San Mamés, que no pudo aguardar a la conclusión para exteriorizar su parecer. El Athletic estuvo espeso de principio a fin, se lo puso a huevo a un Espanyol que hizo lo mínimo y aún le sobró para sacar adelante el resultado. Resultó evidente que los jugadores no estaban para nada, que por mucha voluntad que pusieran iban a sufrir y probablemente sumar otra derrota. La pretensión de que corrigiesen las carencias de toda la temporada solo por el hecho de que era su última oportunidad de congraciarse con la afición, aunque fuese de modo parcial, únicamente entraba en los cálculos del optimista incurable, una especie extinguida tiempo atrás a fuerza de soportar reveses y más reveses.

Cayó con todo merecimiento un Athletic que ni siquiera pudo apelar al orgullo para adecentar su actuación. Competir tirando de amor propio no suele alcanzar sin el complemento de unos fundamentos mínimos imposibles de hallar en su catálogo, que si asomaron en alguna fase del curso malamente iban a aflorar en fecha tan señalada sin aliciente clasificatorio alguno, en plena caída libre. Nada nuevo bajo el sol en la tarde de la despedida. Anodino, triste, torpe, descoordinado, sin ánimo para desarrollar un fútbol que tuviese una pizca de intención, de gracia. Rutinario, lento hasta la exasperación, enemistado con la pelota, en fin, una perita en dulce para el rival, que se limitó a permanecer atento y aprovechar las múltiples concesiones.

Los primeros pitos se escucharon a la media hora, hasta ahí duró la paciencia. Obedecieron al enésimo pase al contrario. Las muestras de enojo tuvieron continuidad en varias acciones igualmente desafortunadas. Los decibelios se multiplicaron en el descanso y no faltaron en el segundo acto. Dado que la incapacidad del equipo fue en aumento, la gente debió pensar que tampoco valía la pena reaccionar cada vez que el equipo insistía en darle motivos, pues hubiese terminado exhausta. Cerca del noventa, un interminable rondo visitante sí consiguió sacar de sus casillas al personal, resignado desde mucho antes a la derrota. Y, como se había previsto, la gran bronca se desató coincidiendo con la última intervención Fernández Borbalán.

La megafonía perdió el pulso con la grada, que arreció en su censura coincidiendo con los aplausos que la plantilla, reunida en el círculo central, brindaba a la concurrencia. José Ángel Ziganda permaneció quieto en la banda, con las manos en los bolsillos, asumiendo su cuota correspondiente en el reproche coral de San Mamés. Al margen de que el juicio popular fuese una alusión descarnada y directa al global de la campaña, lo cierto es que ayer, con lo que dio de sí frente al Espanyol, el Athletic opositó con avaricia a la tormenta de silbidos.

Afirmar que ninguno de los protagonistas se salvó de la quema no constituye una exageración. Quizás carezca de sentido ahondar en las aportaciones individuales porque con el calendario agotado no hay margen para la enmienda. No obstante se ha de analizar lo que fue el encuentro y de entrada toca decir que resultaron significativas diversas decisiones adoptadas por el entrenador. Seguro que Ziganda deseaba más que nadie que la cosa discurriese en un tono cuando menos aceptable, pero precisamente por ello cuesta entender que, por ejemplo, volviese a apostar por la fórmula de los tres centrales y dos medios muy retrasados, muy estáticos. A no ser que le preocupase más no recibir que dar.

Sin embargo, la estructura de contención no funcionó. El gol de David López, que cabeceó a placer, libre de marca a la salida del primer córner en contra, es paradigmático. Al igual que los apuros vividos en las pocas ocasiones en que el Espanyol se estiró, la mayoría con opción seria de remate. Hasta Arrizabalaga se contagió del desbarajuste en un par de salidas, circunstancia que no tuvo consecuencias y que compensó con dos paradas a sendos envíos a bocajarro.

El quinteto ubicado por detrás del balón, especialmente en el primer tiempo, cuando el Athletic llevó la iniciativa y amasó mucha posesión, fracasó con estrépito en la salida del juego y en la circulación. Ralentizó hasta la exasperación cada maniobra e incurrió en incontables fallos en las entregas más simples. Yeray y Núñez nunca destacarán por sus dotes para la distribución, por mucho empeño que pongan, pero les tocó esa misión dada la inoperancia de los centrocampistas. Beñat tuvo el día cruzado, ninguna novedad, y qué apuntar de Vesga, casi inédito desde enero, huérfano de ritmo y de confianza. Si Ziganda le quería premiar, como declaró, la recompensa apropiada hubiese sido tenerle sentado en el banquillo en vez de exponerle a una hora de suplicio.

El Espanyol estuvo comodísimo, el guión del Athletic no le alteró ni un músculo, ni tuvo que recurrir a las faltas para frenar un despliegue que siempre llevó el freno echado. El suministro a la delantera, inexistente. Muniain quiso al comienzo agitar el cotarro, pero tampoco él escogió acertadamente y contribuyó al atasco muy lejos del área. Aduriz, ausente, Williams, tres cuartos de lo mismo. Una serie de acercamientos sin veneno previos al intermedio y un par de coletazos en el tramo final: una arrancada de Lekue que estrelló el derechazo en el lateral de la red y un remate sin ángulo de Aduriz a centro pasado de Beñat.

Muy poco en ataque y sobre todo, la permanente sensación de que el Espanyol supo a quién se medía y dejó que el Athletic se fuese difuminando, víctima de su incapacidad para dotar de velocidad a la propuesta, que en la línea de tantas tardes resultó muy previsible, reiterativa e inocua. Arrizabalaga evitó que Melendo subiese el segundo en el 88, lo que fue de agradecer porque para entonces la sensibilidad de los espectadores no admitía más bromas de mal gusto. Así, roto y expuesto a encajar un mayor castigo, se presentó el equipo en el tiempo añadido. El posterior concierto de viento, atenuado por la deserción de muchos socios, colocó el punto final. Felices vacaciones.

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