Historias de la vida

Un rostro histórico con afán de lucha

Benedicto Petralanda posa en uno de los rincones de su asador, fundado en 1982.Foto: Oskar González

Bene Petralanda lleva más de medio siglo en la hostelería y su Asador Indusi es uno de los más conocidos de Bilbao

Un reportaje de Yaiza Pozo - Lunes, 21 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

Benedicto Petralanda es un apasionado de su trabajo y un rostro histórico de la villa de Bilbao. “Si preguntas por la Gran Vía quién es Bene, todo el mundo sabe quién soy”, afirma con orgullo. El es Bene, el propietario del Asador Indusi, en García Rivero, y hay muy pocas personas en Bizkaia que no hayan pasado por su casa. “Llevo muchos años detrás de la barra”. Tantos como 54. Precisamente, este año cumple este aniversario y de momento no piensa en la jubilación. El Asador Indusi es su casa, pero también ha sido su escuela, porque entre sus paredes ha crecido tanto personal como profesionalmente. Bene siente que, pese a haber tenido una infancia dura, la vida le ha recompensado. “Tengo una familia fenomenal y me va bien”, confiesa.

Bene nació en Dima, en el barrio de Indusi, en un caserío que, según cuenta, antiguamente proporcionaba luz eléctrica a todo el barrio. Allí creció y supo lo que era trabajar duro. “Solo fui a la escuela hasta los 9 años y luego hasta los 11 años me daban clases particulares dos horas al día”, cuenta. Hasta aquí podría ser la historia de cualquier joven, pero Bene confiesa que, a pesar de que le hubiese gustado estudiar, su destino era otro. “Había que trabajar. Me tocó ir al monte para ayudar a mis padres”. Fue ahí donde lo pasó realmente mal. Le tocaba segar, trillar... y todo lo aprendió solo.

Bene aspiraba a más, así que a los 17 años abandonó su caserío y se instaló en Bilbao en busca de un futuro mejor. Su hermano fue su guía en esos duros momentos en los que no sabía qué camino elegir. Así se le abrió una puerta al mundo de la hostelería. No la desaprovechó. “Él estaba trabajando en un bar y me colocó. Me enseñó mucho. Ahora cumpliré 54 años en este mundo. ¡Casi nada!”.

Durante este medio siglo ha tenido que batallar por hacerse un hueco en este sector, pero reconoce que son muchos los que le han ayudado en el camino. “Cuando vine a Bilbao sabía muy poco castellano, no hablaba correctamente. Allí, en Indusi, siempre había hablado con mi familia en euskera porque era lo único que sabían, así que en este trabajo aprendí a hablar castellano. Al principio se reían de mi”, cuenta. Es por ello que Bene aprovechó cada momento detrás de la barra para agudizar el oído y aprender el idioma, entre otras cosas. “Es la mejor escuela porque te enseña a escuchar y a respetar. Luego esto se pone siempre en práctica en tu día a día”, confiesa.

Después de tantos años, todo ha cambiado, sobre todo la manera de trabajar. Y es que a Bene le prepararon para ser el mejor. “Hoy en día, los jóvenes se piensan que por servir un vino ya lo saben todo”, manifiesta. Él aprendió a base de palos. Estuvo dos meses en una bodega aprendiéndose toda clase de vinos y licores y cuando estuvo preparado, le tocó demostrar lo que valía detrás de la barra. Pero no podía bajar la guardia porque cualquier despiste le perjudicaba. “Me castigaban por tardar medio minuto en ir a la bodega a por una botella. Lo que tardaba en subir y bajar. Ahora le dices esto a cualquiera y no te lo hace”, cuenta.

Con el objetivo de continuar mostrando su valía en este mundo, en 1982 abrió el que para Bene es su segundo hogar, el Asador Indusi. Con esfuerzo y trabajo emprendió esta nueva aventura llena de ilusión, aun sabiendo que no podía ver a su familia todo lo que le gustaría. No por gusto, que también, sino porque lo necesitaba. “A mis hijos no les veía. Cuando mi mujer venía al bar con ellos me decía: Estos son tus hijos. Antes no los veía pero ahora lo hago todos los días porque trabajan conmigo”, cuenta entre risas.

Amistades Beneno puede olvidar una de las grandes satisfacciones que le ha dado trabajar detrás de la barra. Gracias a su oficio ha hecho grandes amigos y los conserva como un tesoro. Entre ellos se encuentra Javier Clemente, con quien mantiene una estrecha amistad. “Mucho antes de que fuese conocido”, recuerda. “Cuando se lesionó y le operaron en Barcelona, le llevé una cazuela de chipirones en su tinta porque le gustan mucho”, revela entre muchas de las anécdotas que le vienen a la cabeza. Los buenos momentos son los que más suman en la vida de Bene, por eso no quiere oír ni hablar de jubilarse. Le cuesta hacerse a la idea de que un día ya no esté más en el Indusi, aunque sabe que sus hijos cuidarán bien de él. “No valgo para eso porque me pongo malo. Pero estoy tranquilo porque sé que son buenos profesionales”, dice.

Mientras, para rebajar el estrés, Bene sube al monte cada vez que puede. Es su paseo preferido. Verde, oxígeno... y después, vuelta a los fogones y sartenes.

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