Colaboración

De víctimas a verdugos

Por Alberto. Letona - Lunes, 21 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

EL pasado lunes, 14 de mayo, el Estado hebreo conmemoraba el septuagésimo aniversario de su creación: los palestinos los setenta años de su expulsión. Donald Trump decidió saltarse la legalidad internacional y abrir en Jerusalén la nueva embajada de Estados Unidos como regalo de cumpleaños.

En algunos lugares de Israel, muchas familias de judíos sefarditas guardan después de cinco siglos la llave de la casa de sus antepasados españoles antes de ser expulsados por los Reyes Católicos. Sucede igual con las familias palestinas que hace siete décadas fueron desalojadas de sus hogares por la ocupación, primero del Ejército israelí y más tarde de los colonos que se apoderaron de sus tierras. Tanto judíos sefarditas como palestinos atesoran la llave del que un día fue su antiguo hogar y la conservan para dar fe de su dolorosa pérdida.

Estos últimos, arrojados a un destino miserable o apátrida, siguen rebelándose contra el Estado que les expulsó. La enorme superioridad militar y el apoyo de los Estados Unidos, más fuerte aún si cabe con la presidencia de Trump, hacen difícil que los palestinos puedan retornar a sus antiguas aldeas. El regreso parece hoy imposible. La historia bíblica de David contra Goliat se repite, pero esta vez las tornas han cambiado y a Israel le ha tocado el papel del gigante.

El pasado lunes, 61 ciudadanos palestinos fueron asesinados por los militares del Ejército hebreo y varios cientos más resultaron heridos de bala en la franja de Gaza, frontera con Israel. Conmemoraban su duelo, llamado también el día de la Nakba (catástrofe), siempre presente en la memoria de varias generaciones de palestinos. 700.000 personas, dos tercios de su población total, fueron expulsados de sus hogares para hacer sitio al Estado de Israel en 1948. Según los israelíes, fueron los propios palestinos los que abandonaron sus casas como consecuencia de las reiteradas llamadas de los líderes árabes que se disponían a atacar a los invasores. Las potencias de la época, con mala conciencia ante los horrores que el nazismo había infringido a la población judía, miraron para otro lado.

Entre la víctimas del pasado lunes, se encontraban niños, periodistas, y personal médico entre otros. Los militares, como en ocasiones anteriores, adujeron que estaban armados, pero nadie vio armas. Por otra parte, es poco creíble que niños, periodistas, y médicos porten armas que difícilmente saben manejar frente a uno de los ejércitos mejor y más sofisticados del planeta. La política de disparar a matar sobre ciudadanos desarmados es una práctica bastante común por parte de los militares israelíes. La embajadora de este país en Bruselas se limitó a decir que todos los muertos eran terroristas. Y cabe añadir que, al parecer, si son terroristas se les puede asesinar sin mayor problema. Vergonzoso análisis por parte de la representante de un pueblo que sufrió en sus propias carnes el holocausto. El gobierno belga tuvo la gallardía de convocar a la embajadora para explicar sus declaraciones. Muchos gobiernos no se hubieran atrevido.

Si he de ser sincero, no me sorprende el razonamiento de la embajadora, Simona Frankel. La glorificación de la muerte de cualquier ciudadano palestino es celebrada en Israel por una amplia mayoría de la ciudadanía. Resulta repugnante que un soldado que dispara a la cabeza de un atacante malherido e inerme sea festejado como un héroe y puesto en libertad nueve meses después... como ha ocurrido recientemente en aquel país.

La humillación de los palestinos y la brutalidad por parte de los soldados, la mayoría jóvenes, no conoce límites. Hace ya unos años, compartí un taxi con varios vecinos de Ramallah. A los pocos kilómetros fuimos interceptados en un control. Dos de los ocupantes de nuestro vehículo, un matrimonio de más de setenta años, fueron obligados a arrodillarse en el suelo ante las bocachas de los fusiles de aquellos delincuentes uniformados.

La deshumanización llega a su punto más extremo en el oeste. La franja de Gaza es un infierno del que apenas se puede salir. Es un terreno pequeño en extensión y grande en historia. Cincuenta kilómetros a lo largo y ocho por ancho conforman su superficie. Dos millones de personas, la mayoría refugiados venidos de otras partes de su país, sobreviven en lo que algunos califican como “la mayor cárcel del mundo”. La pobreza y la desesperación saltan a la vista.

En los últimos años, la estrategia de Israel no ha cambiado: no negociar con aquellos a quienes califica de terroristas o debilitar a sus enemigos para imponer una política de hechos consumados. La embajadora de Israel en Bélgica se sabe bien la lección.

Las llaves de los hogares palestinos siguen todavía guardadas bajo la alfombra de un conflicto eternizado al que nadie se atreve a mirar de frente. La tenue y fina línea que separa a víctimas y verdugos se rompe una vez más en la historia.* Periodista

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