Tribuna abierta

Otras economías para vivir mejor

Por Javier Otazu Ojer - Lunes, 21 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

ES posible el consumo y la economía basadas en principios éticos? ¿O bien vivimos en un único país que es nuestro planeta en el que no tenemos ningún margen para hacer un mundo mejor? ¿Existen otras economías posibles?

Para responder a estas preguntas, comenzamos recordando los principios en los que se basa la teoría económica actual. Es conocido que la economía trata del “uso de recursos escasos en un mundo de múltiples necesidades e infinitos deseos”. Para ello, nos proporciona instrumentos como la teoría del consumidor, del productor o los mercados para aprender a tomar mejores decisiones. No se puede negar la utilidad de muchos de los conceptos que se enseñan en los colegios o facultades, pero todos ellos están basados en la racionalidad de las personas (lo cual, según demuestra la evidencia empírica, es más que dudoso) o en la consecución de objetivos claros y determinados. Por ejemplo, las empresas sólo buscan maximizar beneficios o los individuos quieren la mayor felicidad posible, lo cual se logra, obviamente, consumiendo cada vez más. De premisas dudosas no pueden salir conclusiones fiables.

En todo caso, ¿qué ven nuestros ojos? Algo muy sencillo: el sistema económico genera tres grandes desequilibrios. El primero, con nuestro planeta. El cambio climático, la contaminación de los mares o la pérdida de biodiversidad son ejemplos claros. El segundo, con la sociedad. Aunque los indicadores económicos no son malos, la realidad de cada persona es diferente. Por primera vez, se puede ser trabajador y pobre a la vez. Muchas personas (parados de larga duración, jóvenes con escasa formación) no tienen expectativas. ¡Ojo! que no todo es negativo. Pero estos dos aspectos son muy preocupantes. Falta el tercer desequilibrio y viene dado por el enorme peso que tiene el sistema financiero. ¿Cómo puede ser que el peso de los derivados financieros sea al menos diez veces superior al del PIB mundial? ¿Cómo puede ser que un banco mal gestionado pueda hundir toda la economía? Por todas estas razones, algo se mueve y aparecen otras formas de ver la realidad que merecen ser destacadas. Veamos:

La bioeconomía (su autor de referencia es René Passet) busca integrar la naturaleza con la actividad humana guardando un necesario equilibrio entre ellas. Se puede considerar un caso particular de la misma la economía azul, que busca generar de forma sostenible negocios a partir de ecosistemas. Uno de sus apóstoles, Gunter Pauli, estima que se pueden generar a partir de la misma 300 millones de empleos.

La economía del bien común, de Christian Falber, lleva años entre nosotros. Se trata de orientar las actividades no sólo a la consecución de beneficios: bajo ningún concepto se debe olvidar que lo más importante es la mejora de todos los seres humanos. Así, se trata de buscar lo más positivo para todos. Los partidarios de la economía circular (una idea semejante la da la economía de la rosquilla o del donuts), por otro lado, piensan en un ciclo de producción que dé una mayor importancia al uso de los recursos y los deshechos. Los primeros se deben extraer de forma sostenible, los segundos se deben reciclar de forma ordenada. Ya no es solo la contaminación, es el sentido común. Pensemos en las bolsas de plástico. La cantidad de dinero que se gasta una pequeña tienda de ultramarinos supera de largo los mil euros.

Para responder a todas estas tendencias, un economista tradicional nos diría que el mercado las arregla por sí mismas. Por ejemplo, la Responsabilidad Social Corporativa (RSC), evalúa la relación de una empresa con sus trabajadores, la sociedad y el medio natural. Además, los retos son otros. Vivimos en una economía digital en el que la información no deja de fluir. Eso otorga un poder descomunal a los que controlan y saben manejar datos (dataísmo) y genera un gran desarrollo de algoritmos. Si a eso le añadimos cuestiones como la economía colaborativa o el desarrollo tecnológico, que no nos vengan con milongas. Es prioritario gestionar todos estos retos.

Sea de una u otra forma, siempre es bueno conocer alternativas económicas. Nos ayudan a comprender mejor el mundo y a tomar mejores decisiones. Nos recuerdan que a veces una compra influye más que un voto. También nos dicen que nuestros actos son fundamentales. ¿Reciclamos? ¿Cómo nos trasladamos, en bici, andando o transporte público? ¿Qué tipo de entretenimiento es el que más nos gusta? ¿Dónde y cómo nos vamos de vacaciones? ¿Usamos bolsas de plástico? Sí, es cierto. Todo lo que hacemos influye en el mundo. ¿Todo? Todo. Desde una simple compra hasta una amplia sonrisa.

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