Mesa de Redacción

La Casa de Gran Hermano

Por J. C. Ibarra - Miércoles, 23 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

La política española se ha convertido en una versión 4.0 de La Casa de Gran Hermano, haciendo de nuevo buena esa afirmación de que la realidad siempre supera a la ficción. La última entrega del reality show político tiene como protagonista, precisamente, una casa, el futuro hogar, dulce hogar, de Pablo Iglesias e Irene Montero, humilde morada que bien podría valer de plató para reunir allí a los protagonistas de toda la saga, es decir, a los de los sobres en B, a los que inflan currículos, a los que roban en los supermercados y en los despachos, a los que delegan en la Justicia, a los jueces que le leen la cartilla a sus colegas europeos, a los fiscales que sacaban un 10 en dictado, a los que cubren su incompetencia con el 155... Los ciudadanos, en lugar de acudir a las urnas, podrían votar a través de las redes sociales, tras escuchar las exposiciones en el confesionario de la casa y podrían nominar a este o a aquel para ser el siguiente en ser expulsado (de la casa, del país, del planeta...). Nos ahorraríamos unas Cortes que cuestan un potosí, unas campañas electorales cada vez más aburridas, unas votaciones en las que cada vez parece más claro que lo mismo da votar a Juana que a su hermana, a Mariano que a Pedro, a Albert que a Pablo. Parafraseando el Todos a la cárcel de Berlanga, podríamos enviar a todos a La Casa, a la de Pablo e Irene o a la que sea, o a la cárcel mismo, qué demonios: si la realidad va a superar a la ficción, soñemos el guion más disparatado.