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Relatos

Por Iñigo Bullain - Jueves, 24 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

TRAS un solemne funeral que algunos hubieran preferido sustituir por una versión contemporánea de aquel “Cautivo y desarmado...”, la disolución de ETA ha vuelto a poner de manifiesto que a ese final le va a acompañar durante años una batalla dialéctica y mediática para tratar de imponer un relato sobre el pasado. Se trata, según sea el relato, de que se hable de algunas cosas para no tener que hablar de otras. Porque tan significativo como lo que se cuenta, es lo que se calla. Así, el argumento del “cambio de ciclo histórico”, al que viene recurriendo ETA, trata de obviar que el desistimiento no fue la consecuencia de un debate ideológico o moral, sino que tras las ilegalizaciones, sin poder hacer política, ni en la calle ni en las instituciones, e incapacitada para seguir atentando, tras la desarticulación masiva de su aparato militar, el MLNV no pudo mantener su estrategia político-militar, y en consecuencia, el cambio de ciclo resultaba inevitable.

El final unilateral tan alejado del paradigma de negociación que ETA defendió durante años tampoco ha conducido a una reflexión sobre las sucesivas oportunidades perdidas. Un tema relevante sobre el que el MLNV guarda silencio. Sin embargo, si ETA se hubiera disuelto tras alguna de las negociaciones acaecidas en los años 80, 90 o 2000, los términos de su final habrían sido distintos y probablemente también su futura memoria. Es difícil de entender como desde su dirección se pudo pensar que tras romper sucesivamente diferentes negociaciones se podría llegar a la siguiente con mayor capacidad y fuerza para negociar, cuando precisamente el cambio de ciclo histórico era evidente tras la consolidación del autonomismo en los 80. Por el contrario, y grosso modo, puede decirse que Argel condujo a la caída de Bidart;Lizarra, al desmantelamiento y a las ilegalizaciones de principios del milenio, y el bombazo final de la T-4, a la esquela de 2011.

Pero más allá de la huida corporativa hacia delante que caracteriza su trayectoria, no deja de resultar significativo, que décadas después de terminada la Segunda Guerra Mundial y tras la configuración de la Comunidad Económica Europea, se configurara en esta parte de Europa una organización político-militar desde la perspectiva del marxismo-revolucionario. Es cierto que algo semejante también sucedió en Irlanda del Norte o en Italia y en Alemania al socaire del movimiento de los derechos civiles, Mayo del 68 y la influencia de los movimientos de liberación nacionales vinculados a los procesos de descolonización. Pero el hecho de que a mitad de los años 70 las dos ramas de ETA dieran impulso a partidos marxistas-leninistas como EIA o HASI, para hacer frente a la democracia española, ignorando el descrédito de la experiencia soviética o de la revolución cultural china, sigue siendo para muchos un dato desconcertante. En cualquier caso, parece evidente que aunque el carácter revolucionarista que nutre al MLNV es una de las claves para entender su inspiración ideológica, su estrategia y organización, o su ética, sin embargo, como hemos vuelto a comprobar durante estos días, esa personalidad sigue pasando desapercibida tanto para la población como para la mayoría de los agentes políticos y mediáticos. Las ganas de unos por desprestigiar al nacionalismo vasco y las de otros por ocultar ese perfil hacen que sea lo más probable que la opacidad sobre ese pasado se traslade a futuros análisis sobre el conflicto.

Pedirle a una organización revolucionaria que asuma una ética humanista seguirá siendo una ingenuidad, como también lo es el decidirse a emplear la violencia como recurso político sin asumir que aquello conducirá inevitablemente a tener que emplear una ética deshumanizadora. El MLNV, que recurrió sistemáticamente a un paradigma en donde la definición y distinción entre amigo y enemigo podía tener consecuencias capitales, configuró un poder de vocación totalitaria que provocó miles de víctimas, cientos de ellas mortales, además de desestabilizar emocionalmente durante medio siglo a la sociedad vasca, sobre la que impuso su experimentación revolucionaria. Pensar que en una sociedad cada vez más mediática y neoliberal una organización socialista revolucionaria pudiera triunfar en un entorno geopolítico occidental labelizado como democrático era una apuesta temeraria. Aun más, tras la incorporación a la Unión Europea, la caída del Muro o el 11-S, cuando cabía prever que confluirían toda suerte de fuerzas y recursos internacionales para ponerle fin. No ser consciente de las fases sucesivas de semejante cambio de ciclo, interpela a las diferentes direcciones del MLNV sobre la visión de su conducción histórica, además de, evidentemente, sobre las múltiples consecuencias humanas y políticas de la violencia.

Pero no solo el relato de ETA y del MLNV hace aguas, también carece de credibilidad el relato del unionismo que se presenta como de resistencia democrática. Porque resulta una constante, así como un sesgo identitario e ideológico, la omisión que en ese relato se hace de los abusos policiales que, durante décadas y con la connivencia de las autoridades españolas, practicaron la intimidación, los malos tratos o sistemáticamente la tortura sobre la población vasca desafecta o sospechosa. Brillan por su ausencia las referencias al señor GonzáleX, al terrorismo parapolicial y de Estado, a las detenciones arbitrarias, a los malos tratos o a los miles de casos de tortura documentados. Como si todos esos hechos, que también son parte del pasado, no hubieran existido. Como si desearan que no se guarde memoria de otras víctimas y de otros abusos. Un silencio cómplice, muy poco ejemplar, que favorece la impunidad y el trato de favor que siguen gozando quienes disfrutaron de poderes justificados con la razón de Estado. El relato que promueve el unionismo que solo denuncia determinados crímenes, mientras silencia o secundariza otros, es muy parcial. Es un relato interesado en construir una memoria maniquea de buenos demócratas españoles víctimas de un terrorismo nacionalista vasco. La marca España sigue empeñada en ocultar verdades y silenciar abusos, como los sistemáticos indultos a los torturadores condenados, que abarcan décadas y que han padecido varias generaciones. Sus valedores tratan de labelizar democráticamente al Estado y blanquear el pasado, más interesados en criminalizar el independentismo y mantener la unidad de España que en defender la democracia o buscar la verdad.

Buena parte de los demócratas españoles siguen formando parte de un franquismo sociológico, dopado electoralmente para ser mayoritario, que aún no ha condenado la dictadura ni sus crímenes, y que no reconoce la existencia de otras naciones, ni el derecho de los ciudadanos vascos o catalanes a desarrollar otros proyectos políticos. La democracia española solo permite decidir sobre cuestiones que no ponen en cuestión el dominio, supremacía, de su nación. Incluso se arroga el derecho a decidir sobre qué puede discutirse en un parlamento autonómico o quien puede ser candidato a presidir un gobierno. El nacional-constitucionalismo tampoco quiere recordar que la supresión del autogobierno foral, vasco y navarro, no fue consecuencia de un acuerdo o por mutuo consentimiento sino una violación institucional en un portal político decimonónico.

España ha configurado una democracia amnésica como si la historia empezara con la Constitución del 78, y como si esta hubiera obtenido en Euskal Herria un respaldo mayoritario cuando en realidad, los derechos históricos de autogobierno anteceden en siglos a un texto al que apenas 1/3 del censo dio su apoyo. Imponer el corsé constitucional de la unidad indivisible e indisoluble de la nación española como única alternativa política, mientras amenaza con un 155 a la disidencia, refleja el autoritarismo de la democracia española realmente existente. Pero la falta de credibilidad de otros relatos tampoco confiere verosimilitud a un discurso autonomista que confía en la voluntaria reforma del nacional-constitucionalismo. Una perspectiva, en mi opinión, tan utópica como evasiva.

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