El sacacorchos

La vida en el alambre

Por Jon Mujika - Sábado, 26 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

EL problema era un Everest de escaleras, más duro y escarpado según la edad y la condición física del vecino que le tocase en suerte, y la inseguridad que se instaló en los portales más peligrosos, bien por una infraestructura temblona como un flan recién hecho (no todas las casas tenían un plan firmado por un arquitecto, digámoslo ya), bien por el perfil de algunos de los ocupantes, en ocasiones ligeros de escrúpulos, que daban el alto a otros vecinos con el mismo tono y la misma intención de un Curro Jiménez del siglo XXI.

Visto el panorama, parece claro que en según que casos la vida en El Peñascal estaba en el alambre. Que no era cómodo vivir allí era una evidencia, por mucho que las vistas fuesen espectaculares y que algunos habitantes hubiesen desarrollado eso que llaman un sentimiento de barrio. Por esas y otras razones que desconozco, algunas voces han proferido en lamentos por la decisión de lanzar un escuadrón de excavadoras para hacer añicos los enclaves más peligrosos. Es, creo verlo así, una protesta sentimental porque se antoja complicado pensar en que allí, bajo esas circunstancias, se sintiese cómodo alguien. La inmensa mayoría, eso sí, agradecen el cambio de techos. Era difícil ir a peor, pensará la inmensa mayoría.

Los años fueron degradando la zona, nacida, como tantos otros barrios, al socaire de un desarrollo industrial que demandaba mano de obra a manadas. Llegaban de cualquier rincón e iban instalándose en cualquier esquina. Donde podían, vamos. Poco a poco las circunstancias fueron cambiando y aquel universo se desintegró, lo que supuso el abandono de un modelo de vida que ya no tenía razón de ser. Según qué zonas de El Peñascal fueron degradándose y en los últimos años parecía que el entorno afeaba la ciudad. Ahora comienza el lifting.

Secciones