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Mucho ruido y pocas nueces

Los intereses contrapuestos de PSOE y Ciudadanos complican la viabilidad de una moción de censura en un entorno político insostenible

Juan Mari Gastaca - Sábado, 26 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

ahora mismo, la moción de censura del PSOE es un golpe de puro efectismo. Representa la respuesta obligada desde la oposición a la demoledora sentencia contra un partido que gana elecciones y gobierna dopado por el estímulo de su corrupta caja B. Pero puede resultar apenas un gesto intencionado, diluido en un marasmo de intereses contrapuestos. Albert Rivera, cada vez con más viento de cola a su favor, jamás permitirá que Pedro Sánchez gobierne como paso profiláctico siquiera los días suficientes para convocar elecciones. Además, bastaría un par de exigencias del independentismo catalán para que temblaran las piernas del líder socialista y arreciaran las voces unionistas dentro de su partido, que las hay, y no menos críticas con la idea de compartir acción de gobierno junto a Unidos Podemos. Es decir, que la cifra mágica de la mayoría simple no saldría para regocijo inmerecido de un PP que se niega mínimamente a pedir perdón por sus abyectas tropelías. Supondría, no obstante, un desenlace más que previsible dentro de la injusta lógica que provoca el egocentrismo partidario, aunque a costa de enmarañar hasta la desesperación un ambiente político cada vez más insoportable.

El escenario asoma dantesco. Sin Govern en Catalunya y Puigdemont moviendo el guiñol, Rajoy señalado por la Justicia y presidente de un partido aislado por corrupto, a la espera de nuevas sentencias del caso Gürtel, con el juicio del procés en otoño, y expectantes ante la suerte del socialismo andaluz en el interminable proceso de los ERE, España camina por puro automatismo mientras contiene el aliento, temerosa de su estabilidad. Paradójicamente en un Estado que encadena Presupuestos sin prórroga desde hace siete años, con una macroeconomía al alza que destila la desigualdad propia de los principios del liberalismo, su democracia está maltrecha. Todo por culpa de una corrupción basada en la temeraria ambición y la impunidad. Un desafecto latente por la armonía territorial y un diálogo imposible tras el final traumático del bipartidismo presagian un futuro inmediato inquietante. Es el indeseable tiempo de la agresividad, del verbo descalificante, de la inanición legislativa, de las acusaciones recíprocas, de ese impotente “y tú más” tan patético como irritante. Y así que pasen los días.

No hay propósito de enmienda en el PP, empezando por Rajoy. Sin tiempo para disfrutar de los Presupuestos que teóricamente le despejaban el camino de la incertidumbre, el presidente del Gobierno vuelve a estar acorralado aunque pretende no darse cuenta. Solo desde esta calculada ingenuidad puede entenderse que recurriera a una diatriba contra la moción de censura socialista para sacudirse de tan humillante sentencia. Así las cosas, es comprensible que hacia abajo eludan responsabilidades. Por eso, aún sin reponerse del mazazo judicial tienen cuajo suficiente para instar a los socialistas a que no se revuelvan porque les espera el calvario de los expresidentes Chaves y Griñán. Y quizá tengan razón.

La contundente sentencia de Gürtel ha podido desnivelar tanto la balanza que en el PSOE anida la preocupación de que exista una fundada tentación por igualar la reprimenda cuando los jueces resuelvan de una vez el chollo de las peonadas andaluzas. Por tanto, frente a semejante fangal es imposible que impere la sensatez porque no le queda espacio. El entendimiento entre diferentes es una entelequia. El tacticismo de corto alcance se puede llevar por delante la salida de la dignidad. La fragmentación parlamentaria dinamitará para mucho tiempo cualquier ilusa vocación de entendimiento. Frente a cantos de sirena y especulaciones quizá sería mucho más pragmatismo una visión realista. Una simple radiografía para constatar que Ciudadanos no quiere elecciones hasta que vea arrastrándose al PP y entonces agigantar esa anunciada victoria que desean centenares de empresarios con poder, prescriptores sociales con voz y, sobre todo, españoles de raza. El PSOE sabe que está muy lejos de la mayoría en las urnas y que no le permitirán compañías incómodas si quiere gobernar. Pablo Iglesias ya nunca volverá a despertar las mismas expectativas del 15-M por culpa de su chalé. El unionismo jamás entenderá al nacionalismo. Por todo ello, no es descartable que el ruido imparable de la moción de censura, por encima de la traca permanente de redes sociales y tertulias, acabe en agua de borrajas.