Repostería de sabor celestial en el Museo Diocesano

Lucía muestra una de las mermeladas elaboradas en un convento de clausura. (OSKAR GONZÁLEZ)

El Museo Diocesano celebra hasta esta tarde ‘Los Dulces del convento’

Un reportaje de Ane Araluzea - Domingo, 27 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

Dice la tradición que si se desea garantizar el buen tiempo para la boda de un ser querido más vale ofrendar una docena de huevos a las monjas clarisas o, en el caso contrario, armarse de valor para atenerse a las consecuencias. Creencias aparte, porque no todo será por estar en posesión de los huevos donados con la mayor de las esperanzas e ilusiones, las manos divinas que hornean los dulces en los conventos de clausura cuentan con algo más que las misteriosas recetas centenarias de las que no sueltan prenda. El tiempo y el cariño que le dedican son los factores clave para el sabor celestial de su repostería. Y eso no se encuentra en los supermercados. Por ello, el mercado Los dulces del Convento, instalado un año más en el Museo Diocesano de Arte Sacro, reitera esta edición su éxito con las miras puestas en vender siete toneladas de productos.

Pastas, dulces, quesos, cosmética, licores... Un total de 37 conventos estatales y dos franceses participan en la decimoquinta edición de esta iniciativa con la que las comunidades religiosas destinan lo obtenido a su propia manutención. Más que consolidado, el mercado es un ir y venir de gente con la lista de la compra previamente hecha. “¿No te queda mermelada de naranja amarga con ron? ¡Qué rabia!”, exclamaba ayer Cristina frente al puesto de confituras, donde uno de los sabores más reclamados es el de kiwi, limón y tequila. “Son mermeladas que no encuentras en ningún sitio, ni en mercados medievales. Además tienen una proporción de fruta de casi el 60%”, aseveraba esta bilbaina que finalmente se conformó con otro aroma. “Hay mucha gente que viene a tiro fijo. Ayer -por el viernes- una señora se llevó 18 botes de mandarina”, relató Lucía, al frente del puesto.

Otro de los productos estrella de la feria es el milagroso ungüento elaborado en el monasterio de las dominicas de Santa Ana en Elorrio. “Está hecho de aceite de oliva, cera de abeja y hoja de hiedra, es para las quemaduras y las infecciones. La gente se lo suele llevar para la psoriasis, la piel irritada o los granitos”, exponía Raquel, desde el puesto en el que muchos de los productos se venden solos. Lo mismo ocurre con la colonia de lavanda de las monjas francesas de Chantelle. “Hay gente que la ha buscado en Internet, pero resulta que cuestan el doble”, explicó Amaia, que lleva tres años vendiendo los productos cosméticos en la feria, donde las cremas de manos y pies son todo un éxito. “Ya no quedan cremas corporales, ayer vino una mujer que se las llevó todas”, añadió.

Entre la repostería que rezumaba gula, María Jesús Barbadillo, asidua en la feria, exclamó: “¡Me llevaría todo!”. Esta bilbaina llegó al mercado para hacer acopio de dulces para toda la familia. “Son caseros, no tienen nada que ver con los industriales”, expuso mientras sujetaba tres bolsas “con un poco de cada cosa”. Aunque la gran cita se celebra en estas fechas, en Navidad suele haber otro mercado, si bien la oferta es inferior. Y el resto del año, ¿dónde se pueden adquirir este tipo de dulces? “Suelo comprar a las monjas de Lerma, que venden una tartaleta de arándanos buenísima”, revelaba esta bilbaina.

Mientras las exhibiciones de herri kirolak funcionaban como reclamo en la Plaza de la Encarnación, Juan Manuel González, director del Museo Diocesano, custodiaba el claustro. “Cada convento tiene sus recetas, sus trucos y sus productos especiales. Hay registro de sanidad, por lo que se sabe los ingredientes que incluyen, pero no las proporciones ni el cómo hacerlo”, aseveraba sobre la ingente oferta guarecida en los soportales que previsiblemente se agotará durante el día de hoy. “A veces les hemos preguntado: ¿Y esto cómo lo hacéis? Pero se acogen a la quinta enmienda”, bromeó el director, quien señaló que las recetas pasan de generación en generación. “Lo que todas tienen en común la tranquilidad con la que se han elaborado. El producto industrial se hace lo más rápido posible para que sea rentable. A las monjas eso no les preocupa. Si algo tiene que macerarse dos semanas, estará. Y además hacen las cosas con mucho cariño, les gusta la repostería y eso se percibe”, indicó.

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