Historias de los vascos

Unamuno y Echevarrieta, ¿algo más que amigos?

Miguel de Unamuno en 1925. (Foto: Meurisse)
Unamuno, en el centro, monta un camello en Fuerteventura.
El escritor y filósofo bilbaino, en un retrato realizado en Fuerteventura durante su destierro.
Horacio Echevarrieta, con el ministro Santiago Alba, en 1923.

La Historia dice que Unamuno rechazó la ayuda que el empresario Horacio Echevarrieta le ofreció al partir al destierro, pero tal vez fue una versión de conveniencia mutua

Un reportaje de Arturo Aldecoa Ruiz - Sábado, 2 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

entre las figuras más singulares de la historia de Bizkaia durante el comienzo del XX destacan dos bilbainos. Uno es el escritor y filósofo Miguel de Unamuno, nacido en 1864, liberal republicano, cercano al socialismo y hombre de gran carácter. El otro es el inquieto y a veces desmedido magnate y empresario Horacio Echevarrieta, nacido en 1870, republicano y diputado entre 1903 y 1917.

Es sabido que Unamuno se opuso en 1923 a la dictadura de Primo de Rivera y criticó la connivencia de la monarquía con la misma, por lo que fue desterrado en 1924 a Fuerteventura y no regresó a España hasta febrero de 1930. La orden de destierro supuso el momento de mayor relación personal entre ambos bilbainos, en medio de una gran atención mediática. La historia es simple: Unamuno recibe la orden de destierro a finales de febrero de 1924. A partir de ese día intercambia mensajes con Echevarrieta, este le ofrece ayuda y don Miguel la rechaza.

Entremos en detalles. Unamuno recibió el 20 de febrero la comunicación de su destitución como vicerrector y decano de Filosofía y Letras en Salamanca y la orden de destierro a Fuerteventura por sus ataques al rey y a la dictadura. Don Miguel debía abandonar Salamanca en 24 horas y viajar por tren bajo vigilancia policial hasta Cádiz para embarcar rumbo a la isla canaria. El escándalo nacional e internacional fue mayúsculo, tanto por la personalidad del desterrado como por los motivos del destierro.

Unamuno abandonó Salamanca el día 21. Bajo vigilancia policial tomó el tren a Madrid y continuó rápidamente viaje al día siguiente hacia Cádiz. Cuando llegó a la capital gaditana, permaneció don Miguel casi encerrado en la habitación de su hotel, siempre bajo vigilancia, hasta la fecha del embarque para Fuerteventura, ocho días más tarde.

Unamuno iba al destierro, según relata Emilio Salcedo, llevando consigo “unas 2.000 pesetas”, dinero que entregó poco más tarde para que se lo remitieran “a su mujer a Salamanca”, pues estaba preocupado por la situación económica en la que quedaba su familia.

Paralelamente, Echevarrieta era en 1924 un hombre en la cresta de la ola de popularidad, tras su rescate de los prisioneros en Marruecos y a la vista de lo sucedido con Unamuno no podía como liberal republicano dejar de reaccionar. Pero dicha reacción debía ser muy medida, pues Echevarrieta tenía muchos intereses económicos dependientes del Gobierno.

Según la revista La Baskonia(20-III-1924), Echevarrieta escribió a Unamuno lo siguiente: No tengo el gusto de conocerlo a vd. personalmente, pero como liberal y paisano pongo mi fortuna a su disposición.

Unamuno le respondió así: Le agradezco su oferta. Tenemos ambos la honra de ser bilbaínos netos y, por consiguiente, liberales. (…) Por ahora mi familia y yo no necesitamos más que el apoyo moral de los ciudadanos honrados para que triunfen la libertad civil y la justicia (…) Usted quiere pagarme los servicios que hice a Vizcaya (…) Le estrecha la mano (…) su amigo por la herencia y el afecto. Miguel de Unamuno.

Según Valentín del Arco, Echevarrieta escribió a Unamuno el 22 de febrero y se ofreció a ayudarlo con estas palabras: (…) en cuanto disponga y mande tanto en lo que a Vd. se refiere como si su familia necesitare de mí. Los dos somos bilbaínos, enamorados de la libertad y ello, aparte de otras razones que no son del caso, basta y sobra para que lealmente me ponga a su servicio en todo cuanto Vd. disponga. Echevarrieta envía posteriormente un telegrama a Unamuno a Cádiz: Giro 10.000 pesetas para sus gastos, tiene cuenta corriente abierta, no se preocupe de la situación de su familia.

Para Del Arco, consecuencia del telegrama fue la visita de Juan Antonio Aldecoa, director de los Astilleros de Cádiz y hombre de confianza de Horacio Echevarrieta, a Unamuno al hotel donde este se encontraba recluido. Unamuno, según Del Arco, no aceptó la ayuda de Echevarrieta, como tampoco aceptará otras, entendiendo que su no voluntaria estancia en Fuerteventura debía ser a costa de los presupuestos del Estado.

La visita de Aldecoa Laureano Robles, en su estudio del destierro de Unamuno, amplía la información sobre el telegrama del 22 de febrero, indicando que contiene una instrucción concreta: Juan Aldecoa. Astilleros de Cádiz.

Emilio Salcedo habla de la reunión celebrada: (...) le visita (...) el señor Aldecoa, apoderado de Don Horacio Echevarrieta, ofreciéndole de parte de este un cheque en blanco para que Don Miguel pueda hacer frente a las dificultades económicas de su nueva situación. No aceptó (...) También según Salcedo, Unamuno le dijo a Aldecoa lo siguiente: Quieren deportarme a una isla desierta (…) bueno (…) pero que no lo hagan ni a mis expensas ni a las de mis amigos (…) Que paguen los que me deportan.

Afirma Salcedo que Unamuno no llevaba al embarcar hacia Fuerteventura ni un céntimo en el bolsillo. Al salir de Salamanca lo hizo con unas dos mil pesetas, casi una fortuna para entonces;pero cuando Aldecoa fue a llevarle el cheque en blanco de Echevarrieta, lo pensó mejor y le entregó ese dinero para que lo remitiera a su mujer en Salamanca.

Esta es en resumen la versión mantenida hasta hoy sobre la relación epistolar de Echevarrieta y Unamuno en febrero de 1924, cuando el segundo es desterrado, y sobre la reunión celebrada en persona con Aldecoa, como representante de Echevarrieta.

Es decir, digno ofrecimiento, y digno rechazo. Difícil encontrar una forma de que ambos personajes queden mejor ante la opinión pública. Unamuno no acepta componendas, pero se preocupa por su familia (a la que envía el poco dinero que tiene) y Echevarrieta como hombre generoso, ofrece ayuda a un compañero perseguido. Más aún, Echevarrieta no se malquista con la dictadura.

Pero, ¿qué hubiera pasado si Unamuno sí hubiera aceptado la ayuda de Echevarrieta? ¿Lo hubieran reconocido en público? Lo cierto es que a Unamuno el reconocer que aceptaba ayuda de un amigo no le hubiera gustado, pues de alguna forma significaba desdecirse de sus palabras. Tampoco a Echevarrieta le habría gustado la aceptación pública de la ayuda, pues podría traerle problemas más adelante con el Gobierno si el destierro de Unamuno se complicaba.

Así que al rechazar públicamente Unamuno la ayuda de Echevarrieta (y bien se preocuparon ambos de que tal rechazo se conociera) los dos salían reforzados. Pero, ¿de verdad se rechazó la ayuda?

Solo una persona, a parte de los dos, sabía la verdad, Juan Antonio Aldecoa, pero falleció en 1933. Aldecoa nunca desmintió la versión dada, aunque en su familia (yo soy su nieto) quedó un recuerdo difuso de que a Unamuno de alguna forma se le ayudó. Y así estaba el tema hasta que hace unos meses he leído el diario de mi abuelo, que cuenta una historia un poco diferente:

Día 25 de Febrero (1924)

Por la mañana he estado en el Hotel Suizo (Duque de Tetuán 33 Cádiz) llamado por el Sr. Don Miguel Unamuno (que está allí de paso para su deportación a Canarias) y me ha entregado en depósito un sobre conteniendo 2.700 pesetas (dos mil setecientas), contra un recibo que poco más o menos dice: ‘He recibido de Don Miguel Unamuno en calidad de depósito la cantidad de dos mil setecientas pesetas (2700) que están a su disposición a la vista. Cádiz 25 de febrero de 1924. Firmado’.

Este sobre lo he depositado en el fondo del departamento central (2º desde arriba) del cuerpo de la derecha del armario biblioteca, oculto por dos libros, entre estos y al fondo, detrás del Solthern(¿?)y le he explicado el caso y el libro a Felisa(mi abuela).

El sobre se devolverá contra entrega del recibo mío o de otro que lo anule, firmado por Unamuno.

Aldecoa no se hubiera reunido con Unamuno, desterrado y bajo vigilancia policial, sin una instrucción expresa y un plan concreto de Echevarrieta. Ni menos le hubiera guardado dinero secretamente a un desterrado. El momento político era complejo y los negocios e intereses de Echevarrieta aún más. Solo se haría lo que Echevarrieta ordenara.

Vemos que la reunión se celebró y lo fue a llamada de Unamuno. No se especifica la oferta de Echevarrieta, ni la respuesta de Unamuno, pero sí que Unamuno da a Juan Antonio Aldecoa para que se las guarde 2.700 pesetas. Puede ser el dinero que se dice Unamuno llevaba en efectivo desde Salamanca. El depósito tiene un sentido: si más adelante Unamuno precisa pagar por algo a alguien, podrá realizarse el pago presentando a Aldecoa el recibo, o un nuevo recibo que lo anule, firmado por Unamuno. Es claro que Unamuno durante el destierro, quiere tener alternativas si su asunto se complica o se siente amenazado. Y es claro que para ello necesita alguien de confianza que guarde su dinero y pague secretamente lo que Unamuno ordene, si llega el caso. Aldecoa no recibió orden de Unamuno y, según el diario, tuvo guardado el dinero hasta 1930.

¿Y la familia sin recursos? Unamuno, contra toda lógica y al contrario de lo que se divulgó, no da a Aldecoa el dinero para que lo remita a su esposa en Salamanca (mujer y seis hijos, dependientes de su sueldo, entonces suspendido). Pero afortunadamente y de forma paralela al destierro, la familia de Unamuno no queda abandonada, pues recibe ayuda de curiosas fuentes, incluido un coro de médicos y una casual participación del gordo de Navidad de 1924. ¿Suerte?

Mientras no aparezcan nuevos documentos, lo que se acordó en la habitación del Hotel Suizo de Cádiz en 1924 entre Miguel de Unamuno y Juan Antonio de Aldecoa solo tiene una versión: rechazo de la ayuda. Pero quizás lo pactado fue un poco diferente. Quizás Echevarrieta y Unamuno sí llegaron a algo más en Cádiz que estrecharse las manos literariamente hablando y llamarse amigos. Pero como a Echevarrieta si daba la ayuda no le convenía airearla y como a Unamuno, si la recibía, no le agradaba reconocerla, quizás acordaran contarnos otra cosa. Han pasado 94 años y va siendo hora de empezar a descorrer el velo que aún hoy oculta un acuerdo entre viejos bilbainos.

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