El informe Bielsa

Aduriz remata de cabeza en un entrenamiento ante la mirada de Bielsa. (Jose Mari Martínez)

Berizzo confesó que el rosarino le había transmitido su experiencia con Susaeta, Muniain, De Marcos, San José, Iturraspe y Aduriz, piezas básicas de su éxito en Bilbao

José L. Artetxe - Domingo, 3 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:01h.

bilbao - Eduardo Berizzo sabe a dónde viene. El Athletic se ha cruzado en su camino como futbolista y técnico durante una década, por lo que entre sus ocupaciones a la fuerza ha reservado un espacio para profundizar en las señas de identidad del club que ahora dirige. Información de primera mano que habrá enriquecido mientras masticaba el acuerdo con Josu Urrutia. Al margen del conocimiento adquirido desde su condición de rival, Berizzo tenía a mano otra fuente de información que le merece el máximo crédito y de la que, como no podía ser de otro modo, ha bebido. La etapa de Marcelo Bielsa en Bilbao constituye para Berizzo un sugerente e indispensable libro para instruirse, no en vano considera al rosarino clave en su educación como entrenador, una especie de guía espiritual para la comprensión y el desarrollo del juego.

Bielsa pasó por San Mamés entre 2011 y 2013. De esos años queda el recuerdo de la revolución a que fue sometido un equipo atónito ante los métodos y consignas que hubo de asimilar, en las antípodas de las vigentes hasta entonces. Bielsa potenció la confianza de la plantilla hasta límites insospechados y acertó a extraerle un jugo que ni se sospechaba tenía en sus entrañas. El efecto euforizante que inoculó en una afición resignada es una huella imborrable en la memoria colectiva. Tanto es así que al rememorar la obra de Bielsa se tiende a obviar el escaso parecido que hubo entre un primer ejercicio glorioso y un segundo conflictivo, gris.

La particularísima concepción del fútbol de Bielsa condujo al Athletic a la primera línea del panorama mundial para luego derivar hacia una versión donde el descontrol engulló a todos, empezando por el propio Bielsa. Cierto es que en la cuesta abajo influyeron factores conectados al comportamiento de determinados jugadores, pero tampoco el entrenador ofreció su mejor perfil, no supo subsanar los contratiempos.

Un lustro después son contados los futbolistas que aún siguen en Lezama: solo media docena. Y salvo Aduriz, que se incorporó en la segunda campaña y alcanzó su cénit bajo la batuta de Ernesto Valverde, puede afirmarse que los supervivientes de las finales de Bucarest y el Vicente Calderón dieron su mejor medida de siempre a las órdenes de Bielsa. Este y no otro fue el secreto del éxito: la habilidad demostrada por el argentino para que Susaeta, Iturraspe, De Marcos y Muniain, y en un plano inferior San José, brillasen como nunca. Esta constatación, extensible al resto de los hombres que formaban parte de aquel proyecto, da una idea de la cualificación del técnico.

Lo más sorprendente de la transformación gestionada por Bielsa fue que se apoyó sin dudarlo en varios jugadores que apenas habían contado para su antecesor. Herrera fue el único fichaje que tuvo cabida en el once tipo del rosarino, los demás eran herencia de Joaquín Caparrós, pero la selección y los retoques posicionales que Bielsa acometió en su enloquecida pizarra fueron decisivos. Mantuvo la mitad del equipo titular (Iraizoz, Iraola, Llorente, Javi Martínez y Muniain) y creó la otra mitad apostando por Amorebieta, Aurtenetxe y los citados Iturraspe, De Marcos y Susaeta. Un quinteto de suplentes o secundarios con un papel residual durante la campaña previa. De hecho, al acabar el curso 2010-11, quienes jugaban con asiduidad, como mínimo cuadruplicaron sus estadísticas de participación. De ahí que algunos de los citados llegasen a plantearse abandonar el club ante la eventualidad de que Caparrós hubiera continuado.

CURSILLO Y DESPEGUE Las elecciones descartaron al utrerano e irrumpió en Lezama la oronda figura de Bielsa. Necesitó un par de meses de competición para pulir defectos, inculcar sus teorías y ajustar las piezas, pero en octubre el proyecto despegó con una fuerza irrefrenable. En el marco de la sexta jornada, el Athletic visitó Anoeta con el gancho, solo dos puntos figuraban en su casillero, y firmó el primer triunfo. En adelante la máquina no dejó de repartir dividendos y alegrías. Ni que decir tiene que los supervivientes de la aventura liderada por Bielsa adquirieron un estatus envidiable que supieron mantener al año siguiente, aunque el balance se resintiese.

La aportación del actual capitán, Susaeta, un puñal para rasgar defensas, se sustancia en que tomó parte en los 64 partidos oficiales del primer año;Iturraspe, que estuvo a punto de ir al Mundial, se erigió en el eje que equilibraba con naturalidad un entramado que hacía gala de una osadía formidable;De Marcos maravilló con un despliegue indetectable para los rivales, sus desmarques e irrupciones solo morían con el pitido final;para regocijo de la grada, Muniain recuperó la gracia y el oportunismo de sus inicios, virtudes que había extraviado.

Los cuatro sobrepasaron los 4.500 minutos de competición, una barbaridad que, por ejemplo, en los casos de Iturraspe y De Marcos equivalía a multiplicar por ocho su registro con Caparrós. En el tránsito, San José, por entonces central marcador, mantuvo su presencia ejerciendo de primer recambio defensivo. La aportación de Aduriz en su estreno en la 2012-13 merece ser subrayada: hizo menos goles que en las campañas siguientes, pero con una traducción directa que rebasó la veintena de puntos.

Resulta imposible averiguar el contenido de los contactos entre Berizzo y Bielsa, pero solo cabe pensar que el análisis de los seis hombres que hoy permanecen en el plantel discurriría en un tono de reconocimiento y gratitud. Fueron básicos y se vaciaron para la causa. El mérito fue compartido. En pocos destinos habrá encontrado Bielsa jugadores con semejante disposición y ningún entrenador ha atinado tanto a la hora de dirigir a unos futbolistas que en pocas semanas empezarán a examinarse ante Berizzo.

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