El sacacorchos

La maldición de lo invisible

Jon Mujika

Por Jon Mujika - Martes, 5 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

DE vez en cuando se cierne sobre ellos y ellas una nube negra, como si fuese la novena plaga de Egipto, esa que se relataba de la siguiente manera: “Dios le dijo a Moisés que estirase sus manos al cielo, para que la oscuridad cayera sobre Egipto. Esta oscuridad era tan pesada que podía sentirse físicamente”. Sin caer en un mensaje apocalíptico como el de las sagradas escrituras, sí que parece posible hablar sobre la maldición de lo invisible, una suerte de oscuridad que encapota la luz de los cuidadores, una raza de hombres y mujeres que entregan su vida al cuidado de sus mayores, con tanta delicadeza como si podasen un bonsái o rociasen de agua un jardín de orquídeas.

El amor, el cariño y la entrega al prójimo es una fuerza motriz de la naturaleza humana. Ocurre que cuando lo aplicamos sobre la frágil y quebradiza salud de los mayores, es algo que, no sé bien por qué, menospreciamos con el matasellos de obligatorio estampado en la frente. Durante décadas se ha escuchado el ¿cómo va a cobrar quien cuida de su padre? ¿Acaso no es deber de hijo? Y el hijo obediente va consumiéndose como el sarmiento en la hoguera.

En el otro extremo de la vida encontramos a las personas mayores. ¿Dejaríamos a un niño atrás como si fuese un herido de guerra? En verdad existen más coincidencias con los niños de las que imaginamos. Y los polos opuestos siempre se atraen. Las personas mayores han pasado por todas las estaciones de la vida. Sin embargo, a medida que el tiempo desaparece de sus vidas van volviéndose más inocentes. Pero es una inocencia distinta. La de los niños es inconsciente, mientras que los mayores están despiertos y conscientes. Ellos ven. Ellos sienten cómo su descendientes les arrojan al cubo de los olvidos o cómo sus cargas y achaques dificultan el porvenir de sus herederos y aumentan su sufrimiento.

No sé en manos de quién está corregir ese desatino pero la estampa duele en el alma. Parece que cada persona dependiente -y no hablo solo de las personas mayores sino de aquellas que cayeron jóvenes en las garras de una enfermedad discapacitante, de los que tropezaron con un accidente o de aquellos otros que al nacer vieron sus primeras luces ya con dificultades...- arrastra consigo una bola de hierro atada a su tobillo con grilletes. ¿Es necesario que sea así? ¿De verdad que no hay otra salida?

En ello trabajan los hombres y mujeres de la Diputación Foral, en el desarrollo de un estatuto del trabajador que, más allá de sus aciertos y de sus errores, que de todo habrá, trae consigo algo que era tan necesario como el pan: justicia para unos y algo de paz interior para otros.

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