Tribuna abierta

La ONU y Palestina

Por Igor Barrenetxea Marañón - Martes, 5 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

LA decisión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU de investigar las muertes acaecidas en Gaza ha sublevado a los israelíes. Para su primer ministro, Benjamín Netanyahu, este organismo “ha demostrado una vez más ser un organismo hipócrita cuyo objetivo es dañar a Israel y respaldar al terrorismo”… Y la misma embajadora en la ONU, Aviva Raz Shechter, alegó que Israel “solo se defiende a sí mismo, como lo haría cualquier otro Estado”. Y como cualquier otro Estado debe cumplir el Derecho Internacional, aunque pocos estados en el mundo, salvo que se encuentren en una guerra abierta, pueden alegar que la autodefensa puede acarrear medio centenar de muertos y más de dos millares y medio de heridos. Y añadía que el responsable de todo esto era Hamás y que había utilizado a la población civil como escudos humanos, de ahí el alto número de bajas. Pero si es así, ¿qué miedo tiene el Estado hebreo de que se descubra la verdad? Si la Comisión desvela que todo es una campaña de Hamás, entonces, estaría confirmando sus tesis. Pero, ¿y si no es así?

Aunque Israel actúa como si todo lo que hace respondiera de forma taxativa a su derecho de defenderse de una agresión exterior, su situación como Estado es privilegiada frente a un pueblo palestino al que se le niega ese mismo derecho a existir. Para Israel está claro que las marchas por los setenta años de la Nakba es un desafío. Solo lo ven con sus propios ojos, cualquier acto de los palestinos es leído como un ataque a la identidad de Israel. Y tanta aguda y pervertida sensibilidad solo provoca un tipo de reacciones exageradas, etiquetando a todos los palestinos como terroristas o, bien, como muñecos que pían al son que toca Hamás.

Netanyahu da por hecho de que las marchas convocadas por los palestinos son actos terroristas. Pero no hemos escuchado que se haya provocado ni una sola baja por su parte, nada. Eso solo puede suponer o que las fuerzas de seguridad israelíes son muy hábiles, los terroristas palestinos muy torpes o, bien, que hay algo más detrás de todo esto. Si bien, el Consejo depende de la buena voluntad de los israelíes, por lo que tampoco se trata de ninguna caza de brujas, ni nada parecido. La comisión investigadora deberá tener acceso a Gaza, cuyos accesos están controlados por Israel y Egipto, y su misión, nada sencilla, por no decir imposible, es identificar a los autores de los “asesinatos deliberados”… El problema es si Tel Aviv lo permitirá y si esto servirá para algo más que inocuo y peregrino rapapolvo. La visión conservadora y cerrada israelí es muy llamativa. No parece que reconozca la imparcialidad de la ONU, sino que vive sujeto a sus propias normas, como si la única realidad válida fuera la que pretende establecer e imponernos a los demás, como si todo fuese una gran conspiración para desacreditarles (y eso que ya hemos visto que a los israelíes no se les deja de apreciar tras ganar Eurovisión recientemente). Así, un portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores hebreo consideraba insidiosamente que “el propósito del Consejo no es investigar la verdad, sino violar el derecho a la autodefensa de Israel y demonizar al Estado judío”, puesto que “Israel actúa legalmente en la protección de su soberanía y la prevención de un asalto en masa en la frontera para llevar a cabo ataques terroristas dirigidos por la organización terrorista Hamás”. Y, sin embargo, esa misma afirmación, el derecho de autodefensa, les otorga a los israelíes la carta de la impunidad. Porque lo que ellos no se plantean es que los que les atacan son unos sujetos que reclaman un lugar donde vivir y existir, el retorno de los palestinos exiliados y vivir en paz. Ni qué decir que tampoco vamos a considerar que los palestinos son todos unos santos. Hamás es una organización radical que no reconoce a Israel como Estado y cuyo afán es luchar y combatirlo hasta el fin de los tiempos. Pero no todos los palestinos son Hamás, y Hamás, precisamente, encuentra en este escenario de intransigencia, violencia exagerada, discriminación e inmovilismo, el caldo de cultivo perfecto para que parte de la población palestina se incline a su favor. Sin solución al conflicto no hay más que espiral de violencia. El hecho en sí no puede ya solo determinar la excusa que siempre utiliza Israel para negarse a abrir las puertas a una mesa de diálogo que disponga de una vez un trazo de fronteras, un reconocimiento del otro, aunque este se niega a hacerlo. Israel se escuda en su derecho a la autodefensa, pero sin haber actuado y respondido de acuerdo a la naturaleza de la amenaza.

No es esta la primera vez que Israel reacciona de esta forma tan furibunda ante la reacción internacional. Cuando se condenaron los asentamientos ilegales en Cisjordania también se expresó como si esto fuese una grave ofensa contra la dignidad del pueblo israelí. Pero los hechos, incluso aquí del todo comprobados y ciertos, tampoco son admitidos. Porque Israel se considera dueño y señor del territorio de Palestina, porque nadie le puede decir cómo debe actuar ni qué hacer. A pocos gobiernos les gusta que les tiren de las orejas, pero este no es un problema cualquiera, sino de extrema gravedad. Hay muertos y miles de civiles heridos encima de la mesa, y eso es un hecho trágico. La fría actitud de Israel al respecto nos clarifica que su postura es deshumanizada. Ya no se trata tan solo de justificar la defensa por encima de todo, sino de no querer poner rostro a las víctimas, meterlas en un mismo saco y cosificarlas. Aunque fueran víctimas por haber sido utilizadas como escudos humanos por Hamás, ¿no merecen una investigación? Para demostrar el crimen de Hamás, si lo hubo, o el exceso de fuerza israelí, como parece ser lo más probable. Israel vive sumergida en su propia idiosincrasia, como si estuviera solo y fuera un país incomprendido, como si nadie más (salvo Estados Unidos y Australia) pudiera entender la cruda semblanza de su realidad y ese énfasis persecutorio se denomina paranoia.