Son hombres, de 45 a 54 años

Enfermo mental y sin apoyos familiares

Un sin techo lee un libro envuelto en mantas bajo el edificio puente del Colegio de Ingeniería en la zona de San Mamés. (Borja Guerrero)

Un estudio analiza por primera vez a las personas en situación de exclusión social

Aitziber Atxutegi - Viernes, 8 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

Bilbao - En la mayoría de los casos, sufren trastornos mentales y carecen de vínculos afectivos;son hombres, de entre 45 y 54 años, y, sorprendentemente, menos de la mitad vive en la calle y muchos de ellos, hasta un tercio, cuentan con estudios superiores. Es el perfil de la exclusión social en Bizkaia, según los datos que acaba de hacer público un informe de la Diputación sobre las personas en esta situación que atienden sus servicios sociales. “Si somos capaces de hacernos las preguntas correctas, podremos avanzar hacia un sistema de inclusión de vanguardia que, tal y como pretendemos, tenga a la persona en el centro”, valoró la diputada de Empleo, Inclusión Social e Igualdad, Teresa Laespada, durante la presentación del informe.

Se trata del primer estudio que se realiza en la CAV sobre el perfil y las necesidades de las personas en riesgo y en situación de exclusión atendidas por la Diputación, con el objetivo de conocer sus características y los apoyos prioritarios que precisan para dar respuesta a su situación. “Se trata de un documento muy novedoso, porque no abundan precisamente los informes sobre necesidades sociales en exclusión”, admitió la responsable foral durante la jornada técnica de debate y reflexión Gizartegune, celebrada ayer. “Nos permite, con datos, ir más allá de las intuiciones que ya poseíamos sobre algunas áreas de mejora”. Para la autora del informe, Izaskun Ormaetxea, las conclusiones del mismo apuntan a un modelo asistencial más cercano al entorno comunitario de las personas y a una atención continuada en algunos caso. “Este estudio nos pone de manifiesto que hay personas que si no se mantienen asistidas, bien en un contexto residencial, bien en un contexto comunitario, van a volver a estar en situación de exclusión social”, resumió.

El estudio, elaborado sobre las 181 personas valoradas por la Diputación en sus servicios de exclusión durante un año, arroja un perfil claro: las personas en situación de exclusión son mayoritariamente hombres (tres de cada cuatro), con una edad media de entre 45 y 54 años, y de nacionalidad española. Sin embargo, y aunque la población extranjera representa alrededor de un 10%, entre este colectivo ese porcentaje se dispara hasta el 24%. La mayoría de ellos presentan una situación de exclusión moderada, ya que “han recibido previamente atención de servicios de base y de entidades del tercer sector, lo que atenúa su situación y le hace tener un poco de autoestima para mejorar la motivación al cambio o, al menos, para estar en disposición de aceptar una atención”, explicó Ormaetxea.

Frente a lo que pudiera parecer, no todas ellas viven en la calle;de hecho, los que carecen de alojamiento no llegan ni a la mitad, bien sea una vivienda propia, un piso compartido o una residencia institucional. “Esto ya nos da algunas pistas de cara a la intervención: hay demanda potencial de atención en el medio comunitario, y además en todo el territorio”, incidió Ormaetxea. De hecho, las nuevas corrientes apuestan por atender a estas personas en su propio entorno, en la medida que sea posible, sin ingresarle en un centro que lo aleje y aísle aún más de su ámbito más cercano.

El análisis de su situación laboral pone de manifiesto dos realidades: la primera, que solo una de las 181 personas analizadas está trabajando -aunque hay seis estudiando- y, la segunda, que hasta 43 son pensionistas, por incapacidad o por jubilación. Otras 11 no han trabajado nunca y 66 no están en disposición de asumir un empleo. “Parte de estas personas son las que están sufriendo, hoy por hoy, los cambios en el sistema de garantía de ingresos, porque son personas que no están en condiciones de trabajar, fundamentalmente por motivos de salud, pero no tienen un reconocimiento administrativo de su incapacidad y la prestación económica que le va a proveer de medios de subsistencia”, valoró la autora del informe.

Con estudios superiores El análisis de su nivel de estudios revela también datos sorprendentes: un tercio de ellos tienen estudios secundarios, profesionales o superiores. En relación a este ámbito, Izaskun Ormaetxea destacó que “lo que podía parecer uno de los rasgos clásicos de la exclusión como fenómeno social, cuando aterrizamos y observamos cada caso a nivel individual, vemos que es un elemento que tiene que ponerse en valor, sobre todo de cara a la atención centrada en la persona”. Otro 51% de personas en situación de exclusión tiene estudios primarios y únicamente un 15% son analfabetas.

La exclusión social vuelve a revelarse como un fenómeno multifactorial. Es decir, en la mayoría de los casos, no solo tienen dificultades económicas, sino que en ellos se acumulan también problemáticas de vivienda, de salud o de recursos personales. “Tienen mermada la autonomía en tres o más ámbitos vitales”, explicó Ormaetxea.

En la situación personal de estas persona, además, se unen otros factores de dependencia o desprotección. “Hay personas que tienen una posible discapacidad o enfermedad mental y no está diagnosticada, en muchos de los casos simplemente porque rehúsan de hacerlo al no tener los apoyos necesarios o por la ausencia de proactividad del sistema”, advierte la autora del informe. En el caso de las enfermedades mentales, la realidad es contundente: un 70% de este colectivo tiene diagnosticado un trastorno o patología mental. Y, sin embargo, solo un tercio de ellas están atendidos por el sistema sanitario al considerarse graves o prolongados. “La atención a las personas con enfermedad mental es una llaga de injusticia social. Los trastornos de personalidad, solos o combinados con trastornos por consumo, son los que están afectando a una buena parte de esta población y no tienen respuestas en el sistema sanitario”.

El aislamiento social es otra de sus características. La mayoría solo se comunica con personas en una situación similar a la suya. Y eso que muchos de ellos tienen familiares, aunque no suponen una red de apoyo para ellos, bien porque los rechazan o están desvinculados. “Se puede desarrollar una vía de trabajo como intermediación para recuperar esas relaciones”, apostó Ormaetxea.

Secciones