Aner Gondra

Con licencia para ganar

Bobby Charlton, tras sobrevivir al accidente aéreo en el que fallecieron nueve compañeros del Manchester United, lideró a la selección inglesa que conquistó el Mundial de 1966 ante su afición y con mucha polémica

Aner Gondra - Lunes, 11 de Junio de 2018 - Actualizado a las 19:09h.

Cuando Su Majestad la Reina Isabel II entregó a Bobby Moore la Copa Jules Rimet provocando el orgasmo colectivo de Wembley, se completaba una compleja trama digna del MI5, el prestigioso servicio de inteligencia británico. Treinta y seis años después de que echara a andar el primer Mundial, los inventores del fútbol consiguieron que la mayor fiesta del deporte que crearon se organizara en el suelo que le vio nacer. Pero eso no era suficiente: había que ser campeones. Y no se escatimó en nada que hiciese falta para conseguirlo.La primera triquiñuela tuvo lugar en el sorteo de los grupos. Los delegados de Argentina, Uruguay, España y la URSS no daban crédito cuando aparecieron en el lugar y hora acordados para tal efecto y se encontraron con todo el pescado vendido. Comprobaron atónitos cómo el sorteo ya se había realizado con el aval del presiente de la FIFA, el inglés Stanley Rous, el delegado alemán y el representante del fútbol africano. Curiosamente, mientras que en el Mundial no participaba ningún país de África, Inglaterra y Alemania habían quedado encuadradas en grupos asequibles, mientras que al gran favorito, el Brasil de Pelé, le tocaron rivales más complicados.Al margen de actuaciones arbitrales que favorecieron durante el torneo a los anfitriones y a sus socios alemanes, la organización se tomó licencias de todo tipo durante el campeonato. Inglaterra se cruzó con la sorprendente Portugal de Eusebio en semifinales. El partido debía disputarse en Liverpool, donde estaba instalado el conjunto luso, pero, incomprensiblemente, el partido se trasladó a Wembley, donde Inglaterra había jugado todos sus partidos. Los locales vencieron el partido por 2-1.En la final se citaron Inglaterra y Alemania. Los germanos terminarían sufriendo en sus carnes las diabluras arbitrales. La final terminó con empate a un gol. En la prórroga los dos equipos volvieron a marcar, pero en el minuto 101 de partido saltó la polémica. Un disparo de Hurst pegó en el larguero y votó sobre la línea. El árbitro no lo dudó y dio gol para los ingleses. A Hurst todavía le daría tiempo a completar el único hat-trick que se ha anotado en una final de un Mundial para sellar el 4-2 definitivo. Aquel título fue el capítulo más glorioso en la carrera de Bobby Charlton. El jugador del Manchester United ascendió a la categoría de ídolo en su tercera participación en un Mundial, aunque todavía participaría en un cuarto, el de 1970 en México. El aprendiz de ingeniero que fichó por el United cuando tenía 17 años y que había sobrevivido al accidente de avión que el 6 de febrero de 1958 acabó con la vida de nueve de sus compañeros de equipo, había mutado su juego como interior derecho o extremo izquierdo hasta alcanzar la excelencia como delantero centro atrasado. Ya lo decía Matt Busby, su entrenador en Manchester: “Nunca ha existido un futbolista tan popular. Nadie se ha acercado tanto a la perfección como persona y como jugador”. El Mundial fue la guinda a una trayectoria en la que conquistó, con el United, la primera Copa de Europa para un club inglés, tres títulos de Liga y una Copa de Inglaterra. Con la camiseta de la selección dejó unos números envidiables: 49 goles en 106 partidos. Solo Wayne Rooney ha marcado más goles para la selección de Inglaterra, 53.Aquel Mundial no solo elevó a los altares a Bobby Charlton, que en 1994 sería nombrado Sir. También fue el Mundial que convirtió en leyenda a Pickles. En los meses anteriores al torneo la Copa Jules Rimet fue exhibida en el Central Hall de Westminster, pero fue robada para vergüenza del imperio británico. Se llegó a ofrecer una recompensa de miles de libras para quien lo recuperara e incluso se movilizó a Scotland Yard. Pero tuvo que ser Pickles, un perro, el que encontró el trofeo envuelto en periódicos cuando daba un paseo por un parque de la periferia de Londres. El can se convirtió en un héroe nacional y fue premiado con comida gratis de por vida. Ese lujo solo lo pudo saborear un año, puesto que el intrépido Pickles falleció en 1967 ahorcado con su propia correa al perseguir un gato. Siempre se van los mejores.