el nacimiento de la competición

El largo viaje del ‘Conde Verde’

El francés Jules Rimet fue el precursor de la Copa del Mundo, una competición cuya primera edición organizó Uruguay en 1930 y a la que, a pesar del boicot de la mayoría de las federaciones europeas, cinco selecciones llegaron a bordo de un transatlántico, en cuya cubierta convivieron y entrenaron durante quince días

Aner Gondra - Lunes, 11 de Junio de 2018 - Actualizado a las 18:20h.

Para Jules Rimet la diplomacia era un juego de niños. En los albores de la FIFA, a principios del Siglo XX, a Robert Guérin se le ocurrió que sería una buena idea organizar un torneo de fútbol en el que participaran las mejores selecciones nacionales del planeta. La empresa era una fantasía, un imposible con los medios de la época, pero a Rimet le gustaban los retos. Era cuestión de desempolvar sus dotes de negociador y convencer a mil y una federaciones. En 1920 comenzó a sembrar la idea a ambos lados del Atlántico y en 1929, por fin, consiguió que, en un congreso celebrado en Barcelona, se definieran los términos de la primera Copa del Mundo.La elección de la sede no fue nada sencilla. Italia, Hungría, Holanda, España, Suecia y Uruguay se postularon para ser el país anfitrión del evento. Eran conocidas las buenas avenencias y relaciones de Jules Rimet con las federaciones sudamericanas, así que los europeos decidieron dejar vigente únicamente la propuesta de Italia para hacer frente común ante la candidatura uruguaya. Rimet se sacó un as de la manga y propuso a las candidaturas que expusiesen los éxitos futbolísticos de los candidatos como argumentos para ser merecedores del Mundial. Italia tuvo que claudicar ante los dos oros cosechados por Uruguay en los Juegos Olímpicos de París y Amsterdam en 1924 y 1928. Así pues, el primer Mundial se jugaría en Uruguay, coincidiendo además con el centenario de la independencia de dicho país.La decisión no gustó nada en el viejo continente y todas las federaciones se apresuraron a anunciar que no participarían en el invento. Unos alegaron las dificultades del viaje, otros que suponía un desembolso económico inasumible, hubo quien apeló a las consecuencias del crack de la bolsa neoyorquina e incluso Rimet tuvo que escuchar de algunas delegaciones, simplemente, que a Uruguay iba a ir a jugar su prima. Por contra, Uruguay se ofreció a pagar el viaje y la estancia de las selecciones europeas, pero nadie se bajó del burro.Una vez más, Jules Rimet sacó a relucir sus dotes diplomáticas e incluso removió sangre azul para llevarse algún equipo al Mundial. Fue el caso, por ejemplo, de Rumanía. Rimet convenció al rey Carol II de dicho país para que intercediese y movilizase un combinado de futbolistas para viajar hasta Uruguay. El monarca convenció a una petrolera inglesa instalada en Rumanía para que dejase viajar a varios de sus empleados, muchos de ellos escoceses. La convocatoria la hizo el propio Carol II, que sabía de fútbol lo mismo que de física cuántica.La selección rumana embarcó en el transatlántico Conde Verde en el puerto de Génova. En Villafranche-Sur-Mer subió a bordo la selección francesa, poco menos que bajo las amenazas de muerte lanzadas por Rimet. El último combinado en embarcar fue Bélgica, que lo hizo en el puerto de Barcelona. En el Conde Verde, concretamente en el baúl de Jules Rimet, viajaba un pequeño polizón: el trofeo que se entregaría al campeón del Mundial. Se trataba de una copa octogonal, bautizada como Victoria, encargada y pagada por Rimet al orfebre Abel Lafleur y que representaba a la diosa Niké. Sobre una base de lapislázuli, estaba hecha de plata esterlina y bañada en oro.Tras hacer escalas en Lisboa, Madeira y Canarias, el Conde Verde llegó a Río de Janeiro tras once días de viaje en los que los equipos entrenaron en la cubierta. Según las crónicas de la época, los jugadores presumían de que en todo el viaje solo habían tirado un balón al mar. En el puerto de Río de Janeiro embarcó la selección de Brasil y después, en Buenos Aires, la de Argentina. Así pues, cinco selecciones atracaron juntas en Montevideo, la ciudad en la que se disputarían todos los partidos del Mundial. Allí ya aguardaba la selección de Yugoslavia, que había viajado en un barco de correos, o las de Estados Unidos y México, que también habían compartido embarcación.Estaba previsto que todos los encuentros se disputasen en el recién construido Estadio Centenario, pero una inundación provocó que la organización pusiese en marcha otros dos campos de fútbol, también en la misma ciudad. El mundial se jugó así en un triángulo con los estadios Centenario, Central Park y Pocitos como vértices. En este último campo, que hoy en día ya no existe y en el que entonces jugaba Peñarol, se marcó el primer gol de la historia de los Mundiales. El honor se lo llevó el francés Lucien Laurent en la victoria de los galos sobre México.Tantos días enjaulados en el Conde Verde debieron pasar factura a los equipos europeos, puesto que ninguno de ellos consiguió colarse en la final de la competición. En ella se citaron dos países sudamericanos: Argentina y la anfitriona Uruguay. Los responsables de los dos equipos mantuvieron una importante discusión en las horas previas del gran partido. El origen de la disputa: el balón.En aquellos tiempos el Mundial no tenía un balón oficial como ocurre hoy en día. Cada equipo llevaba sus balones y todos querían jugar los partidos con sus propios esféricos. La final no fue una excepción. Tal fue el follón entre argentinos y uruguayos, que los organizadores optaron por una solución salomónica: cada tiempo se jugó con un balón.La final levantó gran expectación. Miles de aficionados de la albiceleste se desplazaron desde Argentina para presenciar el encuentro, pero, aún así, la hinchada de Uruguay era ampliamente superior. En el Estadio Centenario no cabía un alfiler y el griterío impactaba a los presentes. El árbitro del partido, John Langelus, se dio cuenta de que aquello pasaba de castaño oscuro y advirtió a las autoridades de que él no daba el pitido inicial hasta que se garantizara su seguridad y la de sus asistentes. El partido arrancó, por fin, entre fuertes medidas de seguridad.Uruguay fue el primero en marcar gol, pero Argentina supo reaccionar y para el descanso ya ganaba 1-2. Durante unos minutos parecía que Argentina iba a cobrarse la revancha de la final olímpica de Amsterdam de dos años atrás, en la que Uruguay se impuso a la albiceleste en el partido de desempate. Pero el equipo anfitrión reaccionó y terminó imponiéndose por 4-2. Jules Rimet fue quien entregó el trofeo de campeón al capitán de Uruguay, Nasazzi. Aunque el desenlace de la Copa del Mundo no tuvo mucha repercusión en Europa, donde seguían empeñados en no dar valor a ese nuevo torneo que se había hecho sin el beneplácito de las principales potencias, lo cierto es que Jules Rimet consiguió que la iniciativa no muriese en Uruguay. El sueño del presidente francés de la FIFA siguió escenificándose cada cuatro años. Primero en la Italia de Mussolini, después en Francia... Con otro formato, con otro trofeo, con un disfraz de negocio al que ya temía Rimet en los años sesenta, pero sigue siendo la misma Copa del Mundo la que este año se escenifica en Rusia. DEIA repasa en estas páginas los perfiles de quince futbolistas que dejaron su impronta en los 88 años del viaje que inició el Conde Verde.