Alcides Ghiggia

El verdugo de Barbosa

Ghiggia celebra el gol contra Brasil en el 'Maracanazo'de 1950 (EFE)

El delantero uruguayo Alcides Ghiggia silenció Maracaná al arrebatar a Brasil la final del Mundial de 1950 con un gol que condenó al guardameta del equipo brasileño a una vida de marginación social

Aner Gondra - Lunes, 11 de Junio de 2018 - Actualizado a las 18:48h.

La vida no es más que una maraña de caminos que juegan a enredarse y cruzarse, muchas veces de la forma más insospechada. Las estelas de Alcides Edgardo Ghiggia y de Barbosa coincidieron en el tiempo, el 16 de julio de 1950, y en el espacio, en Maracaná, el campo de fútbol más grande construido hasta aquel entonces. En aquel cruce de caminos Ghiggia y Barbosa se repartieron la cara y la cruz de una moneda que marcaría sus existencias. Uno volvió a casa con el trofeo de campeón del mundo y el otro señalado por la vergüenza.Aquel Mundial estaba diseñado para que lo ganara Brasil, el país anfitrión. Los locales, por ejemplo, habían preparado las sedes lo más distantes posibles para que sus rivales tuvieran que afrontar varios desplazamientos maratonianos, mientras que Brasil, si superaba la primera fase, solo tenía que viajar en una ocasión durante todo el torneo. Detalles como ese hacían que en todo el país flotara la certeza de que, por fin, iban a celebrar su primer título. Y era algo que no ocultaban ni los brasileños de a pie, ni los periodistas, ni los políticos. Tal vez por eso, cuando a Brasil solo le quedaba empatar con Uruguay en el último partido de la fase final para materializar lo que todos estaban convencidos de que iba a suceder, en el vestuario brasileño se repartieron relojes de oro con la inscripción campeones do mondo.Doscientas mil personas abarrotaron las gradas de Maracaná para ver aquel partido decisivo. El jolgorio fue absoluto, sobre todo cuando Friaça adelantó a Brasil con un gol a los pocos minutos de comenzar el segundo tiempo. En aquel instante un uruguayo comenzó la remontada, dio el primer paso para la mayor gesta de la historia de los Mundiales. Varela, capitán de Uruguay, recogió el balón en su portería y dedicó medio minuto a protestar al linier por un supuesto fuera de juego. Los 200.000 brasileños que tenía en cien metros a la redonda, incluidos los once que ese día vestían la camiseta blanca de Brasil, dejaron de festejar el gol para preocuparse por aquella polémica que solo existía en la cabeza de Varela. El capitán charrúa, cuando fue a sacar en el centro del campo, les dijo a sus compañeros: “Estos no nos pueden ganar nunca”. Sus palabras fueron premonitorias: Uruguay nunca jamás perdió un partido en un Mundial con Varela sobre el césped.Uruguay empató con un gol de Schiaffino y Ghiggia anotó el 1-2 en el minuto 79. Aquella fue la estocada a Barbosa, que erró al no poder atajar un disparo que se coló por el palo corto cuando él esperaba un centro. Todo Maracaná se paralizó. Todo Brasil entró en depresión.Ghiggia le dio a Uruguay su segundo Mundial. Pasó a ser un ser supremo para sus compatriotas, sobre todo cuando con el paso de las décadas demostró una gran humildad y calidez humana. Su única pizca de arrogancia quedó en una frase que pasó a la historia: “Solo el Papa, Sinatra y yo hemos callado a Maracaná”.El destino quiso que Ghiggia, que incluso defendió la camiseta de Italia, fuese el último en fallecer de aquella Uruguay del Maracanazo. Murió mientras hablaba de fútbol con su hijo, precisamente, un 16 de julio, exactamente 65 años después de marcar el gol que condenó a Barbosa a malvivir repudiado por sus compatriotas. El fútbol es cruel. Brasil homenajeó a Ghiggia en 2009 al inmortalizarlo en la calzada de la fama de Maracaná y, sin embargo, nunca llegó a perdonar a Barbosa aquel gol que dejó sin voz a todo el país. Brasil no volvió a jugar de blanco nunca más.

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