Beckenbauer

Un káiser para gobernarlos a todos

Beckenbauer disputa un balón con Johan Cruyff, la estrella de la selección holandesa (DEIA)

Beckenbauer fue evolucionando su estilo de juego hasta redefinir lo que debía ser el defensa central perfecto. El techo de su carrera llegó en 1974, cuando capitaneó a Alemania en una edición que ganó ante su propio público

Aner Gondra - Lunes, 11 de Junio de 2018 - Actualizado a las 19:17h.

El talento, simplemente, brota. No necesita mimos ni una burbuja en la que crecer. El talento siempre se abre camino. Solo así se explica que en 1945, de entre los escombros de la II Guerra Mundial, naciese un diamante en bruto como Franz Beckenbauer. Con solo 20 años ya era una pieza fundamental de la Alemania Federal subcampeona del mundo en 1966.En Inglaterra Beckenbauer se dio a conocer al mundo. Marcó cuatro goles y fue nombrado mejor jugador joven del torneo. Incluso fue incluido en el once ideal del Mundial. Pero fue poco después, en el Bayern de Munich, donde su entrenador Branko Zebec encontró la posición perfecta para maximizar sus cualidades: de líbero.Su visión de juego privilegiada le permitía ser implacable en la anticipación y, sobre todo, sacar el balón jugado con una clase nunca antes vista en líneas tan retrasadas del campo. Su gesto solemne, siempre con la cabeza alzada, le hizo merecedor del sobrenombre con el que pasó a la historia: el Káiser.En México disputó su segundo Mundial. Volvió a rendir a un gran nivel, pero esta vez el techo lo encontró en las semifinales, donde la Alemania Federal sucumbió ante Italia. A pesar de la derrota, de aquel encuentro siempre se recordará la imagen de Beckenbauer con el brazo en cabestrillo. Una fea entrada de Facchetti provocó que se dislocara el hombro, pero el defensa alemán se negó a abandonar el terreno de juego y siguió jugando con un brazo inmovilizado. En 1974 Beckenbauer tuvo el honor de ser el capitán de la Mannchaft en una edición en la que llegaban como grandes favoritos tras vencer en la Eurocopa de 1972: tenían la oportunidad de ser campeones en Múnich. Pero el campeonato no empezó todo lo bien que querían los alemanes. O al menos, la mitad de los alemanes. El destino quiso que en el primer partido se enfrentaran las dos Alemanias, la Federal y la Oriental. Contra todo pronóstico se impuso la Alemania comunista con un solitario gol de Sparwasser.Tras el partido, Beckenbauer solicitó al seleccionador, Helmut Schön, que realizase unos cambios en el equipo. El técnico cedió y Alemania caminó a partir de ahí con rumbo fijo a la final, donde esperaba la Holanda de Cruyff. A pesar de empezar perdiendo, Alemania supo dar la vuelta al marcador e imponerse 2-1. Beckenbauer cumplía su sueño de levantar el trofeo de campeones del mundo. Había disputado íntegros los siete partidos del campeonato.Durante su carrera, Franz Beckenbauer jugó con el Bayern de Munich, el Cosmos de Nueva York y el Hamburgo. Con todos ellos ganó un total de ocho ligas, una Recopa de Europa, una Copa Intercontinental y, sobre todo, tres Copas de Europa. Tras su retirada decidió probar suerte en los banquillos y su apuesta funcionó a las mil maravillas.Solo un año después de colgar las botas debutó como seleccionador de la República Federal Alemana. En el Mundial de 1986 consiguió alcanzar la final, pero aquel era el Mundial de Maradona. Dos años después no podría pasar de las semifinales de la Eurocopa, pero Beckenbauer volvió a beber champán en el Olimpo al ganar el Mundial de 1990 en Italia, cobrándose su venganza ante la albiceleste del Pelusa. Ese día Franz se convirtió, junto al brasileño Mario Zagallo, en el único hombre capaz de ganar un Mundial como jugador y otro como entrenador. Un privilegio del Káiser.

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