Los lunes de resaca

Rafa Nadal, los elogios y las envidias

Por Julián Goikotxeta - Lunes, 11 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

RAFA Nadal ganó ayer Roland Garros por undécima vez en su carrera y se acaban los epítetos. Las redes sociales arden en elogios hacia el tenista menorquín, que derrotó con claridad a Dominic Thiem, este austriaco de 24 años que está llamado a heredar su reinado sobre las pistas de tierra batida, pero no ahora. Allá, en el palco, se estrenaba en la faceta del lisonjeo y representación Màxim Huerta, el nuevo ministro de Cultura y Deportes (un ministro de la cosa a quien no le gusta la práctica deportiva y encima alardea, mandando toda pedagogía a tomar viento).

Estaba Màxim pero no estaba él, Juan Carlos I el Vividor, esa bizarra criatura que a sus 80 años no se pierde un sarao, y menos en París. El desconcierto, y el temor a una causa demoledora (acaso la enfermedad), me llevó al denuedo, y buscándole le encontré radiante junto a la niña, la Infanta Elena, en un asunto de la mar, apoyando moralmente a la tripulación del Mapfre antes de afrontar la penúltima etapa de la Volvo Ocean Race.

Casualidades de la vida, el pasado 1 de junio Canal + Francia anunciaba la retirada de la parrilla televisiva de sus famosos Guiñoles, criaturas satíricas que fueron implacables en el escarnio hacia Rafa Nadal. A su clase y voluntad enormes, el tenista isleño añade un físico portentoso, la excusa perfecta para justificar la ofensa y la burla fácil: está así de cachas por la pócima mágica, la insinuación grosera del dopaje. Resulta que su dominio sobre el torneo es sistemático y abrumador. Resulta también que la última vez que un tenista francés ganó su preciado Roland Garros ocurrió el 5 de junio de 1983, cuando Yannick Noah se impuso a Mats Wilander.

Probablemente la frustración propia y la abundancia de Nadal han amamantado a los guionistas de estos guiñoles irreverentes, caracterizando al tenista balear con enormes jeringuillas y otras incontinencias. Nadal sí se plantó cuando Roselyne Bachelot, exministra de Deportes francesa, le acusó directamente de dopaje en un programa de televisión hace poco más de dos años. El pasado mes de noviembre, Bachelot era condenada por la Justicia gala por un delito de difamación.

Ayer, sin embargo, en la pista Philippe Chatrier el respeto y el reconocimiento de los aficionados hacia la figura de Nadal fueron prácticamente unánimes. No queda otra que admirar todos los matices que propone un personaje extraordinario. Diecisiete Grand Slam, y entre ellos, once Roland Garros.

Entre los numerosos vips que se arremolinaban en el graderío, Zinedine Zidane concitó especial cariño: genio del balón en su época moza, capaz de llevar al Real Madrid a la conquista de tres Champions consecutivas y, joder, además es un francés.

Zidane está de solaz desde que montó la mundial dejando la Casa Blanca dando un portazo. A su obstinación le debemos que Arrizabalaga no se hubiera marchado al Real Madrid en enero a cambio de 20 millones de euros, una fruslería para los tiempos que corren.

Kepa está en Rusia para vivir la experiencia de su primer Mundial, probablemente a la sombra de David de Gea, el portero titular para Julen Lopetegui. Ya veremos.

Intuyo (estoy convencido) que en la gran cita futbolística no habrá sucedidos desagradables, y todo transcurrirá con armonía para más gloria y satisfacción de Vladimir Putin. A esas hordas de ultras rusos que dejaron su violento rastro en la pasada Eurocopa creo que les han leído la cartilla convenientemente. No se trata de copiar el plan del zar Putin (con el frío que hace en Siberia) sino de tomar buena nota del asunto, afrontando el fenómeno de la violencia que toma al fútbol como excusa con tolerancia cero.

Por eso cuando la directiva del Athletic reacciona con cierta dosis de asombro por la multa de la UEFA por los desmanes ocurridos con la visita del Spartak de Moscú habría que advertirles a sus dirigentes que antes de ponerse así de dignos recuerden que sistemáticamente ocurren incidentes en Bilbao en partidos europeos. Y que son incapaces de expulsar de su seno a quienes los provocan.