Tribuna abierta

Dos tipos distintos

Patxi Agirre Arrizabalaga - Martes, 12 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

EL 18 de febrero de 1968, en el que sería su último año de vida, el insigne escritor y euskaltzale getxotarra don Vicente Amezaga escribió una carta a su gran amigo Manuel Irujo Ollo. En ella, expresaba su distanciamiento de fervores republicanos o monárquicos que no le producían “ni frío ni calor” y manifestaba su escasa preocupación por las formas políticas: “El país donde me he sentido mejor es, entre todos los que me ha tocado vivir, una monarquía: Inglaterra. Y la monarquía de Navarra, agrupando en su seno a todos los demás exestaditos vascos [sic], siempre me ha parecido que hubiera sido lo ideal para nuestra subsistencia. Esa monarquía, dueña de la marina que pusimos al servicio de la de Castilla, hubiera hecho de nosotros un Estado de la categoría, por lo menos, de Holanda o de Portugal”.

Amezaga, en línea con el pensamiento histórico accidentalista del abertzalismo en relación con las posibilidades de plasmación efectiva del hecho nacional vasco, exponía que la clave residía en “ver quién da más, pesando bien todas las garantías que puedan ofrecernos, si es que pueden ofrecernos alguna”.

En su misiva de respuesta, Manuel Irujo reconocía la diferencia de criterio con su compañero de ideología y lucha: “Tú estás a ver quién da más;yo, además de vasco, soy demócrata, republicano, cristiano y hombre de derecho. Es preferible que no tracemos más de lo que nos une, dejándote a ti haciendo de judío mientras yo hago de quijote”.

Irujo decía no querer discutir, “cada cual a su lugar”, aseveraba;pero, sin embargo, no dejó pasar la oportunidad de explicar a su querido Vicente que “para mí no serán jamás lo mismo Fernando El Católico, Godoy, Espartero y Areilza, que Azaña, que tuvo la gallardía de afirmar desde la Presidencia del Gobierno, que la guerra carlista que terminó con la ley abolitoria fue una guerra de asimilación, cuya finalidad era la de terminar con los regímenes vascos de libertad, lo que obligó a los vascos a ser carlistas, y lo que obliga a la República a abrir cauces de libertad a los pueblos peninsulares para que, libremente, puedan seguir haciendo su historia”.

Esta reseña histórica puede servir para enmarcar el contexto en el que el nacionalismo vasco se ha tenido que mover, situado en el vértice mismo de la tormenta, en estos vertiginosos días que han sacudido la política española.

En los días previos a la tramitación final en el Congreso de los Presupuestos Generales del Estado 2018, parecía existir un criterio general entre los analistas políticos del Foro, en que el Partido Nacionalista Vasco iba a primar las cuestiones económicas, eso que venimos en llamar “las cosas de comer”, sobre otra serie de reclamaciones de corte más político o doctrinal.

Si bien la aprobación presupuestaria con los cinco votos del PNV sin haberse levantado la aplicación del artículo 155 generó un legítimo sentimiento de rechazo entre su militancia y buena parte de la sociedad vasca, el desarrollo cuasi inminente de los acontecimientos (formación del nuevo Govern) y la constatación de las gestiones nacionalistas vascas en la conformación de ese nuevo ejecutivo catalán, “restauraron” la credibilidad de la formación que dirige Andoni Ortuzar. Hace poco me recordaba uno de mis contertulios habituales de café, que la diferencia entre una organización mercantilista y otra política estribaba en los principios, en la ideología. Como decía el portavoz Aitor Esteban, “el PNV ha cumplido su palabra” (aunque un poco tarde).

La elección sorpresiva de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno del Reino de España, con el apoyo de abertzales vascos y catalanes, ha situado nuevamente al nacionalismo vasco en el recurrente debate entre accidentalismo y/o decantación hacia fórmulas políticas concretas;entre el “quien da más” como único argumento y/o las afinidades programáticas y la trayectoria histórica.

El jaque mate contra el involucionista Rajoy no parece ofrecer a priori más seguridad al abertzalismo que la del respeto socialista, por estabilidad económica, a los presupuestos aprobados. El sí del PNV al socialismo español no deja de ser una operación de riesgo.

El peso de la historia, con la aprobación del primer Estatuto vasco de la mano de Indalecio Prieto y José Antonio Agirre, y la propia realidad vasca, con un acuerdo estable en todas las instituciones con el PSE, pueden favorecer que la balanza se incline hacia el optimismo.

Los vaivenes políticos de Pedro Sánchez estos dos últimos años, basculando entre la necesidad de unas encuestas electorales a la baja y la presión de los barones, oscilando entre el reconocimiento de España como nación de naciones y la mano dura contra Catalunya y la amenaza del refuerzo del artículo 155, pueden invitar a su vez al pesimismo.

Y junto a estas cuestiones, existen otras de vital importancia para un partido demócrata social y humanista como el PNV. La primera, la Ley de Reforma Laboral de 2012 que ha generado una brutal devaluación salarial, abriendo un escenario en el que la juventud mejor preparada de la historia de Euskadi, no llega, en miles y miles de casos, ni siquiera a mileurista;un escenario donde cada vez menos personas ganan más en detrimento de una gran mayoría que cada vez recibe menos de la riqueza total generada. Y la segunda, la denominada ley Mordaza, que supone un atentado sin precedentes contra la libertad de expresión y el derecho de las personas a la libre crítica de sus gobernantes.

El PNV ha optado. Frente a la certeza de la más descarnada de las involuciones democráticas, ha optado por la incertidumbre que puede albergar esperanza en materias como el incumplido autogobierno vasco y la justicia social. Ha dejado de hacer el judío para apostar por un planteamiento de perfil más quijotesco. Y sobre todo, creo que ha escuchado el sentir de la sociedad vasca que gritaba no tan en silencio a favor del desalojo del PP. A mi juicio, una decisión acertada. Yo, como Irujo, tampoco coloco en el mismo plano a Areilza y a Azaña.

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