El ala oeste

#The unescape room

Por Estíbaliz. Ruiz de Azua - Miércoles, 13 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

TIENE el tamaño de un balón de fútbol aunque, intuyo, no es un balón de fútbol. “¿Qué es?”, pregunto. “No lo sé -me contestan-, tú sabrás, viene a tu nombre”. Sopeso las posibilidades con una cierta emoción antes de abrir el paquete que, sí, viene a mi nombre, pero, no, no acierto a adivinar qué puede ser. No he pedido nada ni espero nada. No suelen llegarme muchos envíos y no hay un remitente que pueda darme pistas sobre su contenido. Decido hacer lo que se hace en estos casos: romper el envoltorio sin muchas contemplaciones y comprobar que ante mis ojos aparece un casco.

Es un casco azul de los que se utilizan en la construcción. Un casco talla grande que baila sobre mi cabeza y que amenaza con caerse si no me mantengo completamente erguida. Rebusco entre los restos del embalaje y encuentro una carta en la que me preguntan si me ha sorprendido recibir este casco. Mi yo interno les contesta que sí, y en esas líneas me explican que un casco como este es el que utilizan a diario miles de mineros en todo el mundo. Cascos incómodos, que se les caen -como a mí-, que les molestan porque no son de su talla. Porque esos mineros no son hombres ni mujeres. Son niños y niñas que son explotados. Que trabajan en canteras, en vertederos, en talleres textiles o como sirvientes. Una realidad que existe, que sufren 73 millones de niños en todo el mundo, que se llama explotación infantil y que denuncia Unicef.

Solo es una invitación a ponerse en el lugar del otro. ¿Qué querrías que los demás hicieran si tus hijos fuesen obligados a trabajar como esclavos? ¿Qué querrías que los demás hiciéramos si hubieras naufragado frente a las costas de Libia, si tú y tus hijos hubierais sido rescatados por un barco de salvamento y ningún país quisiera acogeros? Se llama empatía, y justicia, y plantarle cara al fascismo que amenaza con volver. Por ellos y por nosotros. Por un poco de dignidad.