Tribuna abierta

Golazo del Athletic

Siendo el derecho a decidir un derecho básico, contra el que solo puden estar los que no respetan la voluntad de las personas, la decisión del Athletic es pausible y valiente

José Ramón Blázquez - Viernes, 15 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

sOBRE los símbolos recae la carga de su desmesuradarepresentatividad, real o atribuida. Símbolos son personas, instituciones, banderas, músicas, grafismos, historias, leyendas... Se les pide esa porción de autoestima adicional que reclama la sociedad que los venera. Estamos lejos de la utopía iconoclasta y de la autonomía personal sin la tutela de los ídolos. En Euskadi tenemos unos cuantos de estos símbolos recurrentes, hagan ustedes su lista. Uno de ellos es el Athletic, que define y demuestra lo mucho que podemos ser por nosotros mismos y, al mismo tiempo, nuestra singularidad en todo el mundo;un caso exclusivo, admirable y romántico.

La decisión del club de unirse a “la reivindicación social del derecho a decidir” el día en que Gure Esku Dago consiguió el éxito de formar una larga y plural cadena humana entre Araba, Bizkaia y Gipuzkoa, ha desatado algunas críticas por la supuesta parcialidad política de la adhesión, con la que no se sentiría cómoda una parte de la masa social. Es una vieja crítica que procede de quienes querrían ver al Athletic identificado con el sistema constitucional o el anterior, en coherencia con lo que se cantaba en su himno predemocrático, felizmente olvidado: “Del fútbol eres ley, te llaman el león, de la afición el rey del fútbol español”. Oprobioso.

¿Se ha excedido el Athletic en su apoyo a la marcha democrática? Entiendo que no. Si aplicamos el método tradicional de que una entidad, sea cual sea, debe mantener un equilibrio público entre las diferentes ideas que conviven en su seno, se diría que el c lub se ha equivocad,;pero no hay tal error, porque ha dado su mano a un principio democrático esencial. Cuando en 1976, por medio de Iribar, junto con Kortabarria, el Athletic proyectó su adhesión a la ikurriña, por entonces ilegal, lo hizo contra la opinión de socios y aficionados voluntariamente contrarios a los principios de la libertad. Como los que ahora protestan. Aquellos jugadores y los responsables del club rompieron las reglas, porque estas habían caducado. Se la jugaron, nunca mejor dicho. Aquel momento histórico, ante la obligación de sofocar lo injusto, se resolvió forzando las reglas impuestas. Como ahora, en otras circunstancias.

Siendo el derecho a decidir un derecho básico -mayoritariamente aceptado, según los sondeos sociológicos-, contra el que solo pueden estar los que no respetan la voluntad de las personas, la decisión del Athletic es plausible y valiente, de sentido común. Responde a una cuestión de principios y carece de toda mezquindad partidista. Ha reivindicado la democracia, tan indiscutible como defender los derechos humanos, poder respirar o el derecho a existir. Esto no es partidista, es una posición universal.

Lo que bulle entre quienes la critican es la rabia de verse desbordados por un pueblo que quiere mirar al futuro sin trabas. Y se resisten, como los de 1976 y anteriores, a que nuestra sociedad, decida su porvenir y su agenda vital,con su propia gente, hecha aquí, la libertad vasca. El club ha leído bien la realidad de Euskadi y ha ejercido su liderazgo social defendiendo una prerrogativa inalienable. Otras organizaciones, que podrían haber hecho lo mismo, insensiblemente, han callado.

Es el liderazgo, amigo El liderazgo va más allá del ejercicio del poder. Posee una autoridad moral y una capacidad de influencia en razón del respeto y admiración ganados por sus méritos y trayectoria. Hay pocos liderazgos en nuestra sociedad y casi ninguno indiscutible. Con todo y al margen de quienes ostentan ahora las labores ejecutivas en el Athletic, esta entidad tiene un fuerte liderazgo público. Por eso, sus detractores atacan su imagen. Para ellos, el club es un peligro para el sistema y su modelo de democracia, de segunda división.

El liderazgo es lo menos normativista del mundo. El liderazgo rivaliza con los límites, tanto los que proceden del interior, como los que llegan de fuera. Lo normal es que un líder se salte o supere las normas heredadas y se proponga ampliarlas y flexibilizarlas. España es un estadio embarrado y el ambiente es hostil. ¡Bien sabe el Athletic, ahora como antes, lo que es sufrir el odio por ser quien es, por su ser vasco! Las reglas de juego están trucadas y el árbitro no es neutral. Con estos condicionantes, cuando estamos bloqueados entre una legalidad estrecha y la amenaza de su cumplimiento forzoso bajo el rigor de la represión económica y judicial -como es un hecho en Catalunya-, es pertinente cierta ruptura y elevar la voz más allá de lo políticamente correcto y de la hipocresía protocolaria del sistema.

Es lo que el Athletic ha entendido. Había que pronunciarse por una causa justa, un derecho básico que los que marcan el terreno de juego se niegan a reconocer. Tienen que comprenderlo los tramposos o los sumisos conformistas. La libertad también es una competición que se gana partido a partido. O se pierde con la rendición. Y les hemos metido un golazo por toda la escuadra. Había que dar más fuerza a la causa del derecho a decidir, que precede al diseño del futuro de todos. Era necesario empujar a los remisos, los perezosos de la libertad. Era de esos momentos en lo que había que transgredir y darnos un respiro. Es el liderazgo, amigo.

Juego sucio con el Athletic “Si el Athletic hubiera dicho no a los asesinatos, ETA no habría matado durante décadas”, ha dicho sin sonrojo la eurodiputada Pagazaurtundua, a quien no reconocemos en estas desgraciadas palabras su inteligencia y calidad personal. ¿Qué te hemos hecho, Maite, para que nos maltrates así? Tienen, eso sí, la coherencia del discurso de la culpabilización general del terrorismo que se pretende extender al conjunto del pueblo vasco. Si todos fuimos culpables, el Athletic, como entidad, lo es mucho más. Hay que entender que este es uno de los mensajes a colar de matute en el relato de la violencia, una historia para pusilánimes.

El Athletic tuvo durante años el buen juicio de no vender su simbolismo y su liderazgo social a la causa del espectáculo de las víctimas, ese modo con que las autoridades españolas disfrazaban su responsabilidad y su incapacidad para resolver un problema que tenía profundas raíces políticas. Eso lo pagó con el desprecio en los estadios y los insultos a coro. El club rojiblanco era la extensión del terrorismo, por ser vasco, muy vasco y solo vasco. Podría haber renunciado a salvaguardar su alma independiente y sumarse al horror de la feria manipulada y obscena de la sangre. No, el Athletic no es una entidad politizada: es un club democrático, cuya autoestima -la de sus socios y aficionados- le obligaba a estar por encima de las miserias del momento, impulsadas por políticos que aspiraban a asimilar al Athletic a la desvergüenza del dolor exhibicionista.

Y así como durante tantos años ha soportado un millón de vejaciones públicas, por rebelde de una causa deplorable, ante la que se ha batido en soledad y sin que las autoridades deportivas e institucionales alzasen la voz para solidarizarse y protegerlo, tampoco ahora el Athletic va a doblegarse al linchamiento que patrocinan los mismos medios locales, de pasado franquista, que siempre buscaron su favor y arrimo para purificarse. La españolización del Athletic fue un objetivo de Estado, fallido como tantos otros. Recordemos el furor para que la roja jugara en San Mamés. O la persecución de las protestas a la bandera y la monarquía en los partidos de final de Copa. La competición con España continúa. La libertad se gana o se pierde. Con su atrevido apoyo al derecho a decidir, el Athletic apuesta por fortalecer la democracia y ser un poco más de todos, pues de todos es la libertad.