Belén Esteban Princesa del pueblo

“El pragmatismo minimal de Foster es ejemplar en la arquitectura posmoderna”

Una entrevista inventada por Javier Gamboa Ilustración de Asier Sanz - Domingo, 17 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:01h.

BILBAO - Sorprendemos a Belén Esteban en la Feria del Libro de Bilbao. Confiesa que está buscando novedades sobre la obra del filósofo y matemático Ludwig Wittgenstein. “Estoy muy interesada en la vigencia hoy en día del positivismo lógico del Círculo de Viena”, remarca la colaboradora de programas del corazón. La madrileña Belén Esteban, de 44 años, es una habitual de la capital de Bizkaia, que suele visitar con motivo de la temporada de la ABAO y los ciclos de conferencias de Azkuna Zentroa.

¿Qué tal lo lleva en ‘Sálvame’?

-Últimamente, mejor. Me hacen llorar menos y no me han recomendado ninguna cirugía estética nueva. Se están planteando desvelar una presunta relación lésbica en mi época de colegiala con una de las ministras del gabinete Sánchez. Pero el guion es complicado y no creo que esté listo hasta la temporada que viene.

Supondría un bombazo que reventaría audiencias.

-Por supuesto, en el equipo solo cuentan con gente muy profesional. Pero empiezo a estar cansada y quiero dedicarme al cien por cien a lo que realmente me gusta: escribir tratados de arquitectura.

En la televisión deben ser conscientes de que perderían un gran activo con el adiós de Belén Esteban.

-Claro. Ya están preparando a mi sucesora. Se llama Sofía Suescun. Es una chica que viene muy bien. Le han dado un toque malvado. Yo no he visto aún cómo trabaja porque tengo Netflix y me pongo documentales sin parar. Estoy enganchada a unos sobre estructuras de ingeniería del mundo antiguo. Son increíbles.

¿Recuerda sus inicios?

-Desde luego. Estábamos preparando la tesina en la facultad de Bellas Artes y a alguien se le ocurrió que podíamos desarrollar un happening experimental sobre un personaje femenino de telerrealidad. Entonces, en los 90, Jesulín de Ubrique era el tipo más popular del país. Nos pusimos en contacto con su agente, le presentamos el proyecto...

Aunque todo se complicó.

-Sí. Jesulín es un tipo muy gracioso y gran cocinero. Nos enamoramos de verdad. Pero eso forma parte de mi vida privada y no hablo de ese particular. Soy muy reservada.

Denos una exclusiva ¿Qué ha sido lo más duro en la carrera de Belén Esteban?

-Habrá gente que piense que mi paso por La máquina de la verdad. Y, sí, fue complicado y sufrido, muy exigente físicamente. Sin embargo, lo más costoso fue conjugar la oscilación de cabeza con la frase “¿Me entiendes?” al final de cada intervención;a menudo se me olvidaba y debíamos repetir toma. Aquello de “Andreíta ¡Cómete el pollo, coño!” me resultó más sencillo.

En cualquier caso, dos exitazos.

-Sí, el público lo acogió muy bien. Lo del pollo tiene su intríngulis porque yo soy vegana y hago proselitismo de las causas animalistas. Esa apología del pollo frito, claro, me generó muuuchas dudas éticas y morales.

Cambiando de tema ¿qué le ha traído a Bilbao sin ópera de la ABAO ni conferencias en Azkuna Zentroa?

-Me apasiona la evolución urbanística de esta ciudad. Ha experimentado un cambio que alcanza lo telúrico y afecta lo ontológico. Podríamos debatir sobre el modo en que la mutación de lo material impacta en la personalidad social de los habitantes de un entorno determinado. Fascinante.

En lo concreto ¿qué es lo que más le gusta de Bilbao?

-El Metro. Increíble el proyecto de Norman Foster y perfecta su ejecución. El pragmatismo minimalista de Norman Foster es ejemplar en la arquitectura posmoderna. Soy muy partidaria del hormigón, el acero y el vidrio desnudos. Y de la ingeniería entendida como una de las bellas artes.

¿Cuál cree que será su próximo pelotazo?

-Una agria polémica con la Campanario en el Lecturas. Aún funcionan ¿Me entiendes?.

Belén Esteban se aleja. Se detiene en un puesto de libros antiguos para ojear una primera edición del compendio de Migajas filosóficas, El concepto de la angustia y Etapas del camino de la vida de Soren Kierkegaard. Y, por un momento, pareciera que el filósofo danés la interpelara desde sus páginas: ¿Me entiendes? ¿Me entiendes?