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El coste medioambiental de tu día a día en Internet

Por Alex Rayón - Domingo, 24 de Junio de 2018 - Actualizado a las 08:38h.

los consumidores digitales somos muy exigentes. Cuando hacemos una búsqueda en Google, escuchamos una canción en Spotify o accedemos a la web de Deia, estos servicios tienen que atender esas peticiones en muy poco tiempo. A pesar de la extendida noción de que Internet es una “nube” (y como tal parece algo alejado o incluso intangible), la realidad es que cuando consumimos servicios digitales se activa una infraestructura de millones de ordenadores (servidores) físicos que están en centros de datos repartidos por todo el mundo. Éstos, están conectados a través de miles de cables submarinos, routers y otros dispositivos de comunicaciones.

Naturalmente, esa infraestructura consume mucha energía. Por ello, emite gases de efecto invernadero. ¿De qué magnitud hablamos? Dependiendo del estudio, se calcula que entre un 2 y 2,5% del total de las emisiones perjudiciales para la atmósfera son provocados por nuestro día a día digital. Para que se hagan ustedes a la idea, es un porcentaje parecido al de la industria de la aviación.

El consumo de datos de nuestras aplicaciones digitales, por lo tanto, es bastante contaminante. En 2015, una investigadora llamada Joana Moll creó una visualización para ilustrar el coste medioambiental que provocamos en Internet. El proyecto se llama CO2GLE, y si acceden (www.janavirgin.com/CO2/), verán los kilogramos de CO2 que Google habrá emitido a la atmósfera desde que usted abrió esa página. En esa página, también encontrará otra visualización titulada “DEFOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOREST”. Si la abre verá cómo por cada segundo que esté en Google, necesitamos 23 árboles solo dedicados a absorber el CO2 emitido.

Hacemos un total de 47.000 búsquedas cada segundo en todo el planeta. Según la consultora medioambiental Carbonfootprint, se estima que cada una de esas búsquedas genera 1 y 10 gramos de CO2. Ver un vídeo de Youtube, 1 gramo por cada 10 minutos vistos. Usar el correo electrónico, 1.200 gramos al año. Utilizar Facebook, 269 gramos de CO2 al año también. Calculen ustedes mismos su impacto medioambiental.

Más allá de estos guarismos, lo que sí parece evidente es que se habla muy poco de este problema social. Los grandes imperios de datos de nuestra era (Google, Facebook, Amazon, Netflix, Spotify, etc.) parece que lo tienen claro, cuando deciden abrir sus centros de datos en zonas frías del planeta como Suecia, Noruega o Islandia. La sociedad, por contra, sigue quedándose con esa leyenda urbana de que un “ordenador consume poco”.

Con independencia de cómo la sociedad tiene asumido este problema, la realidad nos lleva a una situación muy parecida a la que tenemos con la industria de la aviación comercial: el uso de servicios digitales crece a un ritmo vertiginoso. Por lo tanto, quizás sea momento de reflexionar. Es verdad que la eficiencia de los servicios de tecnologías digitales está mejorando, pero su demanda crece aún más rápido. Las ganancias en eficiencia son así absorbidas por un mayor uso diario de servicios digitales.

Greenpeace pone el foco en otro punto del problema: cómo se alimentan de energía eléctrica esos centros de datos. En su informe Clicking Clean: a guide to building the green Internet, enfatiza la necesidad de alimentarlos con energías limpias en lugar de otras basadas en recursos fósiles. Incluso han nacido ya asociaciones de internautas que demandan servicios que utilicen centros de procesamiento de datos donde solo las energías renovables sean fuente de atención de sus necesidades. Así, las grandes empresas tecnológicas ya han empezado a asumir responsabilidades: Google, publica todos los años un informe de impacto ambiental (“Environmental Report”). En el último (2017), enfatiza su objetivo de procesar datos y atender las peticiones en todos sus servicios a través de energías totalmente renovables. Es más, también indican que son neutrales en emisiones de carbono desde 2007.

Calcular números exactos del impacto de Internet en las emisiones de CO2 es complicado. Pero al menos ser conscientes del problema es un paso. Tener la mayor infraestructura de comunicaciones jamás construida no iba a ser barato, pese a que sean ahora mismo costes que no asumimos directamente en las facturas.