Cuidado con los privilegios

Por Isabel Angulo - Domingo, 24 de Junio de 2018 - Actualizado a las 08:38h.

HEMOS asistido a un hecho realmente insólito desde que se reinstauró la monarquía en el Estado español: la entrada de un miembro de la familia del rey en prisión, que hasta hace poco había ostentado el título de duque. Asociamos la monarquía a una institución del medievo, donde el rey reinaba y gobernaba junto con el consejo de la nobleza, formado por aquellos que destacaban por su excelencia con la distinción nobiliaria de duques, condes, marqueses y barones. De acuerdo con su vasallaje, disfrutaban de mayor o menor prevalencia ante el monarca, por su gallardía y osadía en su maldad. Eran intocables y gozaban de honores y privilegios y gobernaban a su antojo a los plebeyos a su cargo, cometiendo las mayores atrocidades y vejaciones. La justicia no caía sobre ellos y eran totalmente impunes con el consentimiento real. El ex Duque de Palma no ha contado con esa vieja prerrogativa.

Aún así la Constitución española contiene algunos engendros antidemocráticos, como la inviolabilidad del rey en sus actos. Tal vez Juan Carlos I quiso que esta impunidad protegiese a la familia real, así como a la familia. Solo así se entiende que Iñaki Urdangarin, casado con su hija Cristina, gozara durante años de cierta cobertura en los negocios ilegales que finalmente le han llevado a prisión. Ya es bastante que el monarca pueda conceder, a su voluntad medieval, determinados honores y tratamientos favoreciendo a su numerosa corte. Y así lo hizo Juan Carlos de Borbón con motivo de la boda de su hija Cristina con el joven deportista vasco Iñaki Urdangarin, a quienes honró con la Grandeza de España y el tratamiento de Excelencia. Y, por si fuera poco, añadió el duquesado de Palma de Mallorca, que el marido podía usar y llevar como consorte. ¿Se pueden entender estos lujos banales en una sociedad democrática?

El caso es que, bajo infuencia de las prácticas reales, Urdngarin se cegó con el lujo, fastos, privilegios y pleitesías que le rendían por pertenecer a la familia real. Había entrado en una insigne familia y se le abrieron a su paso las puertas de instituciones y empresas. Y quiso sacarle partido, vistas las cosas tan fáciles y rentables. Vivió un sueño, sin contemplar si había o no delito en su hacer profesional, quizás porque se sentía protegido.

El Excelentísimo deportista y Grande de España se equivocó y pasó a la categoría de vulgar delincuente. Como consecuencia de ello, perdió sus distinciones y el rey, obligado a abdicar, perdió la corona, aunque continúa gozando de su inviolabilidad en su nueva condición de Emérito. Hay dos reyes en España y los dos son intocables. El heredero, Felipe VI, conocedor del tinglado y consciente de los riesgos que se cernían sobre la corona española, decidió realizar cambios protocolarios en el núcleo de la familia real. Además de apartar a sus hermanas del círculo representativo y de prácticamente desterrar a la infanta Cristina con toda su prole, le retiró el título nobiliario que le había concedido su padre. Y todo ello a fin de preservar su reinado de toda mancha y contaminación. Vano intento, porque su hermanísima no ha renunciado a sus derechos sucesorios ni dejará de ser nunca infanta, que sale condenada con una fuerte multa, poca cosa, pero suficiente para contaminar la Zarzuela y situar a los Borbones como copartícipes de una estrategia de enriquecimiento ilícito.

Tras el largo proceso judicial -lleno de irregularidades para salvar a Cristina de Borbón, tarea en la que se involucró hasta el mismísimo fiscal- y la condena por delitos de fraude, malversación de fondos públicos y prevaricación, Urdangarin ha entrado en la cárcel. La pregunta que nos hacemos es el tiempo de privación de libertad que realmente cumplirá y qué privilegios tendrá. De momento, está en un módulo exclusivo dentro de una prisión de mujeres.

¡Mucho cuidado, Felipe y Gobierno central, con lo que vayan a hacer con este asunto, porque la sociedad va a estar muy atenta a los pasos que se den! Aquí tienen la prueba de algodón de que aquello de que “la justicia es igual para todos”, dicho por Juan Carlos. Así que este joven soñador, el vasco Urdangarin solo le queda cumplir su condena y aceptar que no tiene más derechos que los de cualquier recluso. Ni más ni menos. Será la historia la que escriba el relato de un deportista que llegó por vía matrimonial a lo más alto y que cayó con todo el equipo cegado por la ambición y el influjo de los privilegios de la monarquía. Un final infeliz, que pudo y debió ser peor.

* Directora de la Escuela Vasca de Protocolo