El gobierno del ‘hype’

Por Santiago Cervera - Martes, 26 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

haBÍA una liturgia que se utilizaba para dar a conocer la lista de ministros. Aznar, Zapatero o Rajoy comparecieron el día señalado y leyeron una lista. Nada se filtraba con anticipación más allá de las razonables conjeturas. Incluso consta que a algún ministrable le eliminaron del cuadro por haberlo contado antes de tiempo. Los presidentes reafirman su autoridad cuando se presentan como los únicos capaces de construir la nómina que compondrá su gabinete, y el ingrediente de la sorpresa es el que recalca cuán libérrimo actúa el dedo que señala. Esta vez todo ha sido distinto. Durante tres días se ha ido informando, y por muy diversos medios, de los nombres de los agraciados, lo que ha constituido un procedimiento formal inédito. Hay que suponer que si así fue es porque Pedro Sánchez lo quiso, tácita o explícitamente. Hubiera bastado la sutil amenaza de “esto que no se sepa hasta que yo lo anuncie” para que nadie lo hubiera contado. Lo que cabe preguntarse es si tanta naturalidad y tan escaso secretismo son un signo relevante de un tiempo nuevo, o el descuido por ingenuidad en un procedimiento tan significado en la praxis democrática. Yo pensé que era lo primero, que lo que se estaba haciendo era quitar solemnidad a la decisión, simplificar lo que en otro tiempo se sofisticó, y presentar una actitud que rompía con las formas del pasado. Mantener la expectativa durante tres días soltando nombres -algunos de ellos razonablemente interesantes- contribuía a crear eso que ahora llaman hype, una suerte de expectativa creciente que enfatiza la novedad y mejora la apreciación de un producto, marca o personaje. Como un subidón, una autoalimentada simpatía por algo que ni siquiera se conoce lo suficiente. Así ha sido como tuvo su génesis este gobierno, aunque al cabo de pocos días algunas cosas cambiaron y volvieron a parecer lo de siempre.

Es la primera vez que pasa, y tal vez por eso una parte de la opinión pública siente una inconfesable satisfacción: un gobierno es sustituido por otro de diferente color en medio de una misma legislatura. El mecanismo constitucional ha existido siempre, pero era inviable en el esquema político del bipartidismo. Ahora ha ocurrido como efecto de una fragmentación parlamentaria que con toda seguridad va a ser el diseño de representación por bastante tiempo venidero. Si la amenaza de un derrocamiento súbito existiera siempre, tal vez no se gobernaría mejor, pero probablemente muchos gobiernos no se desempeñarían contemporizando hasta la exasperación. Desterrarían la pasividad y se emplearían en ganar día a día el beneplácito del elector. De manera que aunque guste poco o mucho lo que haga el equipo entrante, al menos se ha salido de una atonía política que no llevaba a ninguna parte. No habrá elecciones generales antes de veinte meses, y la legislatura estará matemáticamente dividida en dos periodos, el de Rajoy y el de Sánchez. Mayores posibilidades para elegir o repudiar, con mejor conocimiento de causa.

Y luego está lo de Màxim Huerta. Imagino que Sánchez quiso hacer de él un personaje omnipresente en tantos ámbitos culturales, un ministro exonerado de la carga de la gestión política -la competencia en Cultura está atribuída a las comunidades- que pudiera representar el aire nuevo del nuevo gobierno. Pero alguien instigó la filtración en cinco días, y acabó la parte del hype que el presentador representaba. No sé hasta qué punto era un nombramiento acertado, pero no puedo entender que se le haya hecho marcharse de esta manera. Si lo he entendido bien, Huerta presentó unas declaraciones fiscales que fueron inspeccionadas por Hacienda, acabaron en un juicio, contra su criterio fue condenado, pagó lo que se le exigió, y quedó regularizada la situación sin siquiera contar con un aplazamiento. ¿Haber pasado por esta situación le inhabilita para ser ministro? Es difícil encontrar la razón, apreciar deshonra en ello. Se rechaza a alguien que se somete a lo que la ley dice que es el procedimiento de resolución de estos casos, un juicio con garantías, y que sin rechistar cumple con lo que el juez establece. Es decir, ejerce como haría cualquier ciudadano con derechos y obligaciones, y precisamente por eso devine en repudiado político. Primera ocasión perdida por Sánchez para demostrar que está dispuesto a cambiar incluso esa brocha gorda con la que tantas veces se pintan tantos asuntos.

Secciones