Tribuna abierta

Turquía no es país para viejos ni para Eren Keskin

Por Txema Montero - Martes, 26 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

TURQUÍA viene arrastrando fama de decrepitud desde por lo menos el año 1853 cuando el zar de toda la Rusia Nicolás I la calificó como “un hombre enfermo, muy enfermo”. Situada en dos continentes, la parte europea ha venido rigiendo los destinos de Turquía pues lo que sucede en Estambul, su histórica capital, acaba sellando el destino de los turcos, limitándose Ankara, la capital administrativa situada en Asia Menor, a dar el visto bueno. Estambul, antes Bizancio, antes Constantinopla, es una ciudad colosal de 160 kilómetros de punta a punta y cerca de 14 millones de habitantes. Codiciada a través de los siglos por los más intrépidos guerreros y los más ambiciosos comerciantes, ha inspirado a los poetas más sutiles que la calificaron sin faltar a la verdad como El Objeto de los Deseos del Mundo y también como el Diamante entre dos zafiros. Pura descripción esto último pues el diamante, la alta colina de Sultanhamet engarzada entre los zafiros marinos de El Cuerno de Oro y el mar de Mármara, es el barrio monumental de la ciudad que los tracios utilizaron en su día como baluarte, en el que los griegos levantaron su acrópolis, los romanos una ciudad de provincias, y que para bizantinos y otomanos terminaría siendo un centro neurálgico político. Allí junto a la catedral, de Santa Sofía -Ayia Sófia (Divina sabiduría)-, ahora mezquita, se alza el Palacio Topkapi, visitado por millones de turistas, que fue sede de gobierno durante siglos hasta el traslado de la administración política a Ankara en el año 1923 tras el triunfo de la revolución modernizadora, constitucionalista, laica y europeísta de Kemal Atatürk nombre que se puede traducir como Su Excelencia el padre de los turcos.

Los poetas suscitan emociones y mucho más cuando en su éxtasis creativo perciben lo que sucede en su derredor con más certeza y concisión que los analistas sociales. William B. Yeats poeta y dramaturgo irlandés, premio Nobel de Literatura de 1923, parece que todo en nuestro relato tiene que ver con esa fecha, después de un viaje a Turquía escribió un poema titulado Navegando a Bizancio. La primera estrofa: “Aquel no es un país para hombres viejos” ha dado mucho juego. Los hermanos Coen ganaron en el año 2008 cuatro premios Oscar de Hollywood con la película de mismo título y con un Javier Bardem, en su mejor momento, como protagonista secundario. La idea que quería transmitir Yeats en su poema es que la armonía y la coherencia habían desaparecido en una nueva Turquía en la que los jóvenes no querían aprender de la sabiduría de los ancianos. Los hermanos Coen tratan en su película esta misma idea. Lo cierto es que la falta de armonía y de equilibrio están desapareciendo en la sociedad actual debido al descaminado buenismo, las ideas preconcebidas, la falta de imaginación y toda clase de excesos.

La Turquía de 2018 es un país con 83 millones de habitantes y una esperanza de vida de 67 años, un tercio de su población es menor de 16 años de edad y solamente un 6,5% supera los 65 . No es definitivamente un país para viejos. La otra vida del país no se puede entender sin la personalidad de Recep Tayyip Erdogán, estambulita de 64 años ha vencido estrepitosamente en las elecciones celebradas el pasado domingo. Desde el inicio de su carrera política, fue alcalde de su ciudad natal, se proclamó antikemalista en defensa de un islamismo moderado más acorde con la masa de campesinos anatolios (asiáticos) y pequeños propietarios y comerciantes apenas tomados en consideración por las ideas europeístas, seguidas a rajatabla por el ejército, del “padre de los turcos”. Los militares, verdadera clase social con pistolas han dirigido el país desde los años veinte del siglo pasado hasta la irrupción de Erdogán que pretende un vuelco total de la tortilla manteniendo el punto de la patata: la idea de férrea unidad nacional, a despecho del destino de los kurdos que vienen a ser un 13% de la población. Si el turista de visita a Estambul se acerca de buena mañana a la puerta de un colegió oirá a los niños cantar en el patio bajo la bandera nacional: “Soy turco. Soy honrado. Trabajo con entrega. Me rijo por un código que me insta a proteger a cuantos son más jóvenes que yo, a respetar a mis mayores y a querer a mi patria y mi nación más que a mi mismo. Busco elevarme y avanzar. Que mi vida entera sea un don para Turquía”. La letra, impuesta por Kemal Atatürk, se entona invariablemente hasta la Turquía de hoy.

Erdogán lleva dieciséis años islamizando el país. Nos equivocaríamos si solamente viésemos en su política un impulso redentor hacia las masas campesinas, y tradicionales islámicas que suponen el 93% de la población y donde mantiene su caladero de votos. Su radiante halo de piedad religiosa tiene truco pues solo usa la religión para dar una mística a su causa. Hablando claro ¿Quién necesita la democracia o la república si todos los hombres son iguales a los ojos de Allah? Desde hace siglos se ha venido llamando el Dilema de Hobson, a una decisión en la que en realidad no existe opción. Al parecer el tal Hobson era un propietario de establos inglés que ofrecía a sus clientes la alternativa de coger el caballo más próximo a la cuadra o quedarse sin montura. Erdogán, particularmente desde el golpe de Estado que sufrió en julio de 2016, aún no sabemos si preavisado o incitado por él mismo, en una clara operación de aprovechamiento de su éxito al sofocarlo, ha reprimido a sus antiguos socios islamistas, a los sectores kemalistas del ejército, a los kurdos y a los intelectuales progresistas. Entre estos últimos mis amigas Zekiné Türkerí, quien acaba de publicar traducido al euskera por Gerardo Markuleta y Eneko Gartzia (Elkar2018) su libro Uda batez Kurdistanen, y Eren Keskin, abogada y periodista que en 1999 recogió en nombre de la Asociación Turca de Derechos Humanos, de la que era presidenta, el premio de la Fundación Sabino Arana. Eren Keskin tiene abiertas contra ella ¡más de cien causas judiciales! por delitos de injurias contra la Policía y Ejército (en realidad por sus denuncias de torturas cometidas por aquellas fuerzas), así como por su infatigable defensa de los derechos de los kurdos. Se le ha prohibido salir del país hasta que se acabe su calvario judicial o cumpla condena y solo me explico que no la hayan encarcelado por el hecho de que en su día fue abogada de Erdogán en varias querellas que le interpusieron cuando era alcalde de Estambul.

Pero Erdogán no puede esquinar ni la ubicación geográfica de Turquía ni su carácter multiétnico. Sin fronteras naturales con los países islámicos, ortodoxos o las minorías kurdas asentadas en Siria, Irak e Irán;con los estrechos de los Dardanelos, la vía navegable más transitada del mundo, partiendo el país. Todo en Turquía conduce al cosmopolitismo (Cosmos: universo;polis: ciudad). La ciudad de Estambul, siempre abierta a Europa y el mundo acabará por abrir de nuevo la puerta a la modernidad turca. Mientras tanto la Unión Europea y la Turquía de Erdogán se entrecruzan miradas de encono y anhelo. Europa desconfía, aunque ha conseguido previo pago que Turquía afinque en su territorio a los inmigrantes que huyen de la guerra de Siria y de las penurias asiáticas.

Turquía, eterna despechada por el retraso a ser aceptada como socio de la Unión Europea comienza a considerar que la Organización de Cooperación de Shanghái de finalidad política, militar y económica, formada por China, India, Pakistán, Rusia y buena parte de los países centroasiáticos es una entidad más conseguida y armoniosa para los intereses de Turquía que la propia Unión Europea. El juego de piedra, papel, tijera entre ambos socios-contendientes puede empezar a aclararse, no necesariamente para bien, a partir de la aplastante victorial electoral conseguida por Erdogán el pasado domingo. Malos augurios para los kurdos, los progresistas y para Eren Keskin, porque: “¿Mudará su tez el etíope, o el leopardo su piel rayada?” Jeremías 13,23.