Todas las banderas son de China

Por Mikel Etxebarria - Jueves, 28 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

S IEMPRE he sido un tanto escéptico, pero creo que con la edad, acabo de cumplir años, estoy perseverando en ello. Y agradezco a mi buen amigo y tocayo Miguel Rull, que sin querer, me haya dado el titular que voy a desarrollar. Creo que los símbolos son importantes. Pueden servir para expresar sentimientos, pensamientos e ideas, unir a los pueblos, representar cuestiones artísticas, culturales, religiosas, deportivas, políticas, etc. Y también, como manifestación de la bipolaridad que se contempla en casi todo en esta vida, pueden servir para ningunear, humillar, odiar o maltratar al diferente. Por desgracia, ejemplos múltiples ha dado la historia, de una cuestión y de la otra.También es cierto que cuando los símbolos propios son atacados, prohibidos o perseguidos por terceros sirven de acicate para la defensa de la idiosincrasia propia y de aglutinante y de unión ante el enemigo exterior. En este sentido dentro de la simbología ocupan un destacado papel las banderas, con su múltiple variedad, sea política, deportiva o cultural. Y “aunque en el mundo no hay mayor pecado que el de no seguir al abanderado”, como cantaba Paco Ibáñez siguiendo a George Brassens, una bandera es, en principio, una pieza de tela, que usaban los señores feudales, entre ellos nuestros jauntxos, oñacinos y gamboinos, en ambientes bélicos, para que se diferenciaran sus linajes;de ahí lo de bandos y banderizos.

Uno, que ha convivido hasta su juventud con el franquismo, recuerda dos cosas sobre este tema. Por una parte, algo que aún me perdura, el absoluto repudio (ya lo siento, pero es algo, incontrolable) a ver juntos el color rojo y el amarillo, no solo en banderas, en la catalana también, sino en cualquier cosa, incluyendo los juguetes de los niños, que cuando mis hijos eran pequeños tenían (¡vaya por Dios!) esos colores en exclusiva. ¡Quizás es que no se deba forzar a nadie a amar algo que ha sido utilizado como símbolo por la represión! Por otra parte, ¡lo que costó que nuestra ikurriña fuese, incluso muerto el dictador, legalizada! Hasta un ministro franquista, reconvertido en demócrata ( ya lo era orgánico) de toda la vida, dijo que no se lograría sin pasar por encima de su cadáver. Afortunadamente no ocurrió eso, ya que entre otros, Iribar y Kortabarria, capitanes del Athletic y Real, con su osadía, coadyuvaron a que la legalización se logrará. Pues bien, aunque solemos decir, y puede que suene a bilbainada, que el pueblo vasco no data, la ikurriña fue creada por los hermanos Arana en 1894. Hace menos de 125 años. Ahora bien, la bandera de colores rojo, amarillo y rojo comentada anteriormentey que representa a un Estado que para algunos tampoco data, fue oficialmente instaurada no mucho antes, en 1843 y además en la II República se utilizó una bandera tricolor sustituyéndose en su franja inferior el rojo por el morado.

La bandera norteamericana, símbolo por excelencia de U.S.A., exhibida sin recato hasta en los lugares más insospechados, no existía cuando se declaró la independencia y es, en su actual versión de 50 estados, de 1958.

Los colores rojiblancos del Athletic, algo muy serio para un forofo como yo, tienen su origen en la compra que hizo el bilbaino Juan Elorduy, estudiante de Ingeniería de Minas en Madrid y jugador del filial Atlético de Madrid, en la Navidad del año 1909, cuando encargado por el Athletic de adquirir en Londres, donde el joven adinerado estaba de vacaciones, camisetas azules y blancas, que eran las que usabantanto la matriz como el filial, y al no localizar suficientes , encontró en Southampton, su puerto de partida para retornar a Bilbao, 50 camisetas con los colores rojo y blanco, que eran los del equipo de futbol de la ciudad y casualmente los colores de Bilbao. El Athletic las estrenaría en enero de 1910 y el Atlético Madrid, un año más tarde.

El gran científico y divulgador Jorge Wagensberg, que por desgracia nos ha dejado hace poco, nos recordaba, por no hablar solo de banderas y camisetas, que un símbolo nacional argentino, como son los pantalones de los gauchos, proceden de un pedido anulado por el ejército turco a Francia cuando la guerra de Crimea acabó antes de lo previsto. Hablamos de 1856.

Con todo esto, ¿qué quiero decir? Que demos a cada cosa la importancia que merece. Por supuesto, con respeto, pero, desde luego, sin delirios. Sin doblegarse pero sin imponerse. Veamos la vida no desde la certeza absoluta sino desde la duda cartesiana. Más que creencias inquebrantables propiciemos el pensamiento crítico. Solo se puede tener fe en la duda nos decía también Wagensberg. Que nos guste nuestra ikurriña y la camiseta del Athletic no quita para que respetemos a otras banderas u otras camisetas y a los que las puedan enarbolar, siendo mutua la tolerancia. Pequemos mejor de escépticos que de entusiastas, que son el germen de los dogmáticos. Hablamos de símbolos, de himnos, de estandartes… y de banderas, que, ¡vaya paradoja!, no son ni autóctonas, sino que todas, las de los Estados consolidados, las de los que quieren tener Estado propio, las de los equipos de la Champion, las de los equipos que descienden, resulta que son Made in China. Bien es verdad, que como el coste de la mano de obra asiática se va asimilando al occidental, estamos volviendo a producir nosotros todo aquello que pensábamos que importándolo nos iba a salir más barato. Aunque suene a utopía sería alentador presenciar unos Juegos Olímpicos en el que no existiesen Estados, ni himnos, ni bandos, ni banderizos, ni banderas, sino solo seres humanos. Emulando a Albert Camus que sugería amar al hombre por encima de las ideas, hagámoslo con más razón por encima de las banderas.

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