la tragedia sigue en el mar

Descafeinado para todos en la cumbre

Los líderes europeos alcanzan un acuerdo a medio gas tras una reunión maratoniana en el que destaca sobre todo un concepto: medidas voluntarias

María G. Zornoza/Aquí Europa - Sábado, 30 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:01h.

Bruselas - 13 horas y 34 minutos después, los Veintiocho dieron luz verde al acuerdo sobre migración. Un pacto descafeinado teniendo en cuenta las expectativas que generaba la madre de todas las cumbres. Muchas ideas, diferentes posturas y más tensión dominaron un encuentro que concluyó con resignación. El plan a corto plazo consiste en replicar la receta del Aquarius a través de una cooperación reforzada. Eso sí, voluntaria.

Se trata de un acuerdo a medio gas. Y destaca una palabra: voluntarismo. La buena noticia de la crisis política más potente que el proyecto europeo ha vivido en los últimos años ha sido meramente la de llegar a un acuerdo. El mensaje ya pasaba a un segundo plano ante un texto que hasta el último momento pendía de un hilo. Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español, y Angela Merkel, canciller alemana, sucumbieron a esta resignación. “Después de todo, tenemos un acuerdo común”, apostilló la germana. “No es el mejor de los acuerdos (…) pero la peor noticia hubiese sido no haber conseguido uno”, coincidió Sánchez. Nada mal teniendo en cuenta que hasta bien entrada la madrugada no había ningún consenso en nada. Ni en inteligencia artificial, ya que Italia había condicionado todo el documento a la cuestión migratoria bajo la máxima brexiana de “nada está acordado hasta que todo esté acordado”.

Pizzas, sopa, frutas. Los periodistas que seguían este momento tan trascendental para la política de asilo comunitaria sabían más del menú de los líderes europeos que de lo que estaba pasando cerca de ellos. A las 04.34 llegaba la fumata blanca: acuerdo migratorio. “La migración podría decidir el destino de la Unión Europea”. Estas palabras de la canciller Angela Merkel horas antes de aterrizar en Bruselas hacían presagiar lo mucho que el jueves estaba en juego. Si se quería una solución europea, el pragmatismo terminó venciendo. Que del encuentro no iba a salir una receta mágica se sabía;pero con las horas las expectativas de grandes soluciones europeas se iban rebajando más y más.

“Ha sido una negociación larga pero Italia ya no está sola, como habíamos pedido”, celebraba a su salida el premier italiano Giuseppe Conte. Así las cosas, uno de los grandes vencedores del día fue Italia que consiguió incluir en las conclusiones una línea explícita sobre responsabilidad europea común, más desembolso a los países de tránsito y origen, la creación de centros para repartir a los migrantes sobre una base voluntaria y una llamada de intimidación a las ONG que operan en el Mediterráno. Por su parte, los halcones de Visegrado que no aceptan nada que se extrapole del “que no vengan inmigrantes” se apuntaron el tanto de que estos centros sean sobre una base voluntaria. Para disgusto de Merkel. La canciller luchó hasta el final para que el texto hiciese referencia a los movimientos secundarios y al compromiso sobre la reforma de Dublín, que se pospone para octubre.

Cooperación reforzada Finalmente se impuso el realismo en base a dos conceptos interconectados: centros de llegada en suelo europeo y voluntarismo. Es decir, la crisis del buque Aquarius ha sido la base del primer parche a la gran crisis política que amenaza con hacer temblar los pilares de la Unión Europea.

Aunque más son las incógnitas que las certezas que rodean a esta propuesta franco-española arropada por Italia de crear centros en suelo europeo, lo que va tomando forma es que serían lugares en los que se tramitaría las solicitudes de asilo. Los que no cumplan las condiciones serían retornados a sus países de origen. La propuesta despierta de entrada no pocos interrogantes legales, pues cada país contempla unos requisitos para conseguir el estatus de refugiados.

Los primeros vientos apuntan que la propuesta todavía hace aguas. Francia no ha salido mal parada. Ha impuesto su línea de que estos centros senan cerrados. Es decir, los solicitantes de asilo quedarían recluidos hasta aclarar su situación. España prefería hablar de lugares “controlados” y apelaba al dispositivo que el país desplegó ante la llegada del Aquarius al puerto de Valencia. Además, mientras unos avalan la idea de que todos los países que formen parte de esta cooperación reforzada establezcan los centros, París prefiere evitarlos en su país, ya que afirma que deberían estar asentados en los países de primera línea (Italia, España y Malta). El instrumento de estos centros controlados encuentra a grosos modo su espejo en el Aquarius o el LifeLine. Un barco con migrantes recibe el permiso de atraque de uno de estos países dentro del acuerdo. Después, el resto de miembros se repartirían a los solicitantes de asilo de forma voluntaria. Una medida que a nivel de Veintiocho no podría realizarse ya que el actual Reglamento de Dublín vigente establece que es el país de llegada es el que debe tramitar las solicitudes. Sin embargo, Dublín sí permite que existan acuerdos entre Estados miembros.

Este fue el punto de equilibrio para no dejar caer a Merkel por un lado y para saciar los anhelos populistas de Italia por el otro. La canciller consigue así abordar el tema prioritario de los movimientos secundarios sin cerrar la puerta a los primarios. Merkel, a la que muchos apuntan como la arquitecta estructural del bloqueo migratorio actual por su política de 2015, también estaría dispuesta a compatibilizar los centros comunitarios con los asentados fuera de la UE. Las conclusiones instan a “explorar el término de plataformas de desembarco regionales” con el objetivo de disuadir a los migrantes. Si ven que no llegarán a suelo europeo, evitarán lanzarse al mar, viene siendo la filosofía.

En este aspecto, comparte la misma línea que Italia, que por un lado se aseguraría el reparto de las personas que arriban (con los centros dentro de la UE) y por el otro reduciría las llegadas al Viejo Continente.