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Hacérselo mirar

La derecha se despeña por un discurso frentista y rancio, desconectada por inmovilista del nuevo tiempo

Juan Mari Gastaca - Sábado, 30 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:01h.

SE ha pinchado hasta nueva orden el globo del centroderecha. Ha bastado una inesperada moción de censura para que el disruptivo inicio de un nuevo tiempo político cuestione la credibilidad de tres años de sondeos, socave hasta la zozobra a todo un partido de gobierno y desnude el discurso de quien era considerado su alternativa emergente. El auténtico sarampión de la posverdad. O simplemente la metamorfosis sobrevenida por el hastío de la corrupción en un Estado cuyo gobierno trata de aderezar su perfil para sostenerse con guiños sociales y atrevimientos atemperados frente a la tórrida amenaza de un discurso agresivo y rancio, y sobre todo de luces cortas. La vida parlamentaria en Madrid -otro verano más con pulso y emociones en julio- se dispone a acoger la trifulca interminable entre esas dos trincheras que forman la nueva mayoría y los desheredados del poder. Así uno y otro día hasta que se rompa la cuerda en unas próximas elecciones que el Gobierno y quienes lo apoyan ven ahora en un horizonte cada vez más lejano por su propio interés. Ha bastado la imagen solidaria de España para forzar en Europa el debate siempre enconado de la inmigración interminable, o el aplomo en adecuar la dispersión de los presos de ETA al final de la violencia -incluido el guiño intencionado al lehendakari Urkullu- y hasta la contención frente a las exigencias mucha veces inflamables del soberanismo catalán para que el centroderecha se eche al monte de la impotencia. Lo ha hecho de la mano de un lenguaje camorrista y retador que quizá les puede estallar. De momento, los Presupuestos salvados solo dejan rasguños en el cuerpo del PP de la CAV porque paga en carne propia la patada en la cara de las inversiones para Euskadi que suponía la absurda revancha visceral contra el PNV. Pareciera que el PP transita gafado, o sencillamente pena por sus pecados. En verdad que sus dirigentes deambulan políticamente quizá porque les sobrepasa un estado de ánimo decrépito, rabioso tal vez por culpa de ese agrio desenlace en el cambio de Gobierno que jamás imaginaron tras aprobar entusiasmados las Cuentas de 2018. Bajo semejante amargura a la que tampoco es ajena la táctica gripada de Ciudadanos, los plenos de control al Gobierno van a ser insufribles para un país que sigue mucho más pendiente de las grandes reformas de libertad, educación, justicia y trabajo que de la disfunción territorial que tanto atenaza a la clase dirigente. Un tiempo para que la algarada desplaza a la sensatez y

al debate sereno. Y por ahí asoma la exhumación de los restos del caudillo del Valle de los Caídos, sin duda el gesto más carismático para identificar que la izquierda gobierna sin los paños calientes de la Transición. Para entonces, los populares habrán elegido a su líder, pero no está garantizado que se hayan sacudido de su actual abatimiento. Ni siquiera que la ausencia de un favorito evite su fractura inmediata ni que se despojen de ese discurso retrospectivo, como si creyeran que el reloj político y ciudadano sigue parado. Pablo Casado y Cospedal pueden ganar -en Génova nadie hace un pronóstico- creyendo en 2018 que el euskera no es lengua propia de Navarra o que ETA sigue viva porque EH Bildu está en las instituciones y da oxígeno a Pedro Sánchez. Solo desde la benevolencia se puede evitar un histriónico comentario sobre el paupérrimo batallón de militantes al que ha quedado reducido aquel mapa azul que en su día no dejaba ponerse el sol sobre el mapa institucional español. Hasta los voceros del antiguo régimen sienten inertes en los últimos días el baño de realidad al que se asiste y que les desmoraliza tanto como el cambio de signo en RTVE y sus futuras tertulias. En la Corte, muchos análisis desde el centroderecha no pueden desprenderse del temor fundado que les supone avistar un aterrador futuro a medio plazo para una ideología con pies de barro. Una predicción que les acerca a la pendiente como advierte el ácido personalismo de José María Aznar y de consecuencias imprevisibles para el PP y para Ciudadanos, desarbolado y errático. Albert Rivera se sigue preguntado qué fue de aquella supuesta sociedad mayoritaria que hace un mes asumía como evidente la preponderancia del centroderecha en el tiempo y a él principalmente le esperaban como el salvador. No sería descabellado imaginarse ante semejante panorama una unidad de acción entre ambas formaciones, cada vez más aisladas por el inmovilismo que les proporciona su patético regreso al túnel del tiempo. Para hacérselo mirar.

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