historias de la vida

Dos almas unidas por la mar

Juan Mari y Joaquín se conocieron de pequeños en el puerto de Bilbao y sus oficios les unieron para siempre

Un reportaje de Yaiza Pozo - Lunes, 2 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

LA vida está llena de casualidades. Aquel que un día era un extraño el destino te lo pone en el camino para que, de la noche a la mañana, se convierta en tu compañero de vida, de aventuras y tu mejor cómplice. Esto es lo que les sucedió a Juan María Martín Rekalde, amarrador de la ría de Bilbao durante 37 años, y a Joaquín Serna, jefe de proyectos de La Naval. Dos almas que, desde que eran niños, unió la mar para no separarles jamás.

Juan Mari nació en Bilbao y es conocido por ser de la familia los Rekalde “No por apellidarme Rekalde sino porque yo trabajaba con mi tío que era Rekalde”, aclara. Por su parte, Joaquín es de Barakaldo, de toda vida, y en Santurtzi es más conocido como El Cesterillo. “Todos los que trabajábamos en la mar teníamos un mote y, en mi caso, es porque un tatarabuelo mío hacía cestas para la mar”, cuenta el barakaldarra. Ambos comparten la misma afición desde que eran muy niños. Una pasión que, sin querer, les inculcó su familia. “Mi padre quería que estudiara porque él lo hizo, pero a mí no me gustaba. Yo siempre estaba en la calle. Mi abuelo nos dejaba el bote de remo y andábamos con él todo el día. Íbamos a pescar y a bañarnos”, rememora Juan Mari.

Este bilbaino trabajó durante 37 años como amarrador en el puerto pesquero de Bilbao. Un trabajo que confiesa que le ha hecho pasar “sueño y frío”. “Trabajábamos los siete días de la semana las 24 horas. Eso no quiere decir que trabajásemos tanto sino que teníamos que estar disponible”. Empezó con 17 años y para Juan Mari este oficio es, sin duda, muy especial puesto que ya lo desempeñaron su bisabuelo y abuelo. A Joaquín le pasó una cosa similar. “Yo soy de padre marinero y madre pescadora”, relata. Aunque se crió con su abuela, el barakaldarra recuerda que tuvo “una infancia muy buena y feliz”.

Joaquín estudió como cualquier niño y a los 14 años empezó a trabajar en la Naval. “Mis padres no lo sabían se pensaban que estaba estudiando. Solo lo sabía mi abuela. Trabajaba desde las 6.00 hasta las 14.00 horas y a las 16.00 horas entraba a estudiar. Eso sí, luego dabas con la cabeza en el pupitre”, ríe. Comenzó como calderero y fue ascendiendo hasta llegar a ser jefe de proyectos. Sin duda, toda una vida ligada a la mar. Eso sí, no perdonaba ninguna fiesta aunque tuviese que madrugar. “Estaba cansado también porque venía de la verbena, pero podía con todo”, admite.

“LO HEMOS PASADO MAL” Aunque ambos compartan la misma afición, confiesan que los inicios fueron muy duros, pero hacían lo que les gustaba. “Juan Mari y yo lo hemos pasado muy mal sobre todo cuando formas una familia porque trabajábamos mucho y muy duro”, confiesa su compañero. “Pero sí que es verdad que luego, en el caso de los amarradores, conseguimos algún día libre aunque pasásemos dos días seguidos sin pisar nuestra casa. Incluso no teníamos fiestas en navidades”, prosigue Juan Mari.

A pesar de las dificultades, su pasión por la mar no se la han inculcado a sus hijos como les sucedió a ellos. “¡Yo creo que los míos no han visto un barco en su vida!”, confiesa entre risas Juan Mari. Ambos se conocían de vista desde que eran pequeños en Santurtzi. Los motes familiares eran su seña de identidad y la mar su mayor afición aunque tuviesen oficios diferentes. “Amarrador no quería ser nadie porque se trabajaba muchas horas y además todos acabamos muy mal de la columna”, dice el bilbaino que a pesar de estar ya jubilado, al igual que Joaquín, va una vez a la semana al archivo histórico a “buscar historias relacionadas con la ría de Bilbao”.

En la actualidad continúan unidos. No hay nada ni nadie que los separe. Desde que se fundó hace quince años el Museo Marítimo de la villa es su punto de encuentro dos veces por semana a pesar de que Juan Mari ahora viva en Portugalete y Joaquín continúe en su Barakaldo natal. Allí, junto a otros compañeros, hacen modelismo naval. “Aplicamos la experiencia que tenemos y restauramos maquetas. Hemos reparado una maqueta original de Frank Gehry que estaba deteriorada y él se enteró así que mandó a un arquitecto a que viese como había quedado nuestro trabajo. Le dijeron que estaba muy bien y eso nos enorgullece”, cuentan ambos. Harían cualquier cosa por concluir un trabajo lo más perfecto posible “hasta pasar más horas de las que pasamos aquí”, comentan. Ofrecen todo lo que saben y a cambio, el Museo Marítimo les da la oportunidad de seguir vinculados a la que un día fue su primer hogar: la mar.