El sacacorchos

Afición al caballo

Por Jon Mujika - Miércoles, 4 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

EL problema es casi cultural si se juzga que una buena parte de la población considera que peatón es un término casi ofensivo, como mínimo sinónimo de pobretón, palabra con la que rima. El problema es de agenda, cuando son legión quienes piensan que ganan un tiempo precioso yendo de puerta a puerta en lugar de parada en parada. El problema es de salud e higiene, cuando es mayoría la tropa que piensa que andando te cansas y sudas, que eso es una guarrería o, cuando menos, te despeinas. El problema, en realidad, es gordo. O, por no ofender a la gente entrada en kilos, el problema es una cuestión de grueso calibre.

De aquí para allá, de arriba a abajo, de norte a sur y de este a oeste. La movilidad es un signo de nuestro tiempo pero ya no ocurre como antaño, cuando el movimiento se demostraba andando. Aunque la naturaleza humana esté en movimiento y el reposo absoluto equivalga a la muerte no hay manera de que nos pongamos en marcha en el coche de San Fernando, en un autobús de línea e incluso en el sacrosanto metro de Bilbao, tan adorado de boquilla como la Amatxu de Begoña. Bueno, en realidad tampoco la gente sube con asiduidad a la basílica.

Vistos los números actuales, el coche de hoy equivale a un caballo en el Lejano Oeste. Cualquiera que se preciase rehusaba la diligencia, donde solo viajaban, si hacemos caso a John Ford y demás cinestas, señoritas y agentes de la ley con un forajido preso o el servicio postal para llevar, de banco a banco, lingotes de plata y oro. Esos mismos ángeles custodios defendían el botín de los forajidos y la vida de los indios apaches a base de tiros porque los caballos del carruje eran siempre más lentos que los de John Wayne. Visto así, la gente fue aficionándose a un caballo propio, a un coche. Y cualquiera les baja de ahí.