Manifiesto taurino

Por Ignacio Lloret - Jueves, 5 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

HaCE unos días, la Unión de Criadores de Toros de Lidia y las asociaciones ganaderas firmaron un manifiesto como respuesta a las declaraciones del alcalde de Iruñea, Joseba Asiron, en las que este afirmaba que en el futuro “veía unos Sanfermines sin corridas”. En el escrito mencionado arriba, los taurinos no solo negaban esa posibilidad sugerida por Asiron, sino que se atrevían a exigirle una rectificación.

La reacción tan inmediata, incluso amenazadora, de los firmantes del manifiesto revela hasta qué punto han sido oportunas las palabras del dirigente municipal. Ante lo inminente de las fiestas que organiza su ciudad, el alcalde ha considerado necesario recordar a quienes las celebran que las cosas cambian con el tiempo, que todas las tradiciones son revisables y que, en definitiva, nada es para siempre. Su recordatorio llega en el mejor momento posible por las fechas en que nos encontramos, pero también porque refleja de algún modo una serie de sensibilidades que no existían hace años entre la población y que ahora la llevan a pensar de otra manera. No hace falta ser animalista para darse cuenta de que ya no puede haber espíritu festivo basado en el sacrificio de otros, en el dolor ajeno, en la muerte inopinada y sangrienta de terceros. No hace falta ningún sabotaje de corralillos ni instalaciones para que la gente acabe rechazando usos que ya no tienen sentido, que se han vuelto anacrónicos.

No, no somos los mismos de antes. Afortunadamente, nuestra sociedad evoluciona. El progreso del hombre no se evidencia solo en la adquisición de conocimientos o destrezas, sino en la incorporación de nuevas empatías, en la activación de nuevos interfaces o códigos que le permitan entender y comunicarse con otros seres vivos. No es en las viejas ideologías, sino en esas revelaciones que experimenta cada persona a lo largo de la vida donde puede evaluarse su nivel de desarrollo. Gracias a ellas, hoy la mayoría es capaz de comprender que los animales sufren igual que nosotros, que su cuerpo es un conjunto de órganos y tejidos tan vulnerable como el nuestro. Y es que, como ya escribía a mediados del siglo XIX Henry David Thoreau, el gran autor de Walden o la vida en los bosques, “también la liebre llora como un niño en su agonía”.

Está claro que la respuesta de los criadores es una llamada de socorro. Es el canto del cisne de quienes no tendrán más remedio que adaptarse a los tiempos. Ellos saben que las corridas de toros son algo del pasado, pero se resisten a aceptarlo. La pobreza de sus argumentos les delata. Frases como “no existe en ningún caso la posibilidad de celebrar encierros sin corridas de toros en Pamplona” o “recordamos que las corridas de toros justifican la celebración de los encierros” denotan, por un lado, el tono intolerante e impositivo que emplean en su comunicado y, por otro, la ausencia de fundamento en sus razones. Por mucho que ellos la juzguen inviable, cualquiera puede imaginarse para los Sanfermines la alternativa menos brutal de soltar a los astados por la mañana sin tener que matarlos por la tarde. Y llegado el caso, si el gremio se niega a poner los animales a disposición, quizá sea el momento de modificar la fiesta de verdad, de reinventarla desde sus raíces para que sobreviva.

No es la primera ocasión en que alguien se muestra escandalizado por la posible desaparición de un hábito social. Hace unos años, al aprobarse la ley antitabaco que prohibía fumar en espacios públicos, los hoteleros pusieron el grito en el cielo afirmando que esa medida supondría “la ruina del sector”. Pues bien. No solo no ha sido así, sino que hoy incluso los fumadores están de acuerdo con la reforma. En cuanto a los dueños de los locales, deben de sonrojarse de vergüenza cada vez que hacen el arqueo en su negocio, cada vez que comprueban cómo la realidad de los números echa por tierra todas sus profecías de vía estrecha.

Hay individuos de los que no cabe esperar dotes de visionario. Ni ánimo renovador. Ni el valor de revisar convicciones obsoletas. Ni la valentía de denunciar prácticas absurdas en el seno de una corporación. Ni la humildad suficiente para admitir logros conseguidos por otros. De ellos no vamos a obtener ningún cambio de costumbres, ni introducción de mejoras, ni un talante abierto hacia formas diferentes de vida. No solo no van a proponernos nada nuevo, sino que van a intentar golpearnos con lo viejo con la saña de quien se sabe incapaz.

No, de todos esos no esperamos ningún apoyo, ninguna clase de comprensión. Nos conformamos con que no entorpezcan el avance inexorable de lo que viene.