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Del azulito al rojito

Los recuerdos en autobús de Alfonso Gil se remontan a su etapa de niñez y no tanto a la de su madurez. Para él viajar en transporte público es sinónimo de libertad

Por Sandra Atutxa Fotografía de Oskar González - Sábado, 7 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

ES inevitable. Esperando junto a Alfonso Gil al Bilbobus 77 -el que llega hasta el barrio del Peñascal- se acerca una señora y le dice amablemente al concejal de Movilidad: “Alfonso, quiero un autobús que llegue a mi casa a las dos de la mañana”. A la carta. De Bilbao sí, pero... “Ya nos gustaría llegar a todas las casas de todos los bilbainos, señora, pero siento decirle que el autobús no es un taxi”, le responde Gil. Acompañamos a Gil en un recorrido en autobús. Saca su tarjeta Barik que carga todas las semanas y elige el barrio que le vio crecer, Rekalde. “Me van a hacer en DEIA un reportaje”, le avisa Gil al conductor con una sonrisa. Se sitúa en medio del autocar, de pie.

No cabe duda que el transporte público ha avanzado y nada tiene que ver con aquellos años en los que Alfonso, siendo un niño cogía el azulito para ir al colegio Calvo Sotelo, en Basurto. “Tuve que moverme solo desde muy joven y lo hacía en autobús. Mis padres trabajaban y yo solía coger el azulito muy temprano para acercarme hasta la calle Labairu. Mi madre tenía la carnicería en el mercado de Abando y antes de ir a clase desayunaba con ella todos los días”, recuerda emocionado.

En aquellos maravillosos años la vida de Gil se fue proyectando día a día a través de las cristaleras de aquellos autobuses de color azul que transportaban a los vecinos de Rekalde hasta el centro de la villa;un autobús que tenía paradas a demanda. “Paraba donde le pedías. Aquello sí que era lo más parecido a un autobús taxi. Me solía dejar justo enfrente donde mi hermano tenía el gimnasio. Subía desde Campuzano, Gordoniz y me dejaba en la parte baja de Rekalde”, recuerda Gil. En su opinión, contar con un transporte eficaz y cercano es el objetivo con el que trabajan desde el Ayuntamiento. “El transporte público cohesiona mucho. El éxito del transporte público es que todo tipo de personas, independientemente de su estatus social, lo utilizan”, relata.

Ha llovido mucho desde aquellos recorridos en el azulito y ahora, cuarenta y dos años después, Alfonso regresa a Rekalde, en un autobús más moderno y rojito. Sus historias en los autobuses se remontan a su etapa de niñez y no tanto a su época de madurez. “Mucho años he estado sin poder montarme en un autobús”, lanza.

La amenaza de ETA le robó muchas cosas, entre ellas algo tan sencillo como poder viajar en transporte público. “Tenía que utilizar coche e iba acompañado de guardaespaldas”, recuerda. Y añade. “Por eso ahora, montarme en un autobús para mí es libertad. Es como una bombona de oxígeno”, confiesa Gil.

Afortunadamente esa etapa marcada por el miedo, por la inseguridad quedó atrás en el País vasco, según Alfonso, sin que en él haya quedado un ápice de rencor. “Hay que mirar siempre hacía delante;mirar por el retrovisor hay que hacerlo, pero lo justo, solo para saber lo que hay detrás, para nada más”, apunta el edil bilbaino.

En un cuarto de hora la línea 77 alcanza el barrio de Rekalde y ahí vuelven a aflorar en Gil los recuerdos de su infancia. “Mira, mira, allí, debajo del puente de la autopista jugábamos a béisbol con palos y piedras. Ya rompimos algún que otro cristal”, dice apuntando con el dedo. Toca el timbre para solicitar parada. “Nos bajamos aquí y tomamos algo en mi barrio”.