Asun Casasola, madre Nagore Laffage

“Seguiré luchando para que no haya más Nagores ni ‘Manadas”

Asun Casasola muestra una fotografía de Nagore Laffage. (Ruben Plaza)
Asun Casasola toma en sus manos la fotografía de su hija con el lema “Nagore, por tu ausencia”, utilizada en las concentraciones de repulsa. (Ruben Plaza)

Asun Casasola, honra la memoria de su hija, Nagore Laffage, a los diez años de su muerte

“Manadas’ ha habido siempre, la diferencia es que ahora se denuncian los hechos” “Se sigue cuestionando a las víctimas y eso les retrae a la hora de denunciar los hechos”

Jorge Napal - Sábado, 7 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

donostia - Tres vecinas charlan animadamente junto al número 6 de la calle Arbesko Errota de Irun. La escena no guarda relación alguna con la de aquella fatídica mañana, de la que hoy se cumple un década. La noticia había corrido como la pólvora. Una nube de medios de comunicación trataba de tomar las primeras declaraciones a una familia desconcertada que no acababa de asimilar lo ocurrido. ¿Cómo hacerlo? Al parecer, habían matado a una joven de Irun. Al parecer, había ocurrido en Iruñea. Lamentablemente, todo era cierto.

Aquella chica, Nagore Laffage, que habría cumplido 30 años, se ha convertido en un símbolo de lo que jamás debió ocurrir. El grito de no es no, hoy tan popular y coreado en un sinfín de ocasiones, lleva su sello. La respuesta social e institucional contra la violencia machista cambió radicalmente tras el crimen perpetrado por José Diego Yllanes, autor confeso de la muerte de la enfermera.

El psiquiatra goza hoy de libertad condicional tras una condena a doce años y seis meses de cárcel por un homicidio que para buena parte de la sociedad fue un asesinato. Aquel fallo abrió una brecha entre la Justicia y la ciudadanía que, con el curso de los años, no ha dejado crecer. Yllanes tiene un futuro por delante. Nagore jamás tendrá la oportunidad de rehacer su vida.

Entre las mujeres que departen tranquilamente en torno al número 6 de la calle Arbesko Errota camina discretamente Txomin Laffage. El padre de Nagore nunca ha sido amigo de los medios de comunicación. “Sigo en mis trece. Prefiero mantenerme en un segundo plano porque al hablar de mi hija se me hace un nudo en la garganta”, reconoce con una sonrisa desfallecida.

Asun recibe a este periódico en la habitación de Nagore, donde parece no haber transcurrido el tiempo. A la joven le encantaban los bombones. Su madre le sigue poniendo cajas de dulces en las baldas de su habitación, como si aguardara su regreso un día de estos. “Transcurrido un mes me los acabo comiendo, pero siempre los repongo. Los bombones le encantaban y, aunque parezca un detalle menor, para mí es una manera de mantener vivo su recuerdo”, sonríe su madre con un poso de nostalgia.

Apenas han transcurrido cinco minutos de conversación. Asun, solícita como siempre, se deja retratar para ilustrar gráficamente el reportaje, e intenta dar respuesta a una pregunta que le emociona aferrándose a uno de los osos de peluche que le encantaban a Nagore. Asun es una mujer de acción. Dice que seguirá alzando la voz mientras conserve las fuerzas, como lo hará hoy en la concentración que tendrá en el Ayuntamiento de Irun, que se iluminará de morado, como el de Iruñea. La sentencia de La Manada, que desató una tormenta política y social, es un tema de conversación inevitable. “En realidad, Manadasha habido siempre, la diferencia es que ahora se denuncian los hechos. La sociedad está evolucionando, pero tenemos que seguir dando pasos. Así lo quise reflejar durante el pregón al que me invitaron durante los sanmarciales. Tenemos que ganar en respeto, tenemos que seguir alzando la voz para que no haya más Nagores ni Manadas”.

“Lo peor de estos hechos execrables es que encima te sientas cuestionada”, se indigna la madre. Todavía me acuerdo -continúa- algunas preguntas del jurado. Insistían en saber si era ligona, como si eso justificara algo. Es ese tipo de cuestionamientos los que siguen retrayendo a muchas mujeres a denunciar. Mi hija ni siquiera pudo hacerlo. Entre La Manada y el de Nagore hay matices. Los miembros de ese grupo de amigos, por llamarlos de alguna manera, se fueron tan tranquilos después de la violación porque su víctima no les conocía. Actuaron impunemente, sumándose a la fiesta tan tranquilos, al amparo del anonimato.

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