Bis a bis

Torturas y terrorismo: las falsas simetrías

Por Juanjo Álvarez - Domingo, 8 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h.

LA guerra contra ETA fue dura, fue sangrienta y muchas veces fue sucia. Alguien tenía que hacerlo”. Entre chuscamente vanidoso, burlón y con un punto de fraternidad chulesca al referirse al comportamiento en los interrogatorios policiales de los miembros del cuerpo de la Guardia Civil y de la Policía Nacional. Así explicó Manuel Pastrana en un programa de TV3 el “todo vale”. De hecho, y hablando siempre como colectivo, en plural y no en primera persona o como autor de hechos aislados, declaró que a ETA había que combatirla “como se pudiera”. “Hemos hecho las cosas como debíamos hacerlas, prueba de ello es que se ha terminado”.

Al ser preguntado sobre si era habitual pegar a los detenidos durante las acciones llevadas a cabo con el fin de obtener información afirmó entre irónico y socarrón que “no vas a invitar a un café a un detenido, hay que sacárselo como se pueda. Tanto la Policía como la Guardia Civil, como todos los servicios”.

Añadió que “los vascos, por regla general, son blandos. Cuando se les toca un poquito cantan”. “Entre los etarras había algunos muy listos pero había otros muy pardilletes, en cuanto les tocaban un poquito cantaban”. “¿Son torturas? ¿Se puede hablar de torturas?”, preguntó la presentadora, a lo que respondió con un contundente “obviamente”.

Comentar sin indignarse este penoso y lamentable ejemplo de desviación de poder y de vulneración de derechos fundamentales con plena impunidad no es fácil, pero merece una reflexión. Es inadmisible hablar de tolerancia cero para ciertas vulneraciones de derechos y mirar para otro lado ante flagrantes ejemplos de violaciones de otros derechos fundamentales.

Solo si nos rebelamos contra unas y otras vulneraciones legitimaremos la reivindicación de la paz, la superación de trincheras mentales que permiten a unos y a otros contemplar con diferente nivel de aceptación moral las violaciones de derechos fundamentales, según de donde provengan. La vida, la integridad física y moral, la dignidad, la ausencia de violencia no admiten gradación en función de la víctima o del agresor.

Por encima de otras valoraciones, como la que merece el escándalo político, jurídico y ético derivado de que todas las sentencias condenatorias por delitos de torturas o malos tratos hayan sido burladas por el Gobierno español de turno mediante el recurso sistemático al indulto de los policías condenados, quisiera llamar la atención sobre otro aspecto, clave para el reto de la convivencia.

Me refiero a las falsas simetrías, que durante mucho tiempo han tratado de poner en el mismo plano a agresor y a agredido y que condujo en ocasiones, y tras el repudio, el rechazo y la condena a ETA a la “comprensión” ante la reacción y el comportamiento de los policías que recurrían a la tortura o a los malos tratos. Algo inadmisible salvo que aceptemos la ley de la selva y el fin de la vigencia de los principios democráticos.

El fenómeno no es nuevo: en otros contextos, las hemerotecas están llenas de argumentos mediante los cuales, por ejemplo, se “comprendió” y justificó la reacción de Estados Unidos tras el 11-S, o la reacción de Israel tras los ataques de Hamás... Y así se acaba cayendo en el perverso juego de falsas simetrías, justificando flagrantes vulneraciones de derechos individuales o de la legalidad bajo una posmoderna concepción del ojo por ojo y diente por diente.

Cuando en aras de la seguridad se vulneran derechos fundamentales se está otorgando a los terroristas una primera victoria. Es inadmisible hablar de tolerancia cero para ciertas vulneraciones de derechos y mirar para otro lado ante flagrantes ejemplos de violaciones de otros derechos fundamentales.

Ninguno de todos los argumentos que -con alivio cabe utilizar la forma verbal del pretérito- fue factible exponer frente a las acciones terroristas de ETA, ninguno, debe permitir legitimar, amparar, comprender o justificar el recurso a la tortura o a los malos tratos. Ninguno.

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