“Yo llegaba a casa y pensaba que no había sido madre”

Eider, Edgar, Ares y Hugo realizan ejercicios específicios para recién nacidos en el centro Maternaly de Erandio. (Foto: Juan Lazkano)

Dos padres primerizos relatan su experiencia tras el nacimiento prematuro de sus dos hijos

“No pude ver a mis hijos hasta tres horas después de que nacieran” “Pasaron 20 días en la incubadora. Sabes que es para bien, pero es muy duro”

Aner Gondra - Domingo, 8 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

erandio - La mañana del pasado 15 de marzo Eider Cortabarria sintió algo raro. Tuvo una pérdida. Faltaban aún seis semanas para salir de cuentas pero, aunque ya había sufrido un aborto, mantuvo la calma. Le dijo a Edgar, su pareja, que estuviese tranquilo, que se iba a pasar por el centro médico de Zalla para confirmar que los dos mellizos que cocinaba a fuego seguían en perfecto estado y a otra cosa mariposa. Se duchó. Desayunó. Se maquilló. Y se fue tan tranquila. Ese día nacieron Ares y Hugo tras solo 34 semanas de gestación.

Eider, donostiarra, se había sometido a un tratamiento de fertilidad. Junto a Edgar Etxebarria, de Güeñes, había llegado a esa decisión tras el golpe que supuso el anterior embarazo fallido y el temor al correr del famoso reloj biológico. “Piensas que tienes 40 años y cuántos tendrás cuando tus hijos tengan 20”, apunta Edgar. El tratamiento fue eficaz. La noticia de que eran dos los niños en camino no les asustó en absoluto. “El médico nos miraba a ver qué cara poníamos”, recuerda Eider, “pero yo lo encajé bien”.

La mañana en la que se adelantó el parto todo ocurrió muy rápido. “Te preocupa porque es pronto”, dice Eider. “Lo de que los gemelos se adelanten es tan normal, que ya sabes que van a nacer antes de la fecha”, explica Edgar, “lo que te preocupa es cuánto se van a adelantar. Estás siempre pensando que se pase esta semana, que se pase esta semana… Llegar a la 35 es como un objetivo a cumplir”. Sus hijos nacieron en la semana 34.

Una vez en Barakaldo, se sucedieron las escenas típicas de un alumbramiento. Pero en un momento dado el ambiente cambió drásticamente en la sala de partos. “El parto fue horrible”, confiesa la joven guipuzcoana, “si me hubiese muerto en ese momento, no me hubiera importado. Era mucho dolor. Utilizaron fórceps, ventosas…”. Todo porque la segunda bolsa no estaba rota.

Ares, que después ha hecho honor al dios de la guerra, su tocayo, fue el primero en nacer. “Pero luego el otro tardó mucho en salir y en ese tiempo sufrieron mucho la madre y el niño”, se lamenta el padre, “al principio estuve con ella y con las otras quince personas: cuatro matronas, dos o tres anestesistas… Allí había de todo”. Cuando la cosa se torció, Edgar tuvo que dejar a Eider sola ante el peligro: “Empezaron a mirarse entre ellos y vieron que tenían que utilizar todas sus herramientas. Me pidieron que saliera y me quedé en la puerta escuchándoles a ellos y a ella. No sé si es mejor quedarse dentro o fuera. Oí llorar al primero y pude verlo un poco cuando ya le habían entubado. No pude cogerlo”.

En esos casos la prioridad es el bienestar de los recién nacidos, por lo que el primer contacto entre los niños y su madre tuvo que esperar: “Yo ni los vi”, se queja Eider, “nacieron sobre las 8.00 horas y hasta las 11.00 no los pude ver. Todo ese tiempo estuve llorando y preguntando por los niños”. Los médicos le aseguraban que estaban bien, pero la cara de angustia de Edgar sembraba las sospechas dentro de Eider: “Pedí que me subieran a verlos estuviese yo como estuviese”.

Tres kilos novecientos gramos es lo que sumaban Ares y Hugo al nacer, pero después llegarían a perder 300 gramos cada uno. A pesar de su adelanto, los críos no sufrieron grandes males. “Tenían la bilirrubina alta, algo normal en prematuros y les metieron 20 días en la incubadora”, relata Edgar, “por eso están tan morenos”. Esas tres semanas ingresados en el hospital fueron difíciles para los padres primerizos. “Yo llegaba a casa y pensaba que no había sido madre, porque no tenía los niños”, recuerda Eider, “me pasaba la noche llorando. No te lo crees hasta que te los llevas a casa”. “Estás en tu casa pensando que están allí por una razón y que es para bien”, aclara Edgar, “te vas jodido a casa, pero ellos están allí bien. Es muy duro”.

Tres meses y medio después Hugo y Ares gozan de una salud estupenda y, mirando atrás, sus padres aseguran no tener recuerdos amargos de su llegada antes de tiempo: “La verdad es que ahora se te olvida todo lo malo”.

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