La convivencia justa y estable gure esku dago

Por Etiker - Lunes, 9 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

CONVIVIR es algo más que vivir el uno junto al otro. Difícil decir algo que no se haya dicho sobre la disolución de ETA y su repercusión en la vida social y en la convivencia. No se puede obviar el sangriento pasado padecido, ¡hágase justicia y aclárense las posturas ocultas con ideologías interesadas! Pero tampoco se puede construir el presente y el futuro dando vueltas siempre a lo mismo: vencedores-vencidos, terrorismo, odio, venganza, conflicto, traidores-cómplices, héroes, etc., etc. La convivencia democrática exige un esfuerzo especial por parte de todos.

I.- Una sociedad fracturada. La sociedad sigue fracturada. Entre nosotros hay categorías de personas diferentes. Es difícil andar en ciertos ambientes y círculos de vida sin ser insultados o ignorados. Todavía hay homenajes politizados más allá de la compasión y el recuerdo, a la vez que recibimientos y exaltaciones triunfales a quienes han segado vidas o conculcado derechos humanos fundamentales. La visualización obscena de estos hechos desautoriza radicalmente a los que a continuación afirman, que quieren la paz y la concordia para nuestro pueblo. Algunos son tildados de “traidores”, otros de extranjeros o extraños. No se ha superado el estigma de su militancia o de sus opiniones. Superar el miedo, el odio y el síndrome de la colaboración o delación, va a necesitar tiempo, vencer prejuicios y un cambio de postura en muchos de nosotros. Aunque la referencia a ETA ha desaparecido del círculo de amigos y familiares, todavía es un tema que quema, pero la batalla del relato nos enfrenta. La verdad de los hechos nos exige la fidelidad a los mismos. Otra cosa son las interpretaciones interesadas. Sabemos que la verdad ideologizada no coincide con la verdad objetiva de los hechos, y menos en medio de una confusión verbal artificialmente creada.

El conflicto político, tal como lo ha entendido ETA o los gobiernos español y francés, nunca ha sido analizado y estudiado con la profundidad e imparcialidad necesarias. Apenas se han dado encuentros donde se haya planteado o cuestionado el modelo territorial del Estado, ni el contenido de la soberanía nacional. Una cosa es poner precio político al cese de la violencia y otra diferente la consideración, para un núcleo importante de la población vasca, de un reconocimiento jurídico de la peculiaridad territorial del Pueblo vasco. La desaparición de ETA es interpretada por algunas instituciones y colectivos españoles como la derrota del nacionalismo vasco, imputando responsabilidades inexistentes y admitiendo, por ello mismo, el carácter político de la acción terrorista de ETA.

II.- El compromiso del trabajo diario.

Ha desaparecido ETA como organización armada, pero no como un recuerdo sangriento que condiciona nuestras conciencias y nuestra convivencia. La regeneración de la convivencia y el entendimiento en los pueblos, barrios, centros urbanos, culturales o deportivos necesita de otros valores éticos y otro ambiente de encuentro amistoso. Sin él, a pesar de muchos discursos y planes, avanzaremos muy poco. Es en la base de nuestras relaciones diarias en los pueblos, en el trabajo y en el ocio, donde sufrimos y nos alegramos. Es ahí donde construimos pueblo y no masa, por eso afirmamos que convivir es mucho más que tolerarse o vivir juntos, ignorándose o acaso odiándose. Esto no se improvisa, se construye. Es un gran peligro para lograr un suelo social y ético y avanzar en la convivencia, insistir en la equidistancia de todo lo sucedido y justificar lo injustificable. En este sentido, se ha dicho con razón que es necesario trabajar la memoria inclusiva. Aunque el juicio político y ético es diferente, el dolor es igual a todas las víctimas, como también lo debe ser la reparación.

Ha llegado también el momento de una nueva política penitenciaria. Primero, con el acercamiento de los presos enfermos graves y, en su caso, de todos los demás. Y después la flexibilidad para el paso de los distintos grados en una política individualizada de reinserción. Es una exigencia ética y una petición largamente expresada por la mayoría de la opinión pública vasca, pero en ella deben de coadyuvar eficazmente los mismos presos y su entorno.

Es necesario proteger y mejorar las relaciones interpersonales e institucionales. El que sabe dialogar sobre unas bases éticas fundamentales y sin imposiciones, está en el camino de la verdadera convivencia. Es normal que se den proyectos e ideas divergentes al abordar la solución de los problemas cotidianos, pero hacer del permanente enfrentamiento en la calle y en las instituciones la solución de todos los problemas, es negar un principio básico para la convivencia. No es verdad, sino mentira, que para avanzar en la justicia es necesario desarrollar ese corrosivo principio de cuanto peor, mejor. En este radical enfrentamiento no gana nadie y a medio plazo perdemos todos. Sobran amenazas, coacciones legales y sociales, pintadas, carteles y pancartas insultantes, prohibiciones gratuitas, manifestaciones y proclamas donde la manipulación y las medias verdades se presentan como elementos incuestionables.

III.- La renovación de la convivencia está en nuestras manos, gure esku dago.

Tenemos por delante un gran camino a recorrer. Destruir es fácil, construir difícil. Queremos sanar un pueblo herido, acercándonos a los que más sufren social y políticamente. En Euskal Herria hemos superado situaciones difíciles. También lo podemos hacer ahora. Sólo así superaremos el pasado. Si proclamamos sin rubor en otras facetas de la vida política “gure esku dago”, también en la revitalización de la convivencia podemos afirmar igualmente “gure esku dago”.