El sacacorchos

El metro cúbico

Jon Mujika

Por Jon Mujika - Miércoles, 11 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

ES curioso que se le llame ola de calor a ese fenómeno atmosférico que solo se cura con agua. Dicho esto, la realidad es que el verano altera las perspectivas y las entendederas de aquella manera. No por nada nos pasamos diez meses al año anhelando un metro cuadrado de más y en estas fechas la medida más deseada es otra: el metro cúbico, si no me falla la memoria de las enseñanzas de los jesuitas.

Para quienes no dieron alguna de aquellas clases -o la dieron hace tanto tiempo ya que les falla la memoria...-, les diré que esa es la unidad de medida de los líquidos cuando ocupan un espacio sólido. Dejémonos de lecciones de EGB (ya sé que hoy los cursos se calibran de otra manera pero, qué quieren que les diga: soy un clásico...) y hablemos en plata: a lo que el personal aspira es a un pedacito de piscina libre, siquiera para dar una brazada sin sacarle un ojo al compañero de baño.

Esa necesidad de refrescarse es casi una cuestión de vida o muerte. Lo digo porque al parecer algunas de esas personas que guardan cola y se quedan sin una brizna de hierba, sin una gota de agua pierden el oremus y organizan una barahúnda, saltan los tornos y lanzan una retahíla de insultos. ¿Será que el calor les hace perder el sentido común o es que venían de casa con la educación ya perdida? Ocurre en las piscinas públicas y hasta en el funicular, que no parece un medio de transporte nada refrescante.

El insulto es el pan nuestro de cada día de un porcentaje de gente que tiene el mecagüeny el hijuéen la boca con insistencia. Todos conocemos a alguien. Les dices “buenas tardes” como un saludo y te espetan un “tu puta ma...”. Son gente que también puede medirse en metros cúbicos. Van de gallos y se derriten de miedo a las primeras de cambio y lo niegan todo. “Yo, yo no te he insultado, ¡cabrón!”. Y se quedan tan anchos.

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