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David Byrne, cerebro, arte y baile bajo una lluvia inmisericorde en Kobetamendi

El veterano músico aunó música bailable y exótica con una cuidada puesta en escena, teatro, danza y reflexiones sociales

Andrés Portero - Domingo, 15 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

Bilbao - Un concierto como el de David Byrne, exlíder de Talking Heads, en la segunda jornada de un festival indie como el Bilbao BBK Live, es un milagro. El veterano compositor, músico y cantante deslumbró con una fiesta arty y reflexiva sobre el hombre y la sociedad actual en la que no faltó una cuidada puesta en escena deudora de la danza y el teatro de vanguardia, y un fondo de sonido bailable, entre la raíz y lo contemporáneo. De 10, a pesar de la lluvia inmisericorde.

Talking Heads (1977-1991) coincidió en el tiempo con la oleada punk estadounidense pero la banda, sobre todo Byrne, poco tenía que ver con Ramones o Dead Kennedys. Él aportó clase e intelectualidad a una generación surgida de la calle y que tenía (mayoritariamente) el grito y la rabia como armas. Le interesaba más la música como un medio permeable a otras artes y culturas con el que influir y hacer reflexionar a la sociedad.

Y en ello sigue a sus 66 años. Y en magnífica forma, tanto física como artística. En una jornada marcada por otro llenazo y la lluvia, que mojó a todo el mundo, tanto al público como a los músicos, Byrne apareció solo en un escenario desnudo y enorme, con forma de caja precintada por flecos metálicos. Bueno, solo no;sentado a una mesa y con un cerebro en las manos, al que cantó Here, aludiendo a la confusión que nos domina. Resultó solo el primer apunte de un concierto inhabitual y magnífico.

En Lazy, primer fogonazo rítmico que marcó el tono musical de una fiesta marcada por el baile constante, ya se fueron sumando los músicos, como saliendo de la nada, detrás de los citados flecos. ¡Hasta once! Todos ellos descalzos, como el líder, uniformados con el mismo traje gris y desbocados de ritmo con la llegada de I Zimbra, primera parada en la estación Talking Heads, que Byrne asumió orgulloso aunque obviando alguno de sus éxitos populares, como Psycho killer, Heaven o Road to nowhere.

Con micrófonos inalámbricos y libres de rémoras, el multitudinario grupo de músicos (con tambores y teclados colgados de la cintura) se convirtió en el reflejo del líder, en otro magnífico instrumento más para comunicar, hacer reflexionar e invitar al baile. El latido rítmico (hasta un total de seis percusionistas llegaron a juntarse) condujo el concierto y la fiesta.

Teatro y danza Byrne aprovechó bien su conocida torpeza motriz para liderar escenografías bailables en todas las canciones, que nos llegaron a modo de performances, entre la danza y la representación teatral, y con un uso sobresaliente del apoyo luminotécnico y los efectos. Demoledor en el caso de Blind, con el escenario fundido a negro y un uso de las sombras que nos recordó a su mítica giraStop making sense, filmada para la historia por Jonatham Demme;más tenue fue en la canción compartida en disco con Saint. Vincent, con un haz de luz que simulaba una pantalla televisiva.

Tumbado en el suelo, girando o apoyando su cuerpo en sus dos magníficos coristas, también actores y bailarines, Byrne no dio tregua rítmica, apenas con la bella Every day is a miracle, que proyecta el leit motiv de su último disco, que busca la reflexión ante “un mundo del que no estamos satisfechos”, donde apenas somos turistas ante un espectáculo en el que el ser humano pierde la batalla ante la tecnología y la ficción se disfraza de verdad.

Apenas incomodó la lluvia ante el rescate de temas de su exgrupo que intercaló con otras propias, arriesgando algún baile en un escenario mojado en su parte más cercana al público. Innovador y valiente, Byrne, entre la batucada y la marchin’ band, se fue con Hell you Talmabout, canción protesta, feminista y antirracista de Janelle Monáe que sonó en la marcha de mujeres sobre Washington, en 2015. Nos dejó un poso de esperanza. De que podemos bailar, sí, pero también reflexionar, decidir y actuar. Lo dicho, un milagro para el festival;y para el arte del siglo XXI.

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