Los liberadores inmediatos de Baroja el 22 de julio de 1936

Vista general de la cárcel municipal de Doneztebe. (Sabino Arana Fundazioa)

El 22 de julio de 1936 el escritor Pío Baroja fue detenido y encarcelado en Doneztebe junto a dos acompañantes cuando se dirigían a ver la columna de militares y requetés que de Iruñea se dirigían al frente de Irun

Un reportaje de Fernando Mikelarena Peña - Miércoles, 18 de Julio de 2018 - Actualizado a las 12:49h.

Recientemente se ha publicado una novela en cuya parte final se aborda un relato parcialmente metaficcional sobre la detención y el encarcelamiento sufrido por Pío Baroja la tarde y noche del 22 de julio de 1936. Como es sabido, el escritor, que iba acompañado por dos conocidos (José Ochoteco, uno de los dos médicos de Bera, y un policía de la Aduana del pueblo llamado Federico Vizcaíno Ochoa) en un viaje al pueblo de Almandoz para ver la columna de militares y requetés que de Iruñea se dirigían al frente de Irin, sufrió dos detenciones por parte de esas tropas, siendo encarcelado, junto con sus compañeros, en la cárcel municipal de Doneztebe. El escritor y el médico salieron a las pocas horas, no así el policía, alojándose aquellos bajo la protección del médico de Doneztebe, César Aguirre, pudiendo regresar a Bera al día siguiente.

La novela a la que nos referimos se titula La otra vuelta del camino (Iruñea, Ipso, 2018) y su autor es Daniel Ramírez García-Mina. Nos ha sorprendido por su levedad. Parece un remedo ligero de Soldados de Salamina, novela publicada en 2001 por Javier Cercas y llevada al cine dos años después, quizás el ejemplo más alabado de aquella novelística metaficcional por estas latitudes.

Ramírez reconstruye el incidente Baroja según una de las versiones proporcionadas por el escritor. Pero curiosamente prescinde totalmente de las aportaciones surgidas en relación con dicho episodio durante los últimos años y que han tenido en cuenta los relatos del escritor y de sus familiares. Los comentarios de Miguel Sánchez-Ostiz en sus diversas obras (sobre todo en Tiempos de Tormenta) son completamente ignorados. También son desatendidas las numerosas informaciones que yo he facilitado en mi libro Muertes oscuras. Contrabandistas, Redes de Evasión y Asesinatos Políticos en el País del Bidasoa, 1936 (Arre, Pamiela, mayo de 2017) y en el artículo publicado en la revista Memoria y Civilización “La memoria de Pío Baroja y la memoria compartida de su familia sobre su detención y encarcelamiento el 22 de julio de 1936. Una recapitulación a partir de nuevos datos”, este último presente en Internet. En esas contribuciones se ratifica totalmente la opinión de Sánchez-Ostiz de que las diferentes versiones de dicho episodio dadas por Baroja y su familia incurrieron en numerosas contradicciones y tergiversaciones. De forma llamativa, Ramírez, a pesar de de no citar esa bibliografía preexistente y de participar del juego de sombras y de las maniobras de despiste de la familia Baroja sobre los artífices de la liberación del escritor, avala, sin pretenderlo ni admitirlo, nuestras tesis sobre quiénes fueron estos últimos.

Ramírez incorpora un único elemento nuevo a lo ya conocido: una grabación de 1972 realizada por Pío Caro Baroja a César Aguirre, el médico de Doneztebe, en cuya casa se refugiaron Baroja y Ochoteco. En esa grabación Aguirre se reivindica como el artífice de la liberación del escritor y de su acompañante, lo que no es creíble. Afirma que cuando se enteró de la detención localizó al sargento Zubizarreta, del puesto de Doneztebe, para que el condujera a la cárcel municipal donde estuvo con los detenidos. Aguirre conocía a Baroja y a Ochoteco, y se confunde con el nombre del policía al que le atribuye el apellido de otro policía de la Aduana de Bera, Santiago García Rojo. Asegura que estuvo con Ortiz de Zárate, jefe de la columna que había llegado unas horas antes al pueblo, “y estaba también un aristócrata de Pamplona, que conocí una vez en casa de Julio Ruiz de Alda”. Según su versión, Ortiz de Zárate dijo que contra Baroja “no tenía nada en contra, que no había por qué tenerlo detenido” y que sería puesto en libertad al salir la columna. Aguirre propuso que al marchar la columna ambos fueran a su casa, a lo que accedió el militar. El médico de Doneztebe recordaba que sus dos interlocutores se preguntaron qué tenían los requetés contra Baroja, ya que este había escrito “contra los carlistas, pero también contra los comunistas”. Acordaron con él que se los llevara una hora después de que saliera la columna, pero como esta no salía, Zubizarreta accedió a liberar a los detenidos a las dos de la mañana.

En el resto del libro, Ramírez se pregunta infructuosamente por la persona de ese militar que acompañaba a Ortiz de Zárate. Aunque desde la familia Baroja se le comentó que podía ser Javier Andrade-Vanderwilde, una hija de este no lo pudo confirmar con certeza. Finalmente Ramírez menciona, en conformidad con Baroja y sus familiares, también la posible intervención de Carlos Martínez de Campos Serrano, duque de la Torre, pero sin evidencia alguna.

Esa versión no concuerda en absoluto con la facilitada ni por Ochoteco ni por el policía Federico Vizcaíno. En una carta que Ochoteco escribió a Julio Caro Baroja en el verano de 1975, y que se puede ver reproducida en Internet, aquel contradijo la versión que el etnólogo daba en su libro Los Baroja y también por Pérez Ferrero, el biógrafo cuasi oficial del novelista, y aseguró que el único que les visitó en la celda, siendo su salvador, fue el capitán Tejero.

Por su parte, la versión del policía de la Aduana de Bera Federico Vizcaíno, que tuvo que permanecer en la cárcel municipal de Doneztebe, mientras Baroja y Ochoteco salían libres, se encuentra en el Consejo de Guerra al que fue sometido y que se conserva en el Archivo de la Comandancia Militar de Iruñea. Según Vizcaíno, los tres viajeros fueron detenidos en el cruce de Doneztebe no a causa de Baroja, sino por la actitud mostrada por el propio policía el 19 de julio al no dejar pasar a un tal Enrique Ansaldo Vejarano cuando el 19 de julio intentaba pasar a Francia en coche desde Bera por el collado de Ibardin, y aquél, siguiendo órdenes superiores, no se lo permitió. Ello ya fue deslizado en sus narraciones, pero sin darle la gravedad realmente debida, tanto por Pío Baroja, en una de sus versiones sobre el episodio, como por su hermana. En la detención el propio Ansaldo habría tenido un papel principal. Luego, habrían sido llevados a Bera por Ansaldo a fines de identificación y de corroboración de la versión que daba el policía, y de nuevo trasladados a Doneztebe, donde quedaron en manos de la Guardia Civil. Según Vizcaíno, unas dos horas más tarde “un Capitán del Ejército cuyo nombre no sabe, pues no le conocía y que dijo era el Capitán Ayudante, ordenó al Sargento de la Guardia Civil, que pusiera a todos en libertad, tan pronto saliera la columna de Santesteban”. No obstante, “sobre las cuatro de la mañana y antes de que la columna hubiera salido, se presentó el Sargento dicho de la Guardia Civil, poniendo en libertad al señor Baroja y al médico, y diciendo al deponente, que sobre él tenía otras órdenes”.

El contrapunto Los recuerdos de Vizcaíno son importantes como contrapunto a la memoria de Baroja y de su familia. En la memoria barojiana Vizcaíno fue borrado o desdibujado, a pesar de que para el día 26 fue reintegrado a su puesto de trabajo, a cincuenta metros de Itzea, la residencia de aquellos.

Enrique Ansaldo no sería tan solo el responsable de la detención por el trato recibido en la Aduana de Bera el 19 de julio. También sería el anónimo aristócrata de Pamplona que estaba con Ortiz de Zárate al que se refirió César Aguirre. Este le conocería de vista por ser amigo de Julio Ruiz de Alda que se había casado con la doneztebarra Amelia Azarola. De hecho, el célebre aviador falangista estuvo como invitado en la boda de Ansaldo en 1930.

Enrique Ansaldo, hijo de la vizcondesa de San Enrique, había nacido en 1895 y era aviador, como su hermano Juan Antonio, si bien este último había conseguido mayor fama. Enrique Ansaldo tuvo mucha relación con Navarra y Pamplona. Son constantes las referencias a él en la sección de Ecos de Sociedad de Diario de Navarra durante los años veinte y treinta. Fue concejal de Pamplona en 1929-1930, portando el estandarte en la procesión de San Fermín. Se conservan fotos aéreas de Iruñea tomadas desde una avioneta suya. Fue detenido en 1932, con ocasión de la conspiración de Sanjurjo, y en marzo de 1936 por el atentado a Jiménez de Asúa y su finca de Ainzoain fue registrada por la policía. Residía en plena Plaza del Castillo. Era marido desde 1930 de Rosa Martínez de Campos y San Miguel, pariente del duque de la Torre y conde de Llovera, según los Baroja uno de los protagonistas del incidente.

Por su parte, el capitán que accedió a la celda según Ochoteco y Vizcaíno sería el capitán de Infantería Rafael Tejero Saurina, que era persona de la máxima confianza de Mola: fue salvado de la muerte por este último en Marruecos en 1921, y, en la guarnición en Pamplona en 1936, cumplimentó con éxito misiones que le encargó aquel. Para Sánchez-Ostiz sería el hombre de Mola en la columna, sabiendo “a quién y cómo dirigirse, en caso de que hubiese algún incidente extraordinario”.

Ortiz de Zárate, Enrique Ansaldo y Rafael Tejero serían, por consiguiente, los liberadores inmediatos de Baroja y de Ochoteco de la cárcel de Doneztebe a donde fueron conducidos por el segundo de ellos tras identificar al policía Vizcaíno. Cuesta creer que no hubiera trascendido el papel de Ansaldo, muy conocido en Pamplona. ¿Pudo desconocerlo Eusebio García Mina, el crítico musical de Diario de Navarra y abuelo de Daniel Ramírez? Seguramente, en relación con el incidente aludido y con tantas cosas, la memoria y el olvido, no solo el de los Baroja, se entrecruzan. De cualquier forma, tal y como apuntamos en nuestro artículo citado más arriba, varias personas relevantes más tuvieron que tener un papel determinante en la trastienda a través del teléfono, entre ellas Eladio Esparza, subdirector de Diario de Navarra y testigo directo de la detención en el cruce de Doneztebe.

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