Fuegos artificiales

Donald Trump supervisa una intervención de Brett Kavanaugh.Foto: Afp

La incendiaria propuesta de Trump para que Kavanaugh entre en el Supremo de Estados Unidos solivianta a demócratas y ciudadanos

Diana Negre. Washington - Lunes, 16 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

El 4 de julio, día nacional de Estados Unidos, se ha convertido en todo el país en una larga celebración que dura una semana entera, con millones de personas congregadas en parques y otros lugares al aire libre para disfrutar de uno de sus pasatiempos favoritos, que es el pícnic acompañado de la gran atracción que para niños y mayores tienen los fuegos artificiales. Tanto gusta esta pirotecnia que las ciudades tienen enormes presupuesto para financiarlas y, aunque el precio no lo divulgan, se estima que festivales como los de Nueva York, Boston o Washington cuestan varios millones de dólares cada uno cuando se suman los conciertos, el despliegue policial y las precauciones sanitarias. Pero los fuegos artificiales de este año han seguido más allá de la semana del 4 de julio, aunque la exhibición no haya sido precisamente festiva para todos. En la misma semana, Trump insistió en que aplicaría más aranceles a las importaciones chinas y amenazó a los aliados y rivales de que Estados Unidos está dispuesto a una guerra comercial si los demás no se pliegan a los que él considera un “comercio justo”. También los preparativos para la cumbre de la OTAN estuvieron llenos de advertencias y amenazas en vez de palabras conciliatorias para con sus aliados, sin que las aguas se calmaran en los primeros intercambios en Bruselas.

Antes de salir de viaje, el presidente participó en varios actos electorales en apoyo de candidatos republicanos para las elecciones legislativas de noviembre frente a multitudes que le vitoreaban, mientras abucheaban a sus rivales políticos y a los medios informativos. En medio de todo eso, Trump tuvo al país en vilo hasta el último momento esperando a que anunciara a su candidato para llenar una vacante en el Tribunal Supremo, cosa que hizo el pasado lunes con despliegue de furia en ambos lados del espectro político. El anuncio de su seleccionado para esta magistratura recordaba los años que Trump pasó como estrella televisiva, pues supo escoger la hora de mayor audiencia y mantener el suspense de quién sería su elegido hasta el último momento.

En este caso, no se trataba ya de fuegos artificiales, sino de disparos de cañón en una guerra ideológica y política donde nadie parece dispuesto a dar cuartel y los ánimos están cada vez más soliviantados. La selección de Brett Kavanaugh para el Supremo ofrece dificultades a la oposición demócrata que, hasta hace muy poco, tenía palabras de elogio para este juez del Tribunal de Apelaciones de Washington, formado en las mejores universidades, en las que además enseñó Derecho Constitucional e Internacional.

Bloqueo Su historial incluye la colaboración con Elena Kagan, una de las tres magistradas progresistas en el Supremo, que fue nombrada por el presidente Obama. En 2006, el Senado dio a Kavanaugh 57 votos a favor y 36 en contra (lo que significa que tuvo apoyo demócrata) para el Tribunal de Apelaciones de Washington, considerado como el más importante del país después del Supremo. Pese a todo, los demócratas se han propuesto cerrarle el camino y bloquear su nombramiento. Y ello, no tanto por la personalidad específica o el historial de Kavanaugh, sino porque no quieren a ningún candidato que Trump pueda nombrar, tanto por su lema de Resistir, que enarbolan desde las elecciones de 2016, como por la trascendencia de tener un magistrado conservador que, a sus 53 años y con un cargo vitalicio, puede tener décadas por delante para inclinar la balanza del Supremo hacia el bando republicano.

Todavía no había terminado en la Casa Blanca el acto en que Trump lo presentó, cuando las calles se llenaban ya de manifestantes con las pancartas de protesta bien impresas y con el nombre del juez, algo que indica una buena organización de la oposición demócrata, pero niega cualquier tipo de espontaneidad popular.

Las advertencias contra el aspirante a magistrado señalan incluso que “millones de mujeres” morirán si es confirmado. Aseguran que logrará prohibir el aborto y las damas que ni han tomado la píldora ni otras precauciones para evitar un embarazo recurrirán a métodos abortivos anticuados y peligrosos, o que acabará con la reforma del seguro médico, lo que dejará sin atención hospitalaria a millones de personas pobres. Ambas afirmaciones chocan con las declaraciones de Kavanaugh que se inclina a respetar las leyes establecidas y sentencias anteriores favorables a la reforma sanitaria hecha por Obama.

A todo esto, Trump parece convencido de que le están haciendo un favor, a él y a sus correligionarios. Cree que la campaña demócrata es tan extrema que volverá contra el partido a la gente moderada y enardecerá a los muchos que hoy favorecen al presidente, de forma que las elecciones legislativas de noviembre darían una mayoría más amplia que la actual al Partido Republicano. Y podría tener razón: las encuestas indican un aumento constante en la popularidad del presidente-millonario, algo explicable por las mejoras en la economía de los votantes. Tal vez hay pocos cambios económicos entre los más ricos del país -o si los hay, su vida no mejora porque ya lo tienen todo-, pero a los muchos millones que ni tienen ahorros ni llegan fácilmente a fin de mes, Trump les trae bonanza y buenas expectativas. La población activa ha aumentado en más de 600.000 personas, los salarios suben desde que él está en la Casa Blanca, los impuestos son menores y las estimaciones de crecimiento para este año se aproximan al 3%.

Estas cifras son tan peligrosas para la oposición, que algunos demócratas han dicho públicamente que desearían que el país entre en recesión. Un sacrificio que les parece aceptable con tal de librarse de Trump… pero que seguramente no les atraerá muchos votos.

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