Mesa de Redacción

Neofascistas

Por Igor Santamaría - Jueves, 19 de Julio de 2018 - Actualizado a las 07:33h.

SABER que el dueño del bar franquista Casa Pepe recibió una calle en Almuradiel (Ciudad Real) a petición de una asociación vecinal dice mucho de la imagen que pudimos presenciar el domingo en el Valle de los Caídos, donde un millar de nostálgicos del régimen dictatorial, citados por el colectivo Movimiento por España, jaleaban contra el Gobierno de Pedro Sánchez que pretende exhumar los restos de Franco y llamaban a una peregrinación nacional patriótico-religiosa “para pedir a Dios, por intercesión de los santos y mártires allí enterrados, que impida el expolio que los rojos pretenden perpetrar”. Me cuesta entender qué diferencia hay entre actuar judicialmente si es preciso contra quienes homenajean a exmiembros de ETA excarcelados, amén de la pretérita ilegalización de partidos, y no con esta banda de desalmados que campa a sus anchas brazo en alto atacando la memoria no solo de aquellos que todavía andan secuestrados en las cunetas sino también el alma de sus familiares, también víctimas del dictador que durante cuatro décadas impuso una España unívoca a sangre y fuego y de cuyas cenizas aún hay rescoldos. Cada una de las miles de calles bautizadas con nombres de generales, capitanes o coroneles franquistas hace apología de aquel criminal;cada rojigualda con aguilucho aireada en sus concentraciones loa una ideología responsable de la muerte y desaparición de cientos de miles de inocentes. Y esto no va de sentimiento patriótico sino de ser un país (in)decente.

isantamaria@deia.com

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