Tribuna abierta

El ojo del peregrino: Myrbach und Baskenland

Por José Félix Merladet - Viernes, 20 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

MUCHAS veces un peregrino capta la idiosincrasia de su tierra de acogida mejor que los autóctonos. Descubre con ilusión tipos y costumbres que les son distantes sin por ello perder ni sus propias raíces patrias ni su mirada cosmopolita. Se produce así una retroalimentación beneficiosa para ambos. En nuestro caso, la percepción de ilustres peregrinos, contribuyó, y mucho, al autodescubrimiento del inmenso valor de nuestra lengua e instituciones. Sin embargo, en el mundo artístico parece que hay muchos menos extranjeros activos en Euskadi. Pero los hubo y fueron importantes. ¿Para cuándo una exposición de algún museo vasco sobre ellos?

El más importante en el primer tercio del siglo XX fue el prolífico barón austriaco Felician Von Myrbach-Rheinfeld. Un ejemplo de peregrino cultísimo y empático nacido en 1853 en Zalichtchyky y muerto en 1940 en la localidad austriaca de Klagenfurt, que fue un pintor, ilustrador de libros, militar, profesor, editor… hoy desconocido, que tuvo su gran fama en la época modernista y vivió a caballo entre Viena, París, Euskadi y Barcelona.

Hijo del gobernador de Bucovina, ingresa en el Ejército y estudia en la Academia de Bellas Artes de Viena, en aquella cosmopolita Viena, Myrbach empieza a pintar en 1877 y lo hace para el propio emperador. Cuando estaba empezando a triunfar, corta abruptamente con todo y marcha a París en 1881. Esta será la primera gran espantada de las varias que hizo en su vida. Alcanza gran fama como uno de los ilustradores más reputados de Francia y trabaja para Daudet, Verne, Víctor Hugo... Fue el ilustrador en jefe del Paris Illustré y colaborador indispensable de los otros ¡Hola! de la Belle Époque: Figaro illustré, Lectures pour tous, etc. Su éxito como dibujante fue una desgracia pues le distrajo de su trabajo como pintor, pero le hizo muy popular en el beau monde.

Sin embargo, vuelve a cambiar de nuevo de aires. Regresa a Viena en 1897 y vive la eclosión modernista, llegando a ser director de la célebre Escuela de Viena de Artes y Oficios (1899-1905). Allí formó y promocionó a muchos artistas geniales como Hoffmann y otros que hizo surgir casi de la nada para lanzarlos al estrellato. Participa como fundador en la creación del rompedor movimiento de la Secesión y hace amistad con su líder, Klimt, llegando a ser en 1903 nada menos que su presidente. Ya se le considera el mejor ilustrador de Viena. Maestro de maestros, Myrbach llega a ser el factótum de la innovación artística en Austria.

¿Por qué cuando estaba en la cúspide de su fama vuelve a emigrar? Cherchez la femme. Una aventura, la traumática separación de su mujer, Lily, también grabadora, y la venta de toda su obra dieron al traste con su posición. Probablemente no se recuperó nunca, pero seguía vivo y, en una especie de penitencia artística, marcha a Paris en 1905.

Pero, su vida había ya tomado el cariz de una montaña rusa y, cuando estaba empezando a remontar, pierde todos sus bienes parisinos, incautados por una Francia ahora enemiga de guerra y parte de nuevo. ¿Por qué no vuelve a Viena? Tuvo el temor de ser de alguna manera alistado y se refugia en un Estado neutral.

Se traslada en 1914 a Algorta, exponiendo principalmente en la Galería Delclaux, de Bilbao, o en La Perfecta, de Donostia. Se establece en Barcelona en 1922.

Se quedó más de veinte años. Su paleta se aclara y suelta, y realiza bastantes acuarelas, algún óleo y litografías costumbristas que con frecuencia rezuman un buen humor amable y afectuoso, perspicaz, pero nada sarcástico. En mi opinión son lo mejor de su obra, alejándose del realismo convencional y artificioso, casi fotográfico de antaño. Se aleja de los militares y damiselas de la vie mondaine y se concentra en pintar prados bucólicos, plazas bulliciosas en mercado, sardineras voceando su mercancía o arrantzales de mirada curtida… Uncuadro impactante es el que estuvo expuesto en la exposición del 150º aniversario de Sabino Arana, en el que un dantzari sujeta uno de los primeros modelos de ikurriña.

En Euskadi conoce una nueva generación de artistas vascos. Parece que la influencia fue mutua y su obra aquí tiene muchas reminiscencias de algunas de los ya citados o de los primeros Maeztu o Zubiaurre. Y con toda la línea costumbrista de aquel arte aportándoles un clasicismo europeísta.

Para su infortunio, el eterno peregrino no es profeta en ninguna tierra: a Myrbach muchos austriacos lo consideran ilustrador francés y los vascos, pintor austriaco…

Su paleta adquiere una soltura y una riqueza cromática similares a la de otros coetáneos más cotizados. Y sus formas se alejan de los trazos severos y geométricos y en ocasiones hieráticos y solemnes de otros. En Euskadi, Myrbach huye ya de toda moda o esteticismo. Sus personajes, que casi nunca posan artificialmente, están henchidos de esa ternura tolerante, pero nada ñoña, que solo puede poseer un sabio anciano.

Recorriendo Euskadi, Myrbach se da cuenta de que la vida real es mucho más fascinante que las novelas que tanto había ilustrado y esto le permitió consagrar su mejor arte a las escenas sencillas y fascinantes del pueblo. Se ve claramente que se enamora del paisaje y de los rasgos etnográficos del paisanaje. La anécdota se hace símbolo pero sin pedanterías: El ciego con su lazarillo es la ceguera humana, la gruesa baserritarra es la seguridad socarrona, la joven sardinera es el desparpajo…

Sus cuadros van adoptando un alma que no tenían antes. A menudo ocurre que un artista en el exilio o bajo duras condiciones desarrolla mucho más su creatividad aunque esté roto por dentro porque la propia vida le ha hecho salir del aburguesamiento o frivolidad en los que se había acomodado antes…

No he encontrado ni un solo experto o galerista al que Myrbach no le guste. Pero, tenemos muy poca información sobre él. Quedan leyendas, ya que parece que confesó a un impresor vasco que había sido espía a favor de su país en la Guerra del 14 aprovechando sus visitas a la aristocracia para hacerles retratos.

Al cabo, y por azar, vi, al ojear un libro de la infancia, que Myrbach era también quien había ilustrado los relatos y leyendas adaptados para niños que leyeron nuestros padres. Volvió a ser el ilustrador en jefe esta vez de la editorial Araluce. Ya alcanzada la setentena se dedicó con entusiasmo a esta gigantesca tarea didáctica a la que aportó centenares de coloridas cromolitografías.

Nueva incógnita: ¿Por qué se volvió de repente a Austria para morir? De nuevo otra cruenta guerra tuvo la culpa. No sabemos si volvió a ser espía, pero su vida fue amenazada por los espartaquistas de Barcelona. Y tuvo que huir de nuevo en 1936.

Cuando nació, Myrbach lo tenia todo para triunfar: posición, educación, talento, contactos... Y sobre todo el vivir en un crisol de culturas y en una de las ciudades más avanzadas en el plano intelectual, científico y artístico. Y cosechó grandes éxitos iniciales, pero murió prófugo de todas partes y sin raíces en ninguna.

Sin embargo, fue en Euskadi donde se encontró como pintor y ya va siendo hora de que el gran público le encuentre a él. Merece ese recuerdo, pues si hubiera sido autóctono sería uno de los grandes maestros de la pintura vasca.

Pero donde sin duda se mostró más rompedor fue pintando su propia vida: se reinventó y se transformó a sí mismo varias veces de forma radical: Cambió de país, de imperio, se enriqueció y arruinó varias veces y aun así vivió 87 años...

Nos queda su ojo fraterno y sagaz en continua búsqueda. Ese ojo narrativo del peregrino que nos observó siempre con afecto y aprecio y que podríamos denominar el Ojo de Myrbach.