Rincones perdidos en la memoria

‘Pumanieska’, la tierra prometida

Una estampa del Palacio Arana del Casco Viejo, testigo del desarrollo del ‘primer nuevo Bilbao’. (Borja Guerrero)

La sala de fiestas Pumanieska fue uno de los templos del disfrute de un Bilbao que iba sacudiéndose el negro carbón de la posguerra al que Alejandro Sota comparó con los mejores cabarets parisienses en la revista ‘Hermes’

Por Jon Mujika - Domingo, 22 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h.

POR aquellos años los niños y las niñas bien de Bilbao quedaban debajo de un gran reloj, en la Relojería Berna de la Plaza Moyúa, 1. En su horizonte estaba la calle Euskalduna, donde la sala de fiestas Pumanieska era el paraíso, una tierra prometida para el disfrute. Nada queda ya de aquel tiempo salvo la memoria y un callejón, próximo a la desembocadura de la calle Euskalduna en Hurtado de Amézaga, donde aún pueden encontrarse unas escaleras y descansillos a la vista, con aires de patio de corrala. ¿Fueron testigos de aquella edad de oro? ¡Quien lo sabe! Lo cierto es que aún queda gente que sí lo vio y lo vivió, hombres y mujeres a los que se les hace un nudo en la garganta de la nostalgia.

En la radio sonaba -en el de Nueva York, of course- en la trompeta irrepetible de Louis Armstrong y en la voz increíble de Ella Fitzgerald. No sé, pero quizás por asociación de ideas y tiempos me acordé de cuando se bailaba en el Pumanieska bilbaino. Allí Raphael no se había puesto todavía la «h» en su nombre, ni tampoco daba saltitos, ni vivía en Miami;Bonet de San Pedro y Los de Palma hablaban de un carpintero («cuando construyas tu casa...»);Machín le daba a la matraca de sus angelitos negros y a las maniseras maracas. Reinaba el bolero y Los Panchos hacían estragos. Ellas se sentaban en las mesas y ellos en la barra del bar, dándose ánimos para sacar a bailar a la más guapa. Los había simplemente bailones -el baile por el placer del baile- pero los había también . Y mesas malditas, marcadas. ¡Otros tiempos! Me río yo de los refranes y los dichos, porque cualquier tiempo pasado fue mejor o peor... según nos fue. Hombre sí, los supervivientes de hoy eran más jóvenes y andaban entre el tinto, el vermouth y el gin-fizz, el no va más de los novamases. A Santiago Marcilla o a José María Iñigo se les vio por aquellas barras, siempre vinculadas al espectáculo.

En el patio de las documentaciones escuché la historia. Allí me hablaron de , fundada por un bilbaino de raza casta, Pedro Ortiz, un pintor que luego se metió a matador de novillos-toros. Era éste un individuo tan singular que cuando se casó en la basílica de Santiago acudió a la ceremonia, como todos los invitados e incluso la novia, montado en burro. Su cuadrilla no tuvo problemas con la ropa, ya que utilizó el mismo uniforme de Carnaval. Ortiz, además, componía las coplas de la konparsa, una de las cuales aún se recuerda: “Aquí ustedes nos ven con bastón y sombrero,/lo hemos heredado del difunto nuestro abuelo./Y nuestra pobre levita y los pobres pantalones,/por todas partes sonríen con comida de ratones./ Los llevamos a empeñar y de allí nos los rechazan,/ porque dice el prestamista que le crían cucarachas.” ¡Qué tiempos, qué tiempos aquellos!

Pido prestada a H. G. Wells su máquina del tiempo para viajar más atrás aún, a los orígenes. Digamos que el tango llegó a Bilbao revolucionando los tugurios de La Palanca. Las Hermanas Garnier hicieron historia cuando el 30 de enero de 1914 lo bailaron en el Cabaret Concert Las Columnas, que estaba en Cortes 17. Fue todo un suceso del que se habló -y no del todo bien, seamos sinceros- en los corrillos de la villa. ¿A cuenta de qué viene este guiño?, preguntarán los más puntillosos. En los periódicos de la época hay algunos anuncios en los que puede leerse que el Casino de Artistas hacía gala de tener, “en su lujoso ambiente, bellísimas y elegantes tanguistas procedentes de Madrid, San Sebastián y Santander”. El Casino de Artistas tuvo su tiempo resplandeciente hasta que se convirtió en lo que fue el futuro Pumanieska de la calle Euskalduna. Ahí está el hilo que lo engarza todo. Alejandro de la Sota, en la revista , fue una de las pocas voces que dio noticia del Casino de Artistas y habló “del gusto y la modernidad de su instalación” y de que “sus paredes recuerdan a los rincones acogedores de algún famoso Bar de la capital francesa”, para añadir que su inauguración marcaba una nueva época en la vida bilbaina de noche. El Casino de Artistas prolongó su vida hasta la conclusión de la guerra civil. Fue entonces cuando fue tomado por Auxilio Social para llevar a cabo en sus instalaciones labores de diversa suerte. La frivolidad estaba mal vista y la Belle Epoque se había esfumado entre los humos de la guerra. El 6 de junio de 1945 se iniciaron las obras de limpieza y retoque del antiguo casino para ponerlo en condiciones de alquiler. Fue entonces cuando nació a la vida social bilbaina la sala de fiestas Pumanieska, bajo la gerencia del industrial hostelero señor Lazcano, creador del complejo hostelero denominado Los Tamarises, en plena playa de Ereaga.

Se balancea esa crónica de los recuerdos entre los comienzos y los mediados del siglo XX. Las grandes compañías de teatro visitaban el Arriaga, el Campos Elíseos y el Trueba, y sus nombres más destacados fueron de sobra conocidos. Bilbao vivió las giras de María Guerrero por sus escenarios, siempre acompañada de su marido, Fernando Díaz de Mendoza. Asimismo supo de las visitas de la ya mítica Rosario Pino y de Enrique Borrás. Hubo funciones triunfales de Francisco Morano, o de , etc. Margarita Xirgu actuó en el Campos Elíseos en 1915, con , antes de sus éxitos lorquianos. Enrique Rambal hizo su aparición con , uno de sus primeros espectaculares montajes para el Trueba que se inauguró el 5 de junio de 1913. Rambal utilizó este coliseo por lo menos durante seis años, hasta la pujanza del popular cinematógrafo. Un 23 de diciembre de 1916 abría el célebre Coliseo Albia, una de las salas bilbainas con mayor aforo;su primera gala incluía en el programa. Puesto en funcionamiento, el Coliseo fue el cuarto teatro de la villa, junto a los Arriaga, Gayarre y Campos Elíseos. El primero permanecía cerrado debido a obras de reconstrucción del incendio de 1914 con el que la capital se conmocionó en la madrugada del 22 de diciembre, cuando en menos de dos horas un incendio total lo destruyó.

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